Todos unidos en la ilusión celeste y blanca

lunes, 19 de diciembre de 2022 · 09:16

En octubre de 2019, una de las cuestiones que, en lo personal, me resultaba preocupante para el futuro era las fisuras profundas que tenía nuestra sociedad en lo alto y en lo bajo, en lo largo y en lo ancho, en lo superficial y en lo profundo. En esa oportunidad escribí un pensamiento sobre los perjuicios de tener estructuras dañadas.

En la ingeniería renacentista española, cuando un escultor erraba un golpe sobre su obra, provocaba una grieta y tapaba el fallo con un pegote de cera. Obviamente, esto se consideraba una falta de talento del artista y la escultura perdía pureza.

Por tanto, aquella estatua que no tuviera remiendos, es decir, sin cera, sería una estatua pura y fidedigna. Dicen algunos que ese fue el origen de la palabra sincera, que daba cuenta de una obra de arte sin grietas.

En nuestro país, los escultores de la política cometieron muchos errores y nos golpearon hasta el punto de provocar una grieta demasiado visible, una rajadura que condicionó la solidez de esa gran obra que es el entramado social. Mientras el hueco se iba profundizando, las actitudes engañosas, las mentiras, las falsas promesas se iban transformando en sombras que eclipsaron la luz que normalmente ilumina el camino de un país hacia un futuro mejor.

Tal vez el mayor desafío sea reconstruir la obra, pulirla, renovarla, trabajarla usando todos los talentos para que la grieta se cierre, poco a poco. No tendrá la pureza original, pero tendrá el valor del esfuerzo, la inteligencia y el amor puesta al servicio de un país que se merece crecer y progresar sin grietas.

Hace tres años, se veía la necesidad de reconstruir la obra mal hecha y cerrar la grieta que nos enfrentó como pueblo durante años.

La política no lo logró, a pesar de que el Universo nos mandó señales muy claras. Pocos meses después de ese 2019, el mundo se encontró con un Alien infiltrado, en la nave de los siete pecados capitales. Lo llamaron COVID-19, un virus apadrinado por La Parca, dispuesto a sembrar sufrimiento por doquier y tal vez con la secreta misión de volver a despertar los valores perdidos de una sociedad individualista que ya no diferenciaba el bien del mal. Una sociedad que confundía la verdad con la mentira, la belleza con la fealdad, el amor con el odio, el egoísmo con la solidaridad.

Una sociedad que no le interesaba lo colectivo, que marginaba al que pensaba distinto, que se mantenía indiferente a las graves diferencias sociales, que se creía superior a los dioses y los desafiaba con soberbia.

Sí, llegó el virus maldito con su espada demoledora para demostrarnos la fragilidad humana, quitarnos seres queridos, encerrarnos, arrebatarnos nuestros ingresos y arrojarnos a un barco a la deriva.

Los argentinos teníamos un nuevo Gobierno, asumido el 10 de diciembre de 2019. Veníamos de una sociedad partida, quebrada. El odio al peronismo danzaba por las calles con sus globos amarillos y los ganadores de la elección eran parte de un frente diverso pegado con engrudo casero.

En ese contexto, extraño y complejo, asumió el presidente Alberto Fernández acompañado en la fórmula por Cristina Fernández.

 

El baile más difícil

Alberto, cuando fue elegido por Cristina para ser candidato, sabía que le tocaba el baile más difícil. El “Gangnam Style” (El baile del caballo). Había que reestructurar una deuda imposible de pagar. Desarmar un sistema aceitado para acorralar a cualquier ejecutivo interesado en cambiar las reglas. Lograr el diálogo con los sectores más opositores y sumar a los enojados con el kirchnerismo.

A la semana que asumió el flamante mandatario, los cacerolazos le arruinaron el desayuno. Ni un café tranquilo pudo tomar. Envió el proyecto para nombrar el nuevo procurador: el juez Daniel Rafecas. El Senado no se lo aprobó. Envió la reforma judicial: se la congelaron en Diputados.

Por si fuera poco, llegó la pandemia y salieron las movilizaciones en contra, los antivacunas, los quema barbijos.

Realmente, si uno hace un repaso de ese 2020 con cierto grado de inteligencia podemos decir que no hicimos demasiado para mejorar nuestras profundas rajaduras, llamadas grietas.

Y del acuerdo social imaginado, ni el menor asomo.

Es más, pasado el tiempo hasta en el propio frente se profundizó la grieta por la hoguera de las vanidades y los liderazgos ególatras y autosuficientes.

 

La pasión redonda por la celeste y blanca

Cuando todo parecía transcurrir en la penumbra del pesimismo, en 2022 llegó el Mundial. En lugar de pingüinos tuvimos camellos, con sus jorobas, su empatía y su vida sacrificada en el desierto. Entonces llegó el Mundial con la pelota redondita rodando por el césped.

Llegó una visión de equipo, de solidaridad, de garra, de conjunto, de amor por la camiseta, de liderazgo talentoso y humilde. De liderazgo que une a los niños, a los jóvenes, a los adultos. De liderazgo que enamora a los argentinos y a millones del resto del planeta.

Y por obra y gracia de algún espíritu santo, el pibe acusado tiempo atrás de tibio, de pecho frío, de “sin huevos”, por gente que no sabe patear ni un cascote, se transformó en un emblema de unidad, de paz, de abrazo.

El talentoso, el duende de otra galaxia, que hace cuatro años le pedían la renuncia de la selección, llegó a encender los corazones de millones de personas.

El mejor del mundo, que muchos argentinos repudiaron hace apenas unos años.

El mejor, amado hoy por millones, con su nombre repetido en todos los idiomas. El pibe que arranca sonrisas y lágrimas.

Y siento, en este momento, lo maravilloso que sería que la política, en todas sus organizaciones, tomara como ejemplo a esta selección de fútbol qué logro la Copa poniendo alma, corazón y vida para cumplir el sueño de millones.

Sería un gran logro que los dirigentes copiaran los valores de este equipo y se propusiera cerrar la grieta reconstruyendo la obra, golpeada, poco a poco.

Sería un gran logro que tuviéramos liderazgos inteligentes, humildes, empáticos, fuertes, dialoguistas, con el amor irrestricto a la celeste y blanca.

Sería maravilloso, tener políticos y políticas capaces de cerrar la grieta.

Políticos y políticas capaces de volvernos a ilusionar.

Una de las cualidades básicas de un o una líder es la inteligencia emocional: la capacidad de ponerse en el lugar de los demás, comprender sus preocupaciones y dar solución a sus problemas, en pos de lograr los objetivos de un equipo y una organización. La conexión con las necesidades, miedos, dudas y expectativas de las personas, hoy debe alcanzar una profundidad mayor a la cual los y las líderes estaban acostumbrados.

En este sentido, es importante tener en consideración que el ejercicio del liderazgo implica estar al servicio del equipo y no al revés. Los miembros del grupo deben contar y sentir el apoyo de su líder, tener el alcance de las herramientas necesarias para desempeñar su trabajo de forma adecuada, ver reconocidos sus esfuerzos y saber que hay una persona atenta para corregir los malos hábitos.