La política necesita ganar “la Copa”

lunes, 27 de marzo de 2023 · 08:30

Millones de argentinos llorando de emoción. Millones de argentinos reverenciando la celeste y blanca. Millones de argentinos amando a Lionel, el pibe que llegó a lo más alto del podio mundial y nunca perdió su esencia, su humildad.

Millones de argentinos que se volvieron a ilusionar después de muchas derrotas. Millones que confiaron, creyeron, perseveraron y vivieron, tras 36 años, la felicidad de sentirse campeones.

Campeones de la vida. De pronto, las penas que siempre son del pueblo, y las vaquitas ajenas, se transformaron en alegría, abrazos con el otro, con el sufriente, con el protegido y con el desprotegido. De pronto, las calles se tiñeron de celeste y blanca; la vida gris, o negra, se iluminó con el color del cielo y el dorado de las tres estrellas.

Y el pibe, tan criticado en su Patria; nadie es profeta en su tierra, mientras el mundo le rendía pleitesía; logró su sueño y el sueño de todos y todas.

Sentada frente a la pantalla del televisor, con lágrimas en los ojos, viendo esos jugadores recorriendo el campo del Monumental con sus familiares, el pasado jueves, me pregunté: ¿Por qué no tenemos varios “Lionel” en la política?

Así podríamos volver a ilusionarnos con un país mejor. Así le podríamos hacer un par de goles al sistema controlado por el poder económico.

¿Por qué no tenemos en la política varios “Lionel”, capitanes o capitanas de un verdadero equipo dispuesto a dar todo, a pesar de los ataques sufridos cuando no ganaban?

¿Por qué no tenemos dirigentes que nos recuerden lo maravilloso que es estar unidos, abrazados, mirándonos como hermanos y no como enemigos?

La política necesita ganar “la Copa”. La democracia, para fortalecerse, necesita que la política gane “la Copa”.

Armar un equipo de dirigentes que nos recuerden lo hermoso que es nuestro país, la grandeza de luchar por nuestra tierra, que recibió a miles de inmigrantes con los brazos abiertos, que les dio oportunidades, y les sigue dando, a las mayorías, de tener educación gratuita, salud gratuita, derechos laborales, protección del Estado, igualdad de género, solidaridad con el prójimo.

Vivimos en un país hermoso, con riquezas naturales, variedad de climas, paisajes maravillosos y el mejor jugador del mundo; el alabado por el planeta, el admirado por niños, jóvenes, adultos y hasta por sus propios pares de otras selecciones;  está allí, en el campo de juego del Monumental, emocionado, luciendo nuestra camiseta, reconociendo a los integrantes de las otras selecciones del país que se esforzaron y no pudieron obtener el máximo trofeo.

Hasta que se dio y el pueblo fue feliz.

La política es una herramienta para hacer feliz al pueblo en un sistema democrático, republicano y federal. Pero no ha podido ganar “la Copa”.

El fútbol y la política siempre fueron una pasión.

La pelota nuclea a numerosos clubes, cada uno con sus hinchas, sus intereses y sus negocios. Nadie va a negar que en el fútbol se cuecen habas y otras plantas herbáceas.  

Lo mismo que en la política, existen cientos de partidos donde se cocinan proteínas, carbohidratos y muchas verduras acordes a la alimentación que se prefiera.

Pero la camiseta de la selección es un punto de unión, más allá de los críticos que nunca faltan. El punto de unión que la política debería conseguir.

 

Tres estrellas, en tiempos difíciles

La primera estrella en la camiseta la logramos en 1978. Plena dictadura militar. Tiempo de desapariciones, miedo, muerte, madres con sus pañuelos blancos, prohibiciones, persecuciones.

La segunda estrella, en 1986, con el Diego. Veníamos de la Guerra de Malvinas, del juicio a las juntas, de una economía inestable por una deuda gigantesca heredada, de una democracia que peleaba por permanecer y con heridas sin cicatrizar. Los políticos debatían seriamente y los principales partidos hacían lo posible por cuidar el sistema recuperado, tras 7 años y meses de dictadura y de dolor, y que el golpe económico se encargó de desmerecer la figura de un dirigente como Raúl Alfonsín.

Podríamos escribir páginas y páginas sobre esos años tan trágicos. Más en un momento en que se recordó, hace pocas horas, el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia.

La tercera estrella llegó en 2022. Pasó mucho tiempo y corrió mucha agua bajo el puente.

