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¿Qué necesita la infancia en tiempos de confinamiento por coronavirus?

¿Llenar de actividades a los niños y niñas o preguntarles cómo lo están pasando?
viernes, 7 de agosto de 2020 · 09:00

Escribe Zoe Zuin (*)
Especial para El Diario

“Si vienes, por ejemplo,
a las 4 de la tarde,
desde las 3 yo empezaría
a ser dichoso”

Antoine de Saint-Exupéry
(“El Principito”)

La infancia es la etapa que comienza con el nacimiento y se extiende hasta los 11/12 años, cuando se constituyen las bases de todo sujeto, de su personalidad, de su desarrollo, de su afectividad y de su socialización, como bien lo ha definido María Regina Öfelé en su escrito “Juego, ternura y encuentro. Fundamentos en la primera infancia”, de 2014.

En esos primeros años de la vida se fundan los cimientos para construir, aprender y hacer; lo que los niños y niñas aprenden no comienza en la escuela, sino que se gesta en el interior de cada familia. Las experiencias e interacciones con las figuras cercanas y significativas son tan importantes como el cuidado de su salud y su nutrición.

Hoy los niños y niñas están siendo espectadores de una situación inédita: un virus microscópico ha frenado las rutinas de la humanidad; la pandemia de coronavirus ha hecho que barbijo, distanciamiento, confinamiento sean temas frecuentes en las charlas cotidianas con compañeros, con la seño, en la familia y en la televisión. Las rutinas se han modificado: faltan los amigos, el colegio, el jardín, las plazas, los cumpleaños, los abuelos. Se reclama y se presta atención a las indicaciones de psicólogos, psicopedagogos y maestros que promueven formas para: dar clases, tareas para realizar, rutinas que deben respetarse, deberes, Zoom para Inglés, Educación Física, Plástica y hasta los maternales envían virtualmente cuentos, canciones y actividades. Pero la pregunta es: ¿qué necesita la infancia en tiempos de confinamiento?

Según un trabajo dirigido por Francesco Tonucci (para ver el video, clic aquí), que constaba de entrevistas realizadas a varios niños de diferentes edades en distintos países, ellos necesitan ver a sus compañeros, pero también disfrutan de estar más tiempo con sus padres aprendiendo cosas cotidianas y dicen estar cansados, aburridos de clases virtuales y de tareas.

El pedagogo italiano, que se ha ganado el título de “niñólogo” por sus años de trayectoria y su afán por pensar en la infancia, expresa que “debemos aprender a escuchar a los niños; preguntarles a ellos cómo están viviendo este tiempo...”. Ellos son los que saben qué les pasa, qué necesitan, cómo se sienten. En consecuencia, ellos deben tomar la palabra y los adultos debemos aprender a escucharlos.

Hay una diferencia entre escuchar y oír: escuchar es disponer de un espacio y un tiempo para el otro; es mirar, atender y ocuparse de lo dicho, es respetar esa necesidad que solo puede ser expresada por quien la vive, la sufre o la disfruta. 

Si esta etapa de la vida es trascendental para el después y necesita para su desarrollo saludable un lugar seguro para crecer, con tiempos de calidad y afecto, con vínculos que contengan y sostengan, los adultos a cargo de la infancia tenemos enormes responsabilidades, nos toca ser malabaristas: cuidar, enseñar, jugar, relajar, contener, escuchar, pero también limitar, explicar, fomentar. Estamos atravesando un momento histórico, pero los niños y niñas aún alimentan su felicidad, su ilusión con hechos sencillos y cotidianos.

La infancia se nutre de esperar la llegada de alguien querido, el día para tomar un helado, la vuelta en bicicleta, el paseo del perro, ver a un amigo o un ser querido por la pantalla, una pijamada en familia para ver pelis o simplemente una comida muy rica preparada con amor para festejar la caída de un diente, un logro, una buena noticia o simplemente estar juntos.

Es momento de repensar los paradigmas vigentes. Es hora de reflexionar sobre la educación, la crianza, la sobreocupación en los niños y niñas, es el momento de utilizar los recursos al alcance de cada posibilidad y refundar la paciencia, el juego, la palabra amorosa para fortalecer vínculos.

Como adultos tenemos recursos para garantizar lo que la infancia necesita. Hoy el desafío es volver a conectarnos con la niñez e imaginar nuestras propias formas para estar, contener y educar, que no están escritas y no son mágicas, y que cada una será única, particular y diferente.

(*) Lic. en Psicopedagogía, diplomada en Neuroeducación

 

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