Entrevista con Camilo Rodríguez

“Jamás traicioné a nadie; es hora de decir la verdad”

Hace dos semanas, quien fuera secretario general de la CGT en plena dictadura, y muy cercano a Raúl Alfonsín, convocó en el Partido Radical local a una charla, donde contó cómo y por qué estuvo en el Gobierno alfonsinista y en el gremio nacional a la vez

Escribe: Juan Manuel Orbea Especial para elDiario

 

Camilo Rodríguez, el hombre y dirigente gremial. Ya tiene 83 años de vida y sigue teniendo una enorme lucidez y la fuerza suficiente para seguir peleando por los derechos de los trabajadores, y ahora de los jubilados. De indudable corazón radical (sobre todo del otrora radicalismo, el de antes, del que siempre puso primero y principal a la gente), sabe igual que los tiempos han cambiado. Sin embargo, a pesar de la insólita realidad actual, no solo continúa en la lucha por la igualdad y la justicia, sino que sigue siendo el ser humano íntegro, honesto, coherente, afable y leal de siempre. Desde hace años levanta su voz contra el poder de turno a través de la Asociación de Jubilados Municipales de la Provincia de Córdoba (AJMPC), que creó, y desde la Asociación de Jubilados de Argentina (AJA), la cual preside.

Pareja, padre, abuelo, amigo y compañero infatigable de luchas sindicales. De ser delegado del Corralón, pasó de la nada -“y casi por azar”, confiesa- a ser secretario general de la CGT Villa María. Cuentan que fue el único sindicalista que le hizo un paro a la dictadura militar en esta ciudad, y nunca lo metieron preso. Luego vino su gran amistad con Raúl Alfonsín, siendo además el líder del sindicalismo alfonsinista. Camilo fue el único radical que encabezó al máximo gremio argentino en la región. Es también el mecánico de motos y trabajador municipal que jamás cobró -así lo afirma- un peso del sindicato, salvo por el trabajo que realizó para el municipio, entregando su vida a luchar por derechos de los laburantes. Hoy se sienta conmigo, porque desea dar más detalles de una verdad que se ha guardado por casi 40 años.

-Camilo, hace un par de semanas, sorpresivamente, convocaste a tus compañeros radicales en la sede del partido de la calle Tucumán ¿Cuál fue el motivo?

-Nada, tenía la necesidad de contar mi verdad sobre algo que todavía hay gente que piensa que no fue como realmente sucedió. Y me refiero a mi relación con Raúl Alfonsín, mi amigo y compañero, y mi labor como secretario general de la CGT en Villa María. Tal parece que todavía hay quienes piensan que yo traicioné, por un lado, a los radicales, y por el otro, a los compañeros del sindicato. Pero no hubo traición alguna, ni a uno y ni a otros. Jamás. Pero me tocó vivir una situación muy complicada de resolver, donde estuve un poco entre la espada y la pared, y tuve que hacer lo que hice, sin afectar a nadie.

-Entiendo que esta necesidad de hablar surgió luego de que, hace unas semanas, en un café de la ciudad, un hombre que estaba en el mismo, tras  acercarse a saludarte, te dio a entender, amablemente, que habías traicionado a Raúl Alfonsín.

-Sí. El otro día entré al Café Argentino y me senté solo, a esperar a un amigo. De pronto, un hombre que venía con su familia se me quedó mirando. Después de unos minutos vino a la mesa y me dijo: “Hola Camilo, ¿cómo le va?” Yo le respondí al saludo, sin reconocerlo. Ahí me dijo que yo no lo conocía, pero que él a mí sí. Luego me dijo si podía hacerme una pregunta y le dije que sí, obvio. Y me dijo: “Usted es radical, ¿no?”. Le contesté que “sí, de toda la vida”. Me dijo que me había seguido siempre, pero que le llamaba la atención que un radical haya sido gremialista. Después me dijo que yo había trabajado con Alfonsín, otra obviedad. Me volvió a pedir permiso para hacerme otra pregunta, y le dije que sí. Y ahí nomás preguntó: “¿Por qué lo traicionó usted a Alfonsín?” Le contesté que estaba todo bien que me hiciera la pregunta, que no me iba a enojar, pero le dije que sería largo de explicar. Traté de resumirle lo que luego le conté a Carlos Gagliano, quien me dijo que todos debían saber la verdad sobre  supuesta traición -que no fue tal-  y que debía contarla al partido.

-¿Así que ese fue el motivo de la reunión?

-Sí. Ese encuentro en el café movió todo nuevamente.

-¿Pero detrás de todo esto hay un largo pasado, una serie de eventos azarosos que te llevaron a ser secretario general de la CGT? ¿Cómo comenzó todo?

