Opinión - Acerca de la des/igualdad de oportunidades

Un techo de cristal sobre una mujer

La profesional sostiene que se necesita “una sociedad con un nuevo paradigma de masculinidades, que nos perciban y reconozcan comos sus pares”
miércoles, 7 de octubre de 2020 · 08:30

Escribe Laura María Teresa Pedernera* Especial para El Diario

¿Qué significado tiene el tan escuchado “Techo de cristal”? Es una definición que se adoptó de la estadounidense Marilyn Loden, quien lo pronunció por primera vez en el año 1978, en una charla referida a las aspiraciones de las mujeres.

Esta expresión, comienza a utilizarse socialmente para hacer alusión a los obstáculos mayormente invisibles (por eso se designa “de cristal”), que tienen las mujeres para ocupar lugares de jerarquía, de ascenso gerencial o ejecutivo dentro de una empresa o cargo público.  

Hoy, las mujeres nos plantamos fuerte en los diferentes ámbitos laborales; sin embargo, aún persisten causas por las cuales, pese a nuestra capacidad, nos sigue siendo dificultoso progresar en la esfera profesional, comercial, empresarial o en sectores públicos.  

Y esto es así, porque en la historia de las mujeres han existido diversos impedimentos por los cuales no podíamos salir a trabajar fuera de casa. Sabemos que, durante años, no pudimos ejercer nuestros derechos civiles; y sobrellevamos la idea social de que por nuestra contextura física éramos débiles, caracterizadas por ser más intuitivas que racionales, inseguras y emocionalmente inestables en determinado día del mes. Por estas razones, la mujer se debía abocar exclusivamente en el mantenimiento del hogar, en el cuidado de hijas o hijos o de personas adultas mayores a cargo, sin recibir remuneración alguna ya que nos hicieron creer que eran tareas realizadas por amor.

De esta manera, y bajo estas premisas fuimos educadas; abriendo paso a los varones para que sean quienes trabajen, lleguen a ocupar lugares de poder, manejen la economía del hogar, y nosotras simplemente amarlos y esperarlos.

Por medio de esta astucia, la mujer fue creyendo en esas ideas y en la necesidad de tener la protección de un varón, el que fuera un buen padre y proveedor de lo que se requiera para la subsistencia familiar. Así, nos fuimos distanciando del poder y el varón ocupándolo cada vez más.

En este contexto, se hace fuerte la mirada de que a las mujeres se nos dificulta comprometernos con un puesto laboral público o privado, por la posibilidad de quedar embarazadas o en caso de tener hijas/os, no poder cumplir con nuestra responsabilidad, dado que por las tareas que “debemos” realizar en el hogar, se tiene menos tiempo.

A su vez, este escenario, era convalidado desde lo legal, ya que la discriminación y desigualdades hacia la mujer respecto a los varones, se han manifestado normativamente en las diferentes redacciones del Código Civil. Por ejemplo: el apellido del padre debía tener prioridad, la patria potestad que connotaba al varón como jefe de familia y padre proveedor, en las separaciones matrimoniales, en caso de existir un desequilibrio económico entre cónyuges (el que en su generalidad lo padecía la mujer ama de casa), no existía la compensación económica, etcétera.

Estas restricciones legislativas, por medio de las diferentes reformas fueron desapareciendo, favoreciéndonos en nuestros derechos, con lo cual las mujeres comenzamos pasito a paso, a adentrarnos en los sectores públicos y privados. No obstante, como bien lo han analizado distintas filósofas, economistas y activistas feministas, durante los años en lo que las mujeres fuimos oprimidas social y legalmente, los varones pudieron almacenar tanta riqueza y poder que nos sacaron bastante ventaja, lo que trae como consecuencia que los cargos jerárquicos o las mejores condiciones laborales sean para ellos.

Como corolario del párrafo anterior, está demostrado que los cargos de liderazgo son asumidos por varones, siendo justamente éstos quienes a la hora de decidir sobre los ascensos jerárquicos terminan seleccionando a otro varón, ya que por sus concepciones sociales machistas no les agrada estar al mando de una mujer.

