Opinión - La pasión argentina, que tanto les cuesta entender
El fútbol, más allá del Mundial
En los recientes días mundialistas, en la ciudad ocurrieron cosas que, junto a tantísimas otras, demuestran por qué Argentina está y estará (casi) siempre en lo más alto en este deporteMedios internacionales mostraban ayer con cierto asombro, algo de sorpresa, poca admiración, nada de fascinación y mucha extrañeza el recibimiento que tuvieron los muchachos de la selección a su regreso al país. “Si no ganaron nada”, se atrevió a lanzar como una granada un pseudo (no sesudo) comunicador, al referirse a la Albiceleste, siete veces finalista en Copas del Mundo: 1978, 1986 y 2022, (campeón) y 1930, 1990, 2014 y 2026 (subcampeón).
No pueden entenderlo. Pero vamos por parte. Se estima que en Argentina hay 12.000 clubes de barrio con sus papeles en regla como sociedades sin fines de lucro, unos 4.000 intentando ordenarse ante inspecciones jurídicas y otros 4.000 en la informalidad; aunque todos dedicados a inculcar la cultura del deporte, mayoritariamente, el juego en equipo y el amor por el compañero y por la camiseta. Clubes de los socios (los padres, en muchos casos), que organizan el locro, la pollada y lo que haga falta para que no falte nada; inclusive, a la hora de viajar, con lo que cuesta ir hasta acá a la vuelta nomás en ómnibus.
El mismo Lionel Messi empezó en el Abanderado Grandoli, de Rosario; Dibu Martínez se formó en General Urquiza, Talleres y San Isidro, de Mar del Plata; Lautaro Martínez, en Liniers, de Bahía Blanca; Julián Álvarez, en el Atlético Calchín; Enzo Fernández, en La Recova, de Villa Libertad; Leandro Paredes, en La Justina; Cuti Romero, en San Lorenzo de Córdoba; Gonzalo Montiel y Exequiel Palacios, en la Asociación de Fomento Parque Chas...

Esfuerzo, agua apenas tibia en pleno invierno... Pero, corazón y pases cortos. ¿Cómo le vas a fallar a tu viejo, que está asando los chorizos? ¿Cómo le vas a fallar a tu vieja, que está atendiendo la cantina? Así, en Unión Central, en Alem, en Alumni, en Sportivo Playosa, en Yrigoyen, en cualquier club de la Liga Villamariense; en el baby, en el barrio, en la ciudad, en la provincia, en el país; Ar-gen-tina.
Son instituciones que hacen una enorme tarea social de contención, que al fútbol, en muchos casos, lo acompañan con básquet, patín, vóley...
Es una marca que llevan los deportistas, los jugadores de fútbol y el fútbol argentino propiamente dicho.
Por eso, mientras discutimos qué fue lo que pasó antes del partido final, por qué Messi pidió lo que pidió a sus compañeros en los últimos instantes, camino al césped; mientras especulamos si fue o no su último baile, si Leonel Scaloni se tiene que quedar o se tiene que ir, todavía con esa mezcla de orgullo y dolor, se hace fuerte la idea de que vamos a volver a estar ahí, con el potrero a cuesta, como dicen los porteños; con el campito al hombro, como decimos acá; corazón y pases cortos, en equipo.
Y así como sobrevienen los coletazos del odio en contra, con finas dosis de racismo y pulida xenofobia, llegan también los abrazos de aquellos que entienden todo o casi todo, como Bangladesh, Irlanda y la “República” de Nápoles, desde otras latitudes...
Juventud y Patria
Una muestra de ese fútbol-sentimiento es la juntada número 50 de los “pibes” de Juventud y Patria, que medio siglo después de haber correteado por aquel baldío de bulevar Cárcano, entre Tucumán y San Luis (donde está desde hace décadas el templo mormón), se siguen juntando a defender los colores que sobreviven en sus corazones.
Y durante el asado se habló del Mundial y su parafernalia, pero también de los botines Sacachispas, de las remontadas de la selección, y de las actuaciones memorables en contrabarrios en el Mar Rojo o en la capilla del padre Hugo.
Piratas de los buenos
También la semana pasada, en medio del furor mundialista, la filial de Belgrano Villa Pirata organizó una cena en la Rural para celebrar la vida y el título, y abrazar a Estela, que lleva adelante el merendero San Expedito, donde decenas de pibes reciben diariamente su ración.
Porque, para ellos, pertenecer a un club de barrio (Alberdi, de Córdoba capital, en este caso) es un orgullo. “No vengo por salir campeón, vengo porque te quiero...”, cantaron en un momento de la noche. Y se abrazaron y saltaron.
No quieren a las sociedades anónimas en sus clubes; no a los jeques que te dejan en jaque. Quieren seguir sintiendo que la institución y el fútbol, ese fenómeno social, les pertenece y que, con ese “método” tan propio y conocido, la cuarta estrella va a caer sobre nosotros más temprano que tarde.
S.V.
