DÍA DEL INMIGRANTE - A través de la última colectividad en obtener su personería, le rendimos homenaje a todas

Villa María como un verdadero crisol

Agradecemos al presidente de la Asociación Civil Comunidad de Familias Eslavas, Pablo Matcovich, por su contribución a la publicación de este homenaje a todos quienes llegaron para darle vida a esta tierra
viernes, 4 de septiembre de 2026 · 07:30

A partir de la declaración de su Constitución en 1853, Argentina fue una simbiosis cultural de costumbres, lenguajes y gastronomía, un encuentro de inmigrantes -principalmente europeas- con los pueblos originarios.

Esa entusiasta fuerza laboral, sumada a las condiciones productivas de la llanura pampeana, dieron marcha a la Argentina como país soberano y en Villa Maria, su corazón profundo, esa fusión de culturas se vio particularmente reflejada. Esa inercia de integración multicultural y progreso aún es palpable en nuestros días.

Es que esta ciudad integró su demografía con oleadas de inmigrantes europeos a partir de su fundación, en 1867.

Testigo de su crecimiento y desarrollo fue la ciudad de Villa Nueva, su hermana mayor en edad cronológica, fundada en 1826 sobre una aldea que rodeaba el Paso de Ferreyra, camino casi obligado para seguir rumbo a Córdoba viniendo de Buenos Aires. La señorial Villa Nueva, conformada por habitantes, en su mayoría, criollos y españoles, vio llegar del otro lado del río a inmigrantes europeos, principalmente, italianos y españoles, pero también vascos, ingleses, franceses, alemanes y descendientes de pueblos de Europa del Este, principalmente, eslavos (polacos, rusos, ucranianos...), austríacos (que en realidad eran croatas y montenegrinos), judíos askenazíes y germánicos del Volga.

 

La Europa menos conocida

La Europa eslava representa el tercer grupo etnolingüístico del Viejo Continente que se hizo presente en la ciudad y región. Sus integrantes dejaron de lado sus diferencias territoriales y religiosas y se ayudaron mutuamente.  En cada cuadra había una familia polaca o dálmata, rusa o ucraniana, baltoeslava o checoslovaca, junto a descendientes de pueblos eslavos más pequeños.

Con el tiempo fueron construyendo, como las demás colectividades, una huella imborrable en la ciudad, en el nombre de sus calles, en casonas históricas que hoy son patrimonio arquitectónico, en la fundación de clubes, destacándose en lo deportivo, artístico, intelectual y empresarial.

 

Un mundo gastronómico local

A la conocida gastronomía española e italiana se sumaban platos típicos de Europa Central y del Este. El pastel de riñón de los pastores anglicanos, la sopa de cebolla y queso de las familias suizo-francesas, se mezclaban con el borsch eslavo.

Y la gastronomía local comenzaba a ser reflejo también de la inmigración. Las recetas de las abuelas eslavas a veces se respetaban con rigurosidad, pero también se combinaban con otros sabores, dando lugar a nuevas comidas o variantes.

La relación con el campo en la llanura pampeana recordaba las extensas llanuras de Europa del Este. Los hijos de cosacos aquí se transformaron en gauchos, pero sus prácticas y costumbres eran muy similares. Y sus comidas de supervivencia también. Las ollas de gulash se fusionaban con los locros de los pueblos originarios. Las pierogi, varenikis y knishes, con nuevos sabores de empanadas criollas o nuevos formas de cocción de las pastas italianas.

El corolario de esa fusión de cultura gastronómica se selló con la aparición de la Chopería Palevich, capital simbólica gastronómica y única en la ciudad, todavía presente en la memoria de muchos de sus habitantes.

 

 Los sabores de la Chopería Palevich

Las picadas eslavas de visceras (riñoncitos y lengua), combinadas con porotos negros, que recuerda a la feijoada brasilera,  reflejaba el paso de centenares de familias eslavas que desembarcaron en Brasil trabajando en haciendas (fazendas) cafeteras para luego trasladarse al norte de Santa Fe y, años más tarde -por el ramal de capitales franceses-, a Villa María.

El jamón de Cracovia, sello inigualable con denominación de origen, que los mismos alemanes llaman “krakauer” para reconocer su calidad y origen. Y las albóndigas fritas de Bielorrusia en sus dos variantes: kotlety y kalduny, como el infaltable chucrut, tan natural para eslavos y germanos. Qué decir de la remolacha en escabeche, con una fórmula de especias que la hacían un manjar. Como los arrolladitos de salchichas con pan de miga y una fuerte mostaza con una pizca de crema agria, que son recordados por los villamarienses mayores de 50 años. Todas comidas únicas que se fusionaban con los típicos carlitos y el infaltable chopp de Cervecería Río Segundo.

 

La familia Palevich

Pedro Palevich nació en Mogilev -hoy Bielorrusia- en el año 1899. Llegó a la Argentina en 1910, con 11 años. Vino en un buque de carga con destino a Estados Unidos. Debido a una cuarentena en el barco, solo pudo bajar él, mientras que su padre y su hermano volvían en el barco a Europa, con la intención de buscar a la madre y a los demás hermanos.

Una familia amiga lo cuidó en la ciudad de La Plata y ya siendo adolescente se mudó a una colonia de familias eslavas (Santa María), cerca de la ciudad de Canals.

Desatada la Primera Guerra Mundial y luego la Revolución Bolchevique (1917), Pedro perdió el contacto con su familia.

Ya en San Severo, cerca de Corral de Bustos, empezó a trabajar en el rubro que amaba: la gastronomía y los sabores de su infancia.

En los años 50 llegó a Villa María, compró un viejo bar y renovó la carta con propuestas que lo diferenciaban.

 Debido a la presencia de gran cantidad de familias europeas de la época obtuvo una importante aceptación social y su Chopería se transformó en paso obligado para la pujante comunidad local.

Ya en la década del 60 abrió otro local en la costanera, cerca del monumento al Cristo Redentor, más precisamente, en la esquina de French y Avenida del Viajante, donde también tuvo gran éxito Pedro, el hijo de Miguel Palevich y Teresa Ivanchev.

Tuvo cuatro hijos: Pedro, Amelia, Frida y Lino. Hoy, algunos de sus nietos y bisnietos viven en la ciudad, llevando con orgullo el legado de aquel niño que logró con su pasión y carisma que en la pampa profunda su apellido no se olvide. Tal vez para que sus padres y hermanos supieran de él..., alguna vez.

Vaya con el recuerdo, el reconocimiento a todos y cada uno de quienes eligieron esta tierra para darle vida.

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