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Canción de Navidad
"Vamos, pastorcitos, vamos a Belén..."
Por más de 30 años odió la Navidad. Ella tenía cinco años -a veces me dice que seis, quizás siete-, cuando vio llegar un hombre enorme con cara de malo a su casita, en las afueras de Asunción. Cuando sintió que no la miraban, dejó a los adultos, entre los cuales estaba su madre, y se fue corriendo a la parroquia de la otra cuadra, donde estaban a full con el Pesebre Viviente. Me lo cuenta y los ojos y las mejillas, inevitablemente, se le humedecen.
Se quedó un buen rato escuchando los villancicos y ligó algunas golosinas que repartían "unas señoras bien peinadas y sonrientes, con olor a perfume rico", así las recuerda. Se detuvo unos instantes para evocar esos momentos de alegría, los últimos en mucho tiempo.
Volvió a su casa y, para su sorpresa, su mamá la esperaba con un bolsito desteñido que sabía guardar en el fondo de un placard desarticulado. Le dio el bolsito para que lo agarrara, un vaso con agua para que tomara, y le dijo: "Te vas un tiempo a Argentina con el tío Carlos, hacele caso y portate bien". Mientras decía esto, agarraba con fuerzas las “chirolas” que el hombre le daba. El tío Carlos y las chirolas.
Al rato, amontonada en el asiento trasero de la cupé Fuego, iba tarareando, como un susurro, "vamos, pastorcitos, vamos a Belén....". Después de horas eternas llegaron a destino y descubrió que el tío Carlos era el mensajero del Diablo, y que de ahí en más viviría en el infierno.
Pasaron más de 20 años, algunos más, algunos menos, hasta que un día, en un procedimiento de rutina, pudo balbucear "ayúdenme, ayúdenme, por favor, ayúdenme". Había estado en decenas de momentos parecidos, pero el terror hacía que no pudiera pronunciar palabras para pedir auxilio. Además, la locura y el espanto era lo único que conocía, ¿cómo sería el otro mundo, el de afuera? ¿Si era peor?
Todo nos llevó años: que se dejara amar, que se dejara abrazar, que pudiera confiar ¿Por qué nos iba a creer? Todos le cobraron con chirolas hasta el aire que respiraba.
Hoy tarareamos juntas “vamos, pastorcitos, vamos a Belén…” Y mientras yo lloro un poco, como siempre, ella me dice: “Estoy tan bien, gracias a Dios y a todos ustedes estoy muy bien, quedate tranquila que estoy muy bien”. Y sigue haciendo bromas con María, una voluntaria que es su madrina de vida y con quien colabora en un pueblito en el sur de la provincia de Córdoba para rescatar a otras niñas que recuerdan los villancicos como el último momento feliz de su vida por mucho tiempo. Las miro y siento: “Hay que creer en la Navidad, la fe y la gracia de Dios sanan, y hay que ayudar siempre, hay que ayudar como alguna vez alguien nos ayudó”.
Alicia Peressutti, de Vínculos en Red
Este relato está basado en una historia real.
