Entrevista al experto en campañas políticas Marcelo Falo. Trabajó en elecciones en Villa María y hoy se encuentra en Brasil, contratado por una consultora, de cara a las elecciones generales de octubre
“Hay que relativizar la incidencia de la tecnología en una elección”
La elección en Brasil y su impacto en Argentina: ¿por qué al votante no le importa la imagen negativa de un candidato?, las granjas de bots, la arquitectura algorítmica de las redes y mucho más, en la siguiente conversación con uno de nuestos periodistas-Marcelo, quedan menos de dos meses para las elecciones generales en Brasil y desde Argentina vemos una gran polarización entre Lula y Bolsonaro Jr. ¿Qué datos manejás?
-Datos, vemos muchos, todos los días. Algunos confiables, otros poco confiables; y otros, burdas operaciones sin ningún rigor estadístico. Pero me quedo con este dato: en diciembre de 2025, Lula Da Silva sacaba 10 puntos de ventaja en un eventual balotaje (46% a 36%). Ese margen se fue licuando mes a mes, hasta que en marzo de 2026 llegaron al empate técnico. Y en abril, por primera vez, Quaest, que encuesta para la Red O’Globo, ubicó a Flávio Bolsonaro arriba del presidente. Pero luego se produjo otro quiebre en mayo-junio: el candidato de extrema derecha, Bolsonaro, cayó de 45% a 42% de intención de voto, mientras Lula pasó de 45% a 49%. El detonante fue puntual y verificable: se conocieron conversaciones entre Flávio y el banquero preso Daniel Vorcaro, en las que el senador le habría pedido fondos para financiar una película sobre su padre; y una investigación posterior vinculó también a Eduardo Bolsonaro como productor ejecutivo del filme. El dato de opinión pública es contundente: el 60% de los encuestados considera que esas conversaciones generan sospechas de conductas ilegales y un 65% cree que Flávio cometió un error al buscar ese financiamiento. A eso hay que sumarle el contexto macro, que en campaña siempre pesa más que cualquier escándalo aislado: la inflación bajó en abril, pese a la presión sobre los combustibles derivada de la guerra en Medio Oriente, y Lula reforzó su presencia en la agenda pública tras reunirse con Donald Trump en la Casa Blanca y lanzar un nuevo programa social para refinanciar deudas. La caída de Bolsonaro por errores propios y una agenda sólida de Lula, con aciertos también propios, han desbalanceado nuevamente la elección en favor de Lula. Y hoy esa diferencia parece estar agrandándose. Por supuesto que eso es una foto hoy y todo puede cambiar. Sobre todo porque en Brasil hay segundo turno, y el riesgo de que en una eventual segunda vuelta todos se unan en contra de quien quedó primero, es un riesgo alto.
-¿Cómo te parece que tomó el conjunto del Gobierno brasileño el abierto apoyo del presidente Javier Milei al candidato opositor, más allá de la salida al cruce del secretario general de la Presidencia, Guilherme Boulos, diciendo que el mandatario argentino es un “imbécil” y “el más rechazado de América Latina”?
-Acá conviene separar el gesto simbólico del efecto político real, porque son cosas distintas. El hecho está confirmado: Milei recibió a Flávio Bolsonaro en la residencia de Olivos el 30 de junio, publicó en X que “se viene la marea azul para Brasil de la mano de Flávio Bolsonaro” y confirmó que viajará a Brasil este 25 de julio para participar del acto de lanzamiento de la candidatura, con un paso por Brasilia, para saludar a Jair Bolsonaro. No es una foto aislada: Milei se bajó de la cumbre de Mercosur para dar esa señal, en un vínculo con Lula que viene de aquel “zurdo corrupto” en 2024 a un enfriamiento parcial en 2025 y una nueva confrontación abierta ahora, con el envión que le dio la llegada de Trump. Pese a todo esto, el Gobierno del presidente Lula está muy por encima de estas torpezas de Milei. La relación bilateral formal sigue y seguirá funcionando por los canales habituales, en el Mercosur y en las relaciones comerciales. Lo que veo, como consultor en comunicación política, es que estas torpes y predecibles movidas de Milei le dan letra al PT para instalar a Flávio Bolsonaro como el candidato “tutelado” por la ultraderecha internacional, de la que Milei es un poco un vocero. Ya vimos cosas parecidas que le jugaron totalmente en contra a Bolsonaro padre en 2022. Brasil es un país polarizado, pero a nadie le gusta la injerencia internacional, y menos de la derecha argentina, en una disputa electoral. Por lo tanto, estas jugadas de Milei pueden servirle a él para alimentar a tuiteros libertarios de Argentina, pero flaco favor le hacen al bolsonarismo. Son de esas torpezas que Milei nunca dimensiona.