Otra vez la deuda gigantesca heredada para condicionarnos como país. Como si fuera poco lo que había que “arreglar”, llegó el octavo pasajero de la nave de los pecados capitales: el COVID-19.

El Gobierno actual, a pocos días de asumir su mandato a fines de 2019, se encontró con un “cisne negro”: la pandemia.

La Parca, haciendo de las suyas en cada rincón del mundo. Y en cada rincón, los negacionistas boicoteando las medidas preventivas, las vacunas, los barbijos.

Los equipos de salud argentinos se pusieron la camiseta celeste y blanca. Dieron todo, lo mejor para salvar vidas. El Gobierno trajo las vacunas, construyó espacios sanitarios, enfrentó la crisis de la mejor manera posible.

Pero, esta vez, los dirigentes políticos mayoritariamente no tuvieron la madurez y el compromiso de 1986.

Los egos, y la sumisión a los intereses del poder real, rodaron por el campo de juego con una pelota que no se debería haber manchado, como decía el Diego.

 

“Quiero ser campeón mundial”

Fútbol y política. Pasión de multitudes o no. El fútbol sigue siendo pasión de multitudes; la política, tan necesaria para enfrentar al sistema, dejó de serlo en este verano otoñal. El poder en las sombras, que todo lo maneja desde hace años, logró su cometido: entristecer al pueblo y desacreditar con golpes bajos, y no tan bajos, a parte de la dirigencia.

La mayoría de los ciudadanos/as no tiene deseos de ir a votar. Triste y preocupante para la democracia que tanto dolor nos costó recuperar.

La Falda fue un pequeño ejemplo en los últimos días. Un intendente buscando la reelección ganó, pero la mitad de su pueblo no concurrió a las urnas. Sin embargo, un montón de dirigentes de Juntos por el Cambio (¿?) se juntaron para festejar. ¿Festejar qué, un triunfo en que “los no votos” ganaron ampliamente?

¿Qué intendente en gestión puede celebrar una victoria cuando la mitad de los ciudadanos de su pueblo decidieron no ir a votar?

Los políticos, hombres y mujeres, tienen que tomar conciencia de lo que el pueblo les está diciendo. “Muchachos y muchachas, no nos ilusionan, no nos volvieron a ilusionar”.

Es lógico el desencanto. El radicalismo, un partido fuerte y democrático, abandonó sus banderas y le sirvió en bandeja un triunfo a un espacio como el PRO, sin historia y sin los valores tan preciados del centenario partido fundado por Alem en 1891.

El peronismo cordobés también tiene sus puntos débiles, con años de enfrentamiento con el partido a nivel nacional y creyendo que una provincia se puede salvar sola. “Unidad Ciudadana”, en el centro del país, no pudo levantar bandera, más que arañar algún diputado o diputada.

A nivel nacional ya se vio el desencanto en los comicios de medio término.

¿Qué va a pasar el 25 de junio cuando los cordobeses vayamos a las urnas para elegir gobernador y legisladores provinciales?

¿Qué va a pasar el 13 de agosto con las PASO o en octubre con las presidenciales?

¿Tendremos la capacidad para revalorizar la política y volverla a su esencia, que es trabajar para el bien común?

Demasiados interrogantes en este 2023, cuando se cumplen cuarenta años de democracia y los habitantes de este suelo necesitan recuperar la fe en sus representantes. Porque sin la “política” estamos en un riesgo mayor.

Es fundamental recuperar la confianza en los poderes del Estado, hoy, como ayer, condicionados por los que nunca soltaron el mango de la sartén.

Sería un buen momento para que la política ponga a sus mejores hombres y mujeres en la cancha, con la camiseta celeste y blanca, y deje de especular con los amiguismos y las conveniencias personales.

Dirigentes, más allá del club al que pertenezcan, preparados para manejar la pelota en cancha embarrada, atajar penales, clavar tiros libres al ángulo de tanto en tanto y festejar abrazados los goles sin egoísmos ni vanidades.

Sería un buen momento para dejar de pelear por las figuritas del álbum y armar un equipo unido, con personas capaces de entregar todo para darle al pueblo la felicidad que se merece, la vida digna que se merece, el bienestar que se merece.

Sería un buen momento para que exista en serio la Memoria, la Verdad y la Justicia por la que lucharon las Madres y las Abuelas, sin bajar los brazos.

Sí, sería un buen momento para que la política gane “la Copa”, antes que sea “demasiado tarde para lágrimas” y el famoso trofeo se lo queden, una vez más, los sospechosos de siempre.

Hasta la próxima semana.