Opinión - De un naturalista urbano
Los tordos en la ciudad
Durante sus últimos años mi padre solía despertarse antes del amanecer. Sin nada por hacer permanecía en la cama y se entretenía reconociendo el canto de los pájaros que habitaban en los predios del ferrocarril. Al mediodía, cuando nos reuníamos a almorzar, enumeraba la aparición de cada día. Ocasionalmente algún zorzal solía ser el primero o una calandria. Luego vendrían el coro permanente de benteveos, horneros, gorriones y palomas.
Fue él quien nos transmitió el amor por la naturaleza. En su juventud se internaba en las islas entrerrianas (donde había nacido), con un viejo grabador “Geloso” para registrar el canto de las aves. Apenas podíamos distinguir el agudo gorjeo del Churrinche, entre el garrir chillón de las cotorras. Entre sus objetos más queridos, atesoraba unos prismáticos para avistaje, regalo de mi hermano.
Es por ello que cuando decidió vivir en Villa María, entre los motivos principales exponía el río y la abundancia de pájaros. No es casual que el nombre aborigen de nuestro cauce de agua significaría “río de pájaros” según algunas acepciones y si bien la acción deletérea del hombre ha causado un exterminio imperdonable, aún de tarde en tarde es posible descubrir algún cardenal, una yunta de carpinteros o un corbatita en los espacios verdes de la ciudad. De hecho, Villa María tuvo entre sus vecinos a Sergio Salvador, uno de los ornitólogos insignes de la Argentina. Colaborador de Tito Narosky y redactor del libro “Aves de Córdoba y centro de Argentina”, trabajo que le valiera el reconocimiento como ornitólogo de campo, título Honoris Causa otorgado en 1992 por la Asociación Ornitológica de La Plata. Sergio dejó una extensa obra escrita, e inédita (que debiera ser rescatada) en la que incluye libros y artículos sobre los nidos, pesos y alimentación de las aves de nuestra región. Su último hallazgo ornitológico lo hizo en nuestras calles, cuando encontró a una golondrina migratoria de Norteamérica nidificando a poca distancia de su casa familiar de bulevar Sarmiento, nos informa una página especializada en el tema.
De pájaros cautivos y domésticos
Nuestro cielo pródigo de vuelos, donde últimamente registra incluso la presencia de chimangos y caranchos, permite en su amplitud de visión el deleite de las aves que lo cruzan. Los teros con sus chillidos, las bandadas de patos, las migratorias nocturnas, entre otras muchas especies. Sin embargo, en esta ciudad se cultivó durante años la práctica de las aves en cautiverio. Por circunstancias laborales tuve la oportunidad de ingresar a miles de casas de nuestra ciudad y pude comprobar cómo esta práctica gozaba hasta no hace mucho tiempo atrás de gran popularidad. Tuve la oportunidad de ver grandes pajareras con reinas moras, siete colores, rey del bosque, cotorras australianas y, por supuesto, canarios. Hasta he visto algunos ejemplares exóticos como guacamayos y tucanes. Afortunadamente esta costumbre ha declinado por una mayor conciencia ambiental y reglamentaciones proteccionistas.
Este vínculo con nuestros alados amigos tuvo durante mi adolescencia un capítulo especial. En aquellos años solía asistir a un taller de ebanistería impartido por Elda, una joven profesora que vivía sobre calle Yrigoyen. Nos ubicábamos en la cocina y sobre la mesa revestida con mantel de hule instalábamos la prensa, los retazos de petiribí o alguna otra madera blanda y junto a las gubias y formones trabajábamos en silencio. Grande fue mi asombro cuando una tarde entró por la ventana un pequeño jilguero que daba saltitos entre las virutas y nos observaba con curiosidad. En ese momento, Elda explicó que lo había criado cuando cayó de un nido en el patio y, por lo tanto, se había acostumbrado a la presencia humana. Cuando ella le hablaba sus alitas parecían estremecerse de emoción. Verlo revolotear entre la mesa y la alacena era una verdadera maravilla. También tuve la ocasión de observar otros casos de domesticación. Mi amiga Cecilia Cécere tiene un don especial para producir estos acercamientos, y la he visto criar lechuzitas y, junto a su esposo Rubén, una vez adoptaron un pichón de halcón peregrino que llegó hasta su casa con un ala rota. El animal se movía libremente y cuando nos reuníamos a almorzar se posaba en lo alto de un aparador desde donde nos miraba inquisitivamente con sus ojos penetrantes. Movía sus alas hacia arriba sin desplegarlas y hundía la cabeza hacia la barbilla como si estuviera a punto de lanzarse sobre alguno de los comensales. Rubén solía acercarlo a su rostro mientras repetía la palabra “piojito”, y el halconcito picoteaba suavemente su barba como si efectivamente buscara algún insecto. Algunos de aquellos almuerzos fueron desopilantes, como cuando se escapó un cobayo, detrás de él uno de los perros y tras el can, el pequeño halcón que no pudo resistirse al instinto.
Los tordos
De un tiempo a esta parte y radicado muy próximo a la plaza San Martín, al atardecer suelo acercarme hasta allí. Las numerosas bandadas de tordos que circunscriben el espacio aéreo a esa hora es un espectáculo digno de contemplarse. Sobre el crepúsculo, una multitud de sombras voladoras circunscriben el cielo como si trazaran la onda sonora expansiva de las campanas de la Catedral. Vuelan en círculos aprovechando los últimos rayos de luz y comienzan a acomodarse en los altos pinos Carolina ubicados en cada punta de la plaza. Los preferidos son los que se ubican sobre calle Rucci en las esquinas de Santa Fe y Buenos Aires. Se posan en las ramas y disputan los espacios donde pasarán la noche hasta el amanecer. Frenéticos gorjean con sonidos agudos y bulliciosos y los árboles parecen vibrar con un aleteo invisible. Son tan numerosos, que en las noches cálidas, el olor acre invade la zona. Es fácil distinguir sus géneros. El macho es negro con brillos tornasolados, en tanto la hembra tiene un plumaje marrón oscuro. En las descripciones ornitológicas los tordos son famosos porque no construyen nidos, depositan sus huevos en los de otras muchas especies.
En ocasiones destruyen los huevos de sus anfitriones de nido después de haber puesto los suyos. De esta forma, los pichones de tordo nacen y son criados por las aves que hicieron el nido, creyendo que son sus crías. Es posible observar, con frecuencia, cómo los pichones de tordo son más grandes que las aves que los crían, exigiendo un esfuerzo en la alimentación, aunque algunas especies como el hornero reconocen al intruso y lo arroja fuera del nido.
Hablando de las costumbres del tordo, dice Guillermo Enrique Hudson, en su magistral texto “El naturalista en el Plata”: “Conozco bien las del tordo renegrido o vividor de Sudamérica, cuyos pichones nunca obedecen la voz de alarma de la madre adoptiva. Mientras no son capaces de volar, devoran los gusanos que les ofrece el hombre, aun cuando los padres adoptivos revoloteen en las cercanías dando gritos de alarma, mientras sus propios hijos -si el intruso ha dejado que alguno sobreviva- están acurrucados, llenos de temor”.
Protagonistas de numerosas leyendas por su color renegrido y sus hábitos intrusivos, los tordos dibujan en los cielos de nuestra ciudad coreografías fantásticas. Las bandadas se arremolinan y giran al unísono en movimientos ondulantes y sincrónicos. Se han registrado grupos de hasta 30 mil aves y cada tarde, en plaza San Martín modelan en el espacio las formas de su libertad.