-¿Cuál sería la principal incidencia en Argentina de un resultado favorable a Lula?
-Para mí, la incidencia de una victoria de Lula puede leerse en tres capas. La económica es la más concreta: Brasil es el principal socio comercial de la industria argentina, y un Lula reelecto no cambia eso, pero sí puede complicar la agenda de acuerdos bilaterales si la relación personal Milei-Lula sigue en el freezer, porque buena parte de la letra chica de Mercosur se negocia con gestos, no solo con papeles. La segunda capa es narrativa: le quita a Milei uno de los dos pilares de su relato de “marea azul continental” en la región, justo en un año donde el Gobierno necesita mostrar la ola libertaria expandiéndose para sostener el clima de confianza interno. La tercera es más fina y es la que yo quisiera resaltar: un triunfo de Lula reactiva el archivo de vínculos con el antimileísmo -representado por el peronismo en sus diversas vertientes–, que hoy juegan al equilibrio. A todo este sector que es electoralmente supercompetitivo aún, les da oxígeno regional, porque fortalecería el argumento de que “afuera” también hay alternativas que funcionan y que son contrarios al modelo Milei, porque generan crecimiento con inclusión, sin dejar a nadie a la vera del camino.
-¿Y cuál sería la mayor incidencia en Argentina de un resultado favorable a Bolsonaro Jr.?
-Le daría a Milei un oxígeno que está perdiendo, asfixiado por la corrupción dentro de su propio Gobierno, los escándalos, la alianza con lo peor de la casta y el fracaso de la política económica, que sigue destruyendo empleos y sectores productivos tradicionales de la Argentina, mientras se derrumba el consumo y la gente se sigue endeudando.
-¿Por qué la imagen negativa de un postulante ya no es un dato determinante para que el ciudadano adopte la decisión de votarlo?
-Esto tiene que ver bastante con dos factores: la extrema polarización y la solidez del voto “anti” o el voto “en contra de”. Durante el siglo XX, la imagen negativa operaba como filtro de veto: un candidato con rechazo alto perdía. Hoy no, porque el electorado, en la mayoría de los casos, dejó de votar por adhesión positiva y pasó a votar por rechazo al otro, lo que sería algo así como una polarización afectiva. En Brasil el dato es elocuente: tanto Lula como Bolsonaro registran rechazo alto, casi la mitad del padrón jura que jamás los votaría –a uno, de un lado; al otro, del otro– y, sin embargo, ambos siguen siendo, por lejos, los dos candidatos con más intención de voto. La imagen negativa se volvió un piso estructural del sistema bipolar, no un techo que impide ganar. El elector ya no pregunta “¿me representa?”, pregunta “¿a cuál de los dos quiero evitar en el poder?”, y esa pregunta convive perfectamente con el rechazo a ambas opciones. Así, más o menos, funciona desde hace tiempo esta variable en América Latina, sobre todo en las elecciones ejecutivas. En las elecciones a cargos electivos, aún sigue teniendo un peso importante la imagen positiva como motor de la intención de votos.
-¿Qué factores hacen posible que eso suceda? ¿Granjas de bots, como estarían operando en Estados Unidos, pueden mover decisiones y porcentajes?
-Ese es un tema más complejo de responder y yo no soy un experto en ese punto. Solo lo veo desde cerca, pero no tengo conocimiento suficiente como para explicar cómo funcionan estas cosas. No obstante, está claro que la arquitectura algorítmica de las redes premia el enganche emocional por sobre la precisión informativa, así que el contenido que más circula es el que indigna, no el que informa, y eso empuja al votante hacia el polo, no hacia el centro. También está el tema de la fragmentación mediática, que rompió la posibilidad del árbitro común: hace 20 años un escándalo como el de Vorcaro tenía una sola narrativa dominante; hoy conviven media docena de relatos paralelos según la burbuja de cada uno, y cada burbuja refuerza su propio sesgo de confirmación. Por último, obviamente existe, muchas veces, coordinación de redes de cuentas automatizadas o semiautomatizadas que amplifican artificialmente una etiqueta, un rumor o una encuesta favorable en las primeras horas de un ciclo noticioso, cuando el algoritmo todavía está “decidiendo” qué es tendencia. En Estados Unidos hay evidencia académica y periodística documentada de este tipo de operaciones en ciclos electorales recientes. Ahora bien, como consultor, te diría que no hay que sobredimensionar su poder: los bots mueven percepción de agenda y aceleran picos de conversación, pero no cambian estructuralmente una elección que ya viene definida por economía, escándalos reales o gestión. Son un multiplicador, no un interruptor. Ninguna tecnología está por encima de los dolores y los sueños de las personas. Y esos dolores y sueños tienen que ver con lo cotidiano, con la paz y la tranquilidad que toda familia necesita, con la posibilidad de llevar comida a la mesa, con el miedo de enfermarse y no tener quién te atienda a tiempo. No hay algoritmo que pueda contra estos dolores y estos sueños. Por eso, hay que relativizar su real incidencia en una elección. ¿Inciden? Sí. ¿Son determinantes? No.