Otro impedimento con el que nos encontramos las mujeres, es el factor económico. Estadísticamente, percibimos un salario inferior en comparación a un varón que tiene el mismo cargo jerárquico o realiza el mismo trabajo.

Ahora bien, hay que preguntarse si todas estas causales han podido erradicarse. Permítanme responder que no, pues sin ir más lejos, la actualidad nos demuestra que aún falta por hacer, ya que ante la situación de aislamiento social obligatorio que estamos atravesando a raíz de la pandemia, es mayor el porcentaje de mujeres en relación a los varones, que han reducido la jornada laboral o directamente se han tenido que quedar en su casa porque no tienen quien les cuide a sus hijas o hijos; con lo que terminan trabajando el doble que ellos y en tareas no remuneradas.

Me he encontrado, con que un sector de la sociedad está en desacuerdo con las medidas que toma el Estado, tendientes a otorgarle a las mujeres determinadas ventajas, como, por ejemplo: desde la Ley de sufragio femenino (año 1947), Ley de cupo femenino (año 1991), Ley de paridad de géneros en ámbitos de representación política (2017), o la nueva Resolución 34/2020 de la Inspección General de Justicia (IGJ), muy debatible; la cual a rasgos generales, establece que las sociedades en su órgano de administración o bien, en el de fiscalización, deberán estar constituidos respetando la paridad de género, es decir, la misma cantidad de mujeres que de varones. Este sector opina que todo ha cambiado y que, si las mujeres desean estar al frente de cargos jerárquicos, sean públicos o privados, tienen que competir conforme a sus capacidades ante una sociedad que hoy es igualitaria en derechos entre varones y mujeres. He escuchado decir, que la mujer que no logra obtener un cargo o que no es ascendida en su puesto laboral, es por falta de aptitud o talento o porque no tienen la fuerza que la generalidad de los varones posee; o que la mujer al ser más sensible le importa trabajar en tareas tranquilas sin interesarle los compromisos que acarrean los cargos jerárquicos.

Se debe saber, que las referidas medidas, deben tomarse por parte del Estado como un deber constitucional, para que exista equidad justamente en los derechos entre los diversos géneros y en las mismas condiciones de capacidad y oportunidad. ¿¿¿Cómo se explica entonces, que por ejemplo aún hoy, y pese a las sanciones de las leyes mencionadas, generalmente los partidos políticos sigan optando por tener en sus listas electorales el liderazgo de un varón??? ¿Cómo se explica, que en el Poder Judicial haya más hombres que mujeres en cargos jerárquicos? En esta línea, destaco lo expresado por la jueza Susana Medina, quien manifestó en el diario La Nación, que: “A pesar de todo el movimiento que hubo en estos últimos años, la situación no se modificó en la Justicia. Los nombramientos siguen siendo mayormente para hombres". Aclarando, que considera que en los últimos años han ayudado a generar una mayor conciencia. Explicó, “que no es porque no se hayan presentado mujeres en los concursos, pero a la hora de la designación eligen a los hombres. Muchas veces hay mujeres que salen en primer lugar del orden de mérito, pero después las dejan fuera de las ternas y eligen hombres sin mayores méritos profesionales”.

Claramente, para que el Estado deje de tomar medidas tendientes a que las mujeres tengamos las mismas oportunidades que los varones y terminar por erradicar el Techo de cristal; éstos deben realizar de manera distributiva y conjuntamente con nosotras los quehaceres del hogar, cuidado de hijas o hijos con todo lo que ello implica. Por consiguiente, necesitamos una sociedad con un nuevo paradigma de masculinidades, que nos perciban y reconozcan como sus pares, con las mismas capacidades e inteligencia, con ambiciones y ganas de crecer.

 

*Abogada especialista en Derecho de Familia, Niñez y Adolescencia

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