Sucedió durante la madrugada del sábado, mientras el hombre hacía ronda de mates
Murió en la cárcel y reclaman que un guardia no estaba en su puesto
Desde la Fiscalía confirmaron que el deceso se produjo por causas naturales. Un preso cuenta que compañeros de la víctima, el profesor de judo Adrián Ariel Aballay, pidieron ayuda, pero la recibieron demasiado tardeEscribe Franco Gerarduzzi DE NUESTRA REDACCIÓN
A mediados de 2022, en la cárcel de Villa María -Establecimiento Penitenciario Nº 5-, en barrio Belgrano, había -números más, números menos- 1.200 presos.
El martes 2 de agosto del año pasado, por la tarde, se inauguraron dos pabellones, con 28 celdas cada uno para que las ocupen los próximos 224 hombres que hicieran lo que la ley dice que no.
Aquella vez, entre abogados y fiscales y jueces y el intendente Martín Gill, estaba el entonces ministro de Justicia y Derechos Humanos de Córdoba, Julián María López. Desde su equipo, a los periodistas nos dejaron hablar solo cinco minutos: cinco literales en los que habló -inexpresivo, robótico- con esas palabras vacías de tan manoseadas: habló de las mejoras en “las condiciones de infraestructura y habitabilidad” y los “mandatos internacionales y nacionales en materia de legislación penitenciaria” y esto y lo otro.
Todo -él y los demás a su alrededor- tan tan tan pulcro: su discurso tan en automático, tan como siempre.
Después, los periodistas y fotógrafos quisimos ir a mirar los pabellones y sucedió lo que sucede siempre: que no se puede, que solo hasta acá y punto. No recuerdo cómo nos habíamos enterado de la inauguración, pero el motivo por el que no pudimos entrar a mirar fue que en realidad la prensa no había sido convocada: dos horas más tarde, de todos modos, prensa del municipio local envió una gacetilla con el anuncio. Y con fotos que, por supuesto, no muestran los pabellones: las imágenes los muestran a ellos y ellas tan tan tan mírennos, recuérdennos.
Cuando salimos a la calle nos quedamos conversando y quejando y esperando e insistimos y nos dijeron otra vez que no, y caminamos hacia el auto para volver a El Diario con la fachada de la cárcel a nuestras espaldas: con los policías quietos en el ingreso, custodiando ese edificio, el adentro, lo que se ha construido como la amenaza, aquello de lo que mejor -parece- no saber nada.
Lo que se sabe, por lo general, se conoce por alguien que le cuenta a otro, alguien que hace la cadena y, por ejemplo, lo publica en una red social o lo cuenta a través de WhatsApp.
Adrián Ariel Aballay era conocido como judoca: graduado en abril de 2004, se había consagrado campeón nacional de Kyu. Y en diciembre de ese mismo año, además, había dado su examen de cinturón negro. Adrián Ariel Aballay era un hombre del judo: como su padre, como su hermana mayor que se destacó en el deporte entre finales de los 80 y principios de los 90.
Adrián Ariel Aballay era: durante la madrugada del sábado murió en el pabellón “A” de la cárcel de Villa María, donde estaba alojado, condenado por extorsión. Murió y le faltaba tan poco: en tres semanas volvía a su casa -incluso, ya podría haber estado afuera de no haber sido porque le negaron la libertad condicional-.
Él, que nació con un glaucoma -que era tratado-, estaba, según una publicación de Facebook del perfil “Rebelión”, en “ronda de mates con sus compañeros de celda”. Esa publicación también cuenta: “(...) se empezó a sentir mal y se levantó al baño. Como no volvía, los muchachos lo fueron a ver”.
Tenía 46 años y lo encontraron tirado en el piso.
“Ya no había nada por hacer”, dice el texto.
Ayer, un periodista me compartió audios de un preso.
El preso dice que “este chico se descompuso a las cinco de la mañana”. Dice que el guardia que debería haber estado en su puesto de trabajo, no estaba. Dice que, “supuestamente”, hay un botón antipánico dentro de la celda y que lo tocaron y que hubo gritos y que nadie respondió y que recién a eso de las 7.30, 8 de la mañana apareció alguien y se hizo algo que ya no tenía sentido. Dice que “lo pior de todo” es que estaba a tres semanas de salir. Dice: “A lo mejor era la hora de él. Si le hubieran dado la condicional por lo menos hubiese fallecido en la casa con la familia. La verdad que no hay palabras para esto”. Dice que pudo haber sido un infarto. Dice que es bravo. Dice que se pasa bronca y lo dice sin bronca, pero sí con algo que se parece al cansancio o la resignación. Dice que pidió, para sí, la condicional en diciembre y que le pidieron una pericia psicológica que hará recién en febrero porque este mes hay Feria Judicial. Dice que a lo mejor mañana le agarra un infarto a él y vaya a saber: lo que es el destino. Dice que cuando llevaron a Aballay a enfermería, otro preso estaba siendo derivado, grave, al Hospital Pasteur. Dice que nadie miente ahí adentro, en el penal. Dice que nadie les da bola. Dice que tapan todo. Dice que ojalá al guardia le “hagan algo”.
Desde la Fiscalía de Instrucción de Feria confirman que fue una muerte natural y que ya se practicó la autopsia.
Desde el Juzgado de Ejecución Penal dicen que los presos tienen “contacto permanente y directo” con los guardias y que hay “médico y enfermeros”. Dicen que Aballay no mostraba signos de violencia y que la autopsia se la practicarán hoy.
El habeas corpus que presentó el abogado Darío Baggini en el Juzgado Federal de Bell Ville, para todos los presos de la cárcel de acá -y que se puede encontrar en la edición del miércoles 4 de enero de este año- dice que hay superpoblación carcelaria, que no se come bien, que hay hacinamiento, que algunos duermen en el piso, que no se limpia. Dice que la cárcel es “inhumana y degradante”.
Se dice tanto. Tanto se dice. Tanto.