-Las elecciones de noviembre en Estados Unidos aparecen como fundamentales para la supervivencia del plan de Milei. ¿Vos lo ves así?
-Es una tesis que circula fuerte entre analistas económicos y politólogos, y tiene una lógica defendible: buena parte del sostén financiero externo del programa –desde el respaldo político hasta la sintonía con organismos multilaterales– está apalancado en la buena relación con la administración Trump. Un resultado adverso para los republicanos en el “midterm” no derrumba el plan de un día para el otro, pero sí le recorta el margen de maniobra internacional en un momento en que Argentina necesita renovar confianza de mercado. En esto también incide, pero no determina. La economía argentina tiene sus propios fundamentales, buenos y malos, que no dependen únicamente de quién gobierne el Capitolio ni de cómo le vaya a Trump.
-¿Entendés que, finalmente, Macri “infiltró” al Gobierno y ejerce el poder a través de sus topos? ¿Sigue/siguen usando a Milei porque no tiene/n nadie enfrente?
-Yo creo que con la llegada reciente de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete, seis de los ocho ministerios nacionales están hoy en manos de dirigentes que se formaron o gobernaron bajo el sello del PRO, y en el conjunto del Gabinete y las secretarías ya son al menos 13 los funcionarios con pasado macrista en cargos de primera y segunda línea: Caputo, en Economía; Sturzenegger, en Desregulación; Quirno, en Cancillería; Mahiques, en Justicia; Monteoliva, en Seguridad; entre otros. Ese es el hecho objetivo. De ahí a la infiltración, estamos muy lejos. Creo que todos esos dirigentes formados en el PRO, que hoy están con Milei, guardan poco de lo que traían del PRO y tienen bastante poco en cuenta lo que diga Macri. De hecho, Milei incorporó a Caputo y a Bullrich a su primer Gabinete sin siquiera pedirle consejo a Macri. Además, ya sabemos que la relación personal entre Macri y Milei está rota desde hace tiempo. Por lo tanto, lejos de una infiltración del macrismo en el Gobierno de Milei, es una especie de tercerización de gestión. Milei necesitaba cuadros con experiencia de Estado que La Libertad Avanza no tenía (y todavía no tiene), y los fue a buscar donde estaban disponibles. Y para gobernar bien hace falta gente preparada. Como Milei no tiene experiencia de Gobierno, ni tampoco su grupo más cercano, terceriza en la casta afín esa responsabilidad. Hasta ahora, eso permite que el Gobierno no se caiga por torpezas propias. Pero está lejos de permitirle hacer un gobierno razonablemente bueno.
-¿Cómo avizorás el futuro político en Argentina?
-Milei se enfrenta al tiempo más complicado de su gestión. Se la acaba la cuerda de las expectativas de que todo va a mejorar. Y también se le acaba la paciencia de la gente soportando cualquier cosa con tal de no volver a un Gobierno como el de Alberto Fernández. Milei apostó a un país para un 25% de argentinos prósperos y un 75% de argentinos peleando para sobrevivir. Son modelos que ya existen en muchos países del mundo. Números macroeconómicos presentables, pero el grueso de la población tratando de sobrevivir. Este tipo de gobiernos siempre actúa con la misma lógica emocional. Gobierno para un 25% al que le va a ir realmente cada vez mejor, le hago creer a otro 25% que en algún momento a ellos también les va a ir mejor, y así van llevando las cosas hasta que todo estalla y ya no le va bien ni siquiera al 25% de beneficiados. Es exactamente ese punto de inflexión en el que el Gobierno está ahora. Las encuestas muestran que hoy Milei tiene el apoyo de ese 25% de beneficiaros de su experimento económico, pero, al parecer, ya solo un 15% más sigue creyendo que a ellos también les tocará un día. Y con el 40% no le alcanza a nadie en Argentina para aspirar a una reelección.