-Mirá, yo fui elegido dirigente sindical de casualidad. En el año 70 se hacían las elecciones y los candidatos del gremio de municipales a delegados eran todos los trabajadores. Si eran veinte o 30, o los que fueran, votaba cada uno por el compañero que quisiera. Y el que salía segundo era subdelegado. Y salí segundo. Quedé como subdelegado sin saber lo que era una asamblea, no tenía la más remota idea de nada. Y al poco tiempo, un mes después, me convocan para secretario general adjunto del sindicato. Y acepté, pero eso sí, les dije que no tenía ni idea. Me dijeron que me quedara tranquilo, que era para ayudar al secretario general y que el adjunto no iba nunca. Pero resulta que justo este se enfermó por un problema de tiroides y el médico le prohibió ir al gremio. Así que sin tener idea de nada me hice cargo del sindicato, en un abrir y cerrar de ojos, sin deberla ni temerla.

-Bueno, se puede decir que estuviste en el momento justo en el lugar adecuado, sin siquiera imaginarlo.

-Algo así. A partir de ahí me cagaron a golpes. Era un drama porque cada que encabezaba una asamblea decía “tiene la palabra el señor”, y todos me pateaban por debajo de la mesa y me decían “decí compañero, boludo”. Y bueno, así empecé siendo sindicalista,  y en plena dictadura militar.

-¿Y qué viene después?

-Pasó el tiempo, como un año, y los gremios de Villa María se juntaron porque decían que había que reflotar la CGT, por ahí en el 76 o 77, no recuerdo bien. Comenzamos a juntarnos de forma clandestina, en un lugar y en otro. Finalmente, decidimos formar la CGT. Armamos reuniones para conformar la Comisión Directiva y, cuando estaban todos los puestos designados, solo faltaba el de secretario general, porque nadie quería serlo, porque quien lo fuera iba en cana, seguro. Y entonces me la ofrecen a mí, y yo dije que no tenía ningún problema, pero les dejé en claro que yo no era peronista, que era radical. Pero me dijeron que estaba todo bien, y acepté. Al otro día salió en todos los diarios del país que se había reflotado una regional de la CGT en Villa María, y detallando que yo era el secretario general. La Voz del Interior lo dijo a 8 columnas.

-Y de la nada estabas en primer plano gremial a nivel nacional…

-Sí, Además- en una regional que abarcaba media provincia. Igual- nunca me metieron preso, pero me citaron más de 30 veces para notificarme que estaban prohibidas las actividades gremiales. Un día me quejé con el jefe de la Policía y me dijo que eran órdenes de la Fábrica de Pólvoras.

-Después de esto llegó la democracia, las primeras elecciones después de la dictadura, y fuiste convocado por el radicalismo

-Así es. Me llamaron del partido, me pidieron que militara y dije que sí. Y cuando ponen la lista me ponen como diputado nacional en el lugar 13. Finalmente, entraron 12 y no quedé. Poco antes, Alfonsín fue a visitar la Renault en Córdoba y pidió que lo acompañe un gremialista. Y ahí lo conozco. Me dijo en una comida que yo iba a ser diputado nacional, pero le dije que no llegaba, y no llegué. Igual, me dijo que, si no llegaba, que me fuera a trabajar con él, que me necesitaba. Finalmente, él ganó. Cuando estaba en el Hotel Panamericano, donde se instaló tres meses armando el gabinete, me mandó llamar. Fui con Miguel Olaviaga y otros correligionarios. Miguel estaba peleando por la Confederación de Comercio y dijo que no podía estar en el equipo, y Alfonsín le dijo que debía ir por esa Confederación, porque era muy importante, y que finalmente ganó. Y yo y un importante dirigente de Bahía Blanca nos hicimos cargo de Renovación Sindical, que fue el brazo gremialista de Alfonsín.

-Entonces estuviste en dos lados a la vez, en la CGT y con el gremio alfonsinista.

-Tal cual, y yo seguía participando de los plenarios de la CGT. Hubo entonces una confederal del sindicato y se decide que todos los gremialistas tenían los mandatos vencidos, porque, en la mayoría de los estatutos, los mandatos tenían tres años, y unos pocos,  cuatro. Pero los milicos hacía seis que estaban. Así que lo lógico era que viniera la intervención del Ministerio del Trabajo para convocar a elecciones, con la vieja ley o con la nueva. Eso se los transmití a Alfonsín, y me dijo que lo iban a hacer por ley, pero yo le dije que no teníamos mandato. Se lo dije tres veces. Al final se enculó mal. Y no me quedó otra que aceptar, pero yo creo que fue una de sus grandes equivocaciones, porque nos dejó a los gremialistas en una situación incómoda. Igual hizo la ley, y fue una maravilla, una de las mejores leyes que yo leí. ¿Y qué pasó? Cuando se votó la ley se perdió por un voto, con el voto negativo de Jorge Sapag.

-Una situación difícil. ¿Qué sucedió luego?

-A partir de ahí, a Alfonsín, que había denunciado el pacto sindical militar y los había enterrado a los gordos de la CGT, le hicimos 13 paros generales. Tras que perdió la ley iba yo todas las semanas a hablar con él. En uno de esos encuentros le dije que iba a renunciar a la CGT, porque esta se había puesto abiertamente en contra de él. Y él me dice algo que tengo bien grabado: “Usted no renuncia ni al tute, usted se queda ahí donde está”. Y yo le dije: “Pero doctor, me estoy incinerando vivo. ¿Cómo hago para estar con usted acá y después ir a presidir paro de la CGT en Villa María?”  Y me dijo que lo sentía, y que si tenía que quemarme, que me quemara. Me insistió que ahí me tenía que quedar, porque me necesitaba. Y me quedé ahí. Y es que cómo le decía que no al doctor Alfonsín. Entonces venía a la ciudad y presidía los paros acá y el lunes me iba a trabajar con él, el resto de la semana.

