Opinión - En el mes del nacimiento del escritor

Los justos se multiplicaron

A propósito de aquel poema del hombre nacido el 24 de agosto de 1899 al que todos los años le prometían el Nobel de Literatura, para dárselo después a otro
viernes, 28 de agosto de 2026 · 08:30

Jorge Luis Borges pensó y creó el poema titulado “Los justos” entre 1978 y 1981, por lo que podríamos decir, tomando en cuenta su larga vida, que lo hizo poco tiempo antes de morir (1986). Lo que sí se puede precisar es que ese homenaje a personas comunes vio la luz con el poemario “La cifra”, editado justamente durante ese primer año de la década del 80, y en el que se incluyeron otras cuarenta y cinco composiciones que dictó a María Kodama desde su prolífica oscuridad.

En “La cifra”, el “padre” de Juan Dalman, Funes y tantos otros, eleva a “Los justos” a un umbral inalcanzable para los renombrados. Él instala allí a los sin nombre. Porque no se trata de un pedestal al que se trepa cueste lo que cueste, sino apenas de un umbral al que la persona llega sin darse cuenta, sin proponérselo. Entonces, el escritor enaltece a…

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Una belleza, más allá de que a él jamás se le hubiese cruzado por sus penumbras la idea de que, un buen día, esas personas se unirían en una caminata, en una marcha detrás de una sola idea o de muchas ideas abrazadoras. Ese es otro cantar, otro romance, otro soneto, otra cosa. Cosa de uno, nomás.

Pero Los justos, desde aquel tiempo a esta parte, se fueron multiplicando en silencio, siempre a un costado, pero por todas partes. Aquí nomás, a la vuelta de la esquina, tenemos a…

El panadero que al final de la jornada reparte el pan a quienes no lo pueden pagar.

El chico que durante el día hace malabares para llegar a la noche.

Los profes que se acercan y muy bajito y preguntan: ¿te pasa algo?

El compañero de trabajo que invita un café porque intuye que te pasa algo.

La del merendero; las de los merenderos.

Quienes mantienen el rugido de Carlón y desde el Andén te arrojan así, porque sí, flores.

Las recicladoras urbanas.

Los que se conmueven con el relato de un excombatiente de Malvinas y ni te digo con un abrazo.

Los que hacen cuentas a escondidas para que no sufran los seres queridos.

Quienes van a visitar al abuelo y escuchan con atención sus repetidas historias.

Los Herejes, las Marta, los Tato y todos lo que no hacen teatro, sino que nos hacen teatro.

Los músicos que hacen llover canciones de las lágrimas por los que se van de gira.

Las que pintan y esculpen nuestros ojos.

El Daniel y todos los que sienten que la Biblioteca Municipal también es su casa.

El DT que sabe que es un juego y entonces no le grita a los chicos o las chicas.

Los que ceden el paso donde nadie cede un tranco.

Los abajo firmantes de cuanto petitorio reclame algo para “Los justos”.

Ahí están ellos y otros tantos. En el umbral, desde donde ven las cosas como son. Y son muchos. Muchos más de lo que creemos, afortunadamente.