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Sobre el pintado de K en fachadas
La cicatriz de un extraño fenómeno de violencia en democracia.
De manera inmediata al ya anticipado y apabullante triunfo electoral de Juntos por el Cambio en la provincia de Córdoba, se sucedieron una serie de hechos que, a pesar de la cotidianidad que le posibilitan pasar inadvertidos para la inmensa mayoría, mostraban signos específicos de una muy inusitada violencia para nuestra contemporaneidad democrática. A la mañana posterior del domingo electoral, aparecieron en la ciudad de Villa María una considerable cantidad de “pintadas” con la letra K. Estas se sucedieron como una cascada de pintura en los ya habituales espacios públicos (ANSES, Asistencia Pública y algunos otros edificios municipales), pero lo extraño continúa siendo que incluso se llegaron a presentar de una forma muy sugestiva en propiedades privadas, donde dueños o trabajadores de los mismos lugares son asociados a aquel espacio político que aparece en el imaginario colectivo emparentado con la letra decimoprimera del abecedario español, y de su ya tradicional connotación negativa (si es que hasta el potasio de la tabla química parece sufrir los embates virulentos de una lingüística que persigue la denuncia de la letra).
Pero alguien podría anteponer una interjección a nuestra sugerente apertura que iría más o menos del siguiente modo: “Pero muchacho, no deberíamos apresurarnos a una denuncia que parece tan frágil, puesto que, de continuarla, no haríamos más que profundizar un conflicto que parece no acabar nunca”. Sin embargo, aquí el dilema: podemos hipotetizar que las pintadas no son expresión del sector al que se asocia la tan mentada letra, puesto que no constituye en sí un enunciado político; cuando los sectores populistas se expresan, no lo hacen de modo exageradamente sintético exhibiendo una letra, “la” letra, lo hacen mediante enunciados cortos y contundentes cargados de contenido político y electoral. Si bien es cierto que las pintadas no pueden ser atribuidas a un sector político, también es cierto que difícilmente no puedan ser imputadas a un fragmento ideológico de la sociedad que no se corresponde con el espacio político de la letra maldita. Resulta paradójico que (continuando por la senda de la hipótesis) las pintadas puedan ser remitidas a un sector ideológico de la sociedad que transforma en elemento de reverencia casi teológica a la propiedad privada, excepto, claro está, la propiedad de quienes cargan con el peso de la letra maldita, esa parece ya no ser más que propiedad sujeta a vandalismo.
Y este parece ser justamente el punto nodal de la denuncia sobre una sutil violencia atípica en democracia: el aplastante triunfo electoral de JXC en Córdoba no era únicamente anticipado, sino que, además, se suma a un largo registro de preferencia electoral por parte de la sociedad cordobesa que confirma una tendencia que llega a abarcar, tanto el mediano pasado hasta el presente más inmediato y cuya confirmación supone un escenario históricamente adverso al peronismo. En otras palabras, no se planteó un escenario electoral donde el espacio político de la letra maldita revirtió la tendencia en el voto, escena que supondría para cualquier escuela psicológica una sencilla lectura que le permitiría analizar la expresión “artística” de un sector como una catarsis violenta contra lo inesperado. Pero este no fue el panorama del domingo y el siguiente lunes. Por el contrario, la victoria electoral, lejos de aplacar el ánimo de un amplio sector de nuestra ciudad, parece haberlo sobreexcitado de manera exagerada, hasta sentirse habilitados para abalanzarse sobre espacios públicos y privados a imprimir aquella letra que necesita ser exorcizada semántica y políticamente de la existencia; letra que mora solitariamente desnuda, vacía de contenido y cargada de violencia. Una letra, una marca, cuya finalidad última parece ser que la sociedad entera llegue a contemplar la enigmática habitación donde reside la maldición. Así, según la intolerante percepción del espíritu conservador, el mundo se le presenta como un lugar seguro ya que permanece marcado por nomenclaturas sencillas y fáciles de leer, que le advierte de los lugares malditos y el peligro que en ellos yace.
Joaquín Herrera
DNI 35.638.555
