Opinión - Una trinchera en llamas
Viva la libertad (pero no de prensa)
Agradecemos todos los mensajes recibidos en la jornada de ayer con motivo del Día del Periodista y cedemos la palabra a un colega para abordar la actualidad de la profesiónEscribe: Lic. Marcelo J. Silvera
La libertad de expresión, ese derecho fundamental que debería ser tan básico como respirar, se encuentra hoy bajo amenaza constante. No hay nada más molesto para un gobierno que los periodistas con pluma afilada y lengua sin pelos. Los gobiernos neoliberales, con su aire de modernidad y progreso, son especialmente hábiles en disfrazar la censura como protección del orden público o, peor aún, como defensa de la democracia. Ahí es donde reside la ironía: en nombre de la libertad, buscan silenciar las voces disidentes.
Los defensores del neoliberalismo nos venden la idea de que el mercado libre es sinónimo de libertad absoluta. En teoría, en un sistema donde el mercado es rey, todos tienen la misma oportunidad de hacerse oír. Sin embargo, esta igualdad es tan real como el país de Nunca Jamás. Como bien señalaba Noam Chomsky (2002) , “en el mundo real, esas grandes entidades [corporaciones] que tienen poder de mercado hacen uso de él, y a menudo de forma brutal” (1). Bajo la bandera del neoliberalismo, los medios de comunicación son cooptados por grandes conglomerados que responden a intereses económicos específicos, y cualquier intento de desviarse de la narrativa oficial se paga con quita de pauta publicitaria, censura o, en el peor de los casos, con el ostracismo.
El periodista: un Quijote moderno
El periodista, en este escenario, se asemeja a un Quijote moderno, armado con su arma fundamental: cerebro; enfrentándose a los molinos de viento del poder. La diferencia es que estos molinos son reales y tienen el poder de destruir carreras y vidas. Desde la persecución judicial hasta las campañas de desprestigio en redes sociales, los métodos son variados y sofisticados. El objetivo, sin embargo, es siempre el mismo: silenciar la voz incómoda.
Michel Foucault (1975) nos enseñó que el poder no solo se ejerce a través de la fuerza bruta, sino también a través de la vigilancia y la regulación de la información (2). Los gobiernos neoliberales han perfeccionado esta lección al usar herramientas tecnológicas para monitorear y controlar el flujo de información. Nuestras calles están llenas de cámaras y se intenta obligar al uso de aplicaciones móviles que registran todo movimiento (sea en transporte público, estacionamiento medido o trámites vinculados a los distintos estados). Las leyes de “protección de datos” se convierten en excusas para espiar a periodistas y activistas, mientras que las plataformas de redes sociales, con sus algoritmos opacos, filtran y suprimen contenidos críticos bajo el pretexto de mantener la “seguridad” y el “bienestar”.
La resistencia desde la trinchera
A pesar de todo, la resistencia persiste. Alguna vez dijimos que la batalla es cultural, y sigue siéndolo; lo que es cada día más difuso es quiénes son “los enemigos”.
Periodistas valientes siguen exponiendo la corrupción, la injusticia y las falacias del discurso neoliberal. Se enfrentan a amenazas y represalias, pero su compromiso con la verdad y la justicia es inquebrantable. Como diría Eduardo Galeano (2012), “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo” (3). La lucha por la libertad de expresión es una guerra de trincheras, donde cada artículo, cada reportaje, es una bala disparada contra la opresión.
Pero esa disputa no puede darse desde la comodidad del “copy-paste”, desde el reproducir textual los partes de prensa gubernamentales sin dudar, cuestionar, y sobre todo: chequear / investigar. Estamos insertos en la posverdad y desde todos los sectores se manipula información; no se puede creer en toda la información que llega por correo o WhatsApp, porque el periodismo no es cuestión de fe y la política no es religión.
La ironía última es que los gobiernos neoliberales, en su afán por controlar y silenciar, revelan su propia debilidad. La verdadera libertad de expresión no puede ser sofocada fácilmente. Las ideas, una vez liberadas, tienen la capacidad de propagarse y crecer, desafiando las barreras impuestas por el poder. El periodismo, como una forma de filosofía práctica, sigue siendo una herramienta esencial para cuestionar y desmantelar las estructuras de poder que buscan silenciarnos.
En estos tiempos oscuros, los periodistas seguirán escribiendo, hablando, narrando, seguirán denunciando, y seguirán luchando, porque en cada palabra escrita reside la esperanza de un futuro más libre y justo.
(1) Chomsky, N. (2002). *Understanding Power: The Indispensable Chomsky*. The New Press.
(2) Foucault, M. (1975). Discipline and Punish: The Birth of the Prison. Pantheon Books.
(3) Galeano, E. (2012). Los hijos de los días. Siglo XXI Editores