-Evidentemente, te puso en un lugar muy incómodo, por no decir casi imposible.

-Así es. Eso le cayó mal a todos los radicales. Pero la gente en realidad no sabía por qué yo hice eso. Alfonsín me decía que tenía que ser el mejor secretario general de la CGT en todo el país. El radicalismo comenzó a putearme, porque no entendían que presidiera el paro y luego me fuera con el presidente a trabajar. No pude, y no podía, decirle que no al expresidente.

-¿Qué pasó después?

-Resulta que había que elegir los diputados constituyentes en la provincia para renovar la Constitución. Yo había estado militando en otra agrupación, y desde que estuve con Alfonsín me pasé a Renovación y Cambio, que me había puesto para diputado constituyente. Y ahí, 45 intendentes radicales de toda la provincia le enviaron una nota al gobernador para que me bajaran del cargo, porque decían que yo era un peronista disfrazado de radical.  Almorcé con varios dirigentes que me querían mantener en el cargo, pero yo les pedí que me bajaran para no meternos en quilombo.  Así que me bajaron. Un día fui a Casa Rosada con Alfonsín y me tiró un sobre que tenía un montón de recortes de diario; se lo habían enviado de la Juventud Radical de Villa María, y contenía, además, el discurso que yo había dado en el paro de la CGT. Le dije que me estaba incinerando, e insistió que yo me quedara ahí. Luego, cuando Alfonsín se va antes del Gobierno, me pide que lo siga acompañando en el Comité Nacional, y le expliqué que no me iban a dar permiso en la ciudad, porque quiero decir que yo nunca cobré un sueldo, solo el de empleado municipal, y solo me pagaban los gastos de los viajes. Nunca cobré un centavo de la política.

-¿Y entonces qué sucedió?

-Regresé a mi trabajo en la Municipalidad, como mecánico de motos. Y resulta que el intendente Veglia me tuvo 9 meses parado en el pasillo de la Municipalidad. Todo Villa María me vio ahí. Él no quería que tuviera contacto con la gente. Alfonsín insistió que fuera a trabajar con él al Comité Nacional, e incluso me dijo que iba a hablar personalmente con él. Algo que incluso contó Veglia cuando murió Alfonsín, y que le había llamado y que incluso le atendió la madre. Veglia, al principio, creyó que era una joda. Alfonsín le dijo: “Le hablo porque quiero que me haga una gauchada, necesito que le dé permiso a Camilo porque me es muy útil para que trabaje conmigo en el Comité”. Y Veglia le contestó: “Mire doctor, pídame cualquier cosa, pero este hijo de puta se queda parado en el pasillo donde está”. Alfonsín le dijo que no me tratara de hdp, “porque es un amigo”. Y Veglia, aunque se disculpó, se negó al pedido del expresidente.

-Bueno, queda en evidencia que no traicionaste a nadie, que estuviste ente la espada y la pared y no tuviste otra opción, porque así te lo pidió Raúl Alfonsín, de estar en los dos lados al mismo tiempo.

-Sí.  Cuando regresé a Villa María había perdido la CGT, el sindicato, la federación, ser delegado en el Corralón, trabajar con Alfonsín, y ahí estuve en el pasillo. Hasta que volví al Corralón. Luego me presenté al sindicato, donde perdí tres elecciones, hasta que gané la cuarta y me jubilé siendo secretario general del gremio de municipales. Pero lo que yo quiero aclarar es que yo entiendo a los radicales que pensaban que yo lo traicioné a Alfonsín, porque si yo era un radical y veía que alguien estaba con él y con la CGT, hubiera dicho lo mismo, pero lo hice por una orden de él. Yo creo que para entender esto habría que haber vivido esa época y las complicadas circunstancias. Pero no me dejó el doctor, aunque quise, e insistía que bajo ninguna circunstancia renunciara a la CGT mientras seguía trabajando con él.

-Y hace dos semanas pudiste por fin contar tu verdad, todos los entretelones de este suceso que no habías contado antes.

-Así es. A mí me había quedado un mal sabor de que grandes radicales y grandes amigos se habían quedado con esa duda. Pero había que haber vivido toda la dictadura y vivir el proceso de la nueva democracia. Con dos intentos golpistas. Yo no podía decirle que no a Alfonsín. Y hace dos lunes pude contarlo en el partido. Fue una noche que no olvidaré nunca.  Había mucha gente, y a muchos se les caían las lágrimas. Finalmente, muchos entendieron lo que pasó. Estuvieron todos los radicales que yo quería que estuvieran. Entiendo las dudas que hubo en su momento, pero en ese tiempo era difícil de explicar. Pero ya está. Ya conté exactamente lo que pasó. Tal como te lo he contado a vos.

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