Cuando desde la ciudad se combatió la enfermedad mortal que hoy vuelve a preocupar
La villamariense que fue clave contra la Fiebre Hemorrágica
Pirucha Orpianesi, quien falleció hace ocho años, fue recordada por los exdirectores del Hospital Pasteur, Esteban Ancarani y Carlos Gagliano, por su tarea inmensa e inclaudicable para conseguir plasma y salvar vidas en toda la provinciaLa Fiebre Hemorrágica Argentina volvió a ser noticia en los últimos días a raíz de una serie de casos que se confirmaron en la región.
En ese contexto, a dos grandes médicos que dirigieron el Hospital Pasteur, Esteban Ancarani y Carlos Gagliano, se les vino enseguida a la memoria una persona que resultó fundamental en la ciudad para demostrarle al país cómo combatir esa enfermedad, trabajando desde estas pampas gringas.
Ella es Teresa Suárez de Orpianesi, popularmente conocida como Pirucha, una de esas heroínas silenciosas que marcaron a fuego la salud en Villa María, sin ser médica ni enfermera profesional, pero sí una persona activa, empática y solidaria.
“Leí en elDiario los casos y me acordé de la Pirucha”, contó primero Ancarani, director del Pasteur entre 1980 y 1984.
El médico traumatólogo debió afrontar una etapa muy difícil en el nosocomio que, por entonces, funcionaba en calle Mendoza. Pero en medio de los desafíos se encontró con Pirucha, por entonces, una joven emprendedora.
“Su mamá había trabajado en el Hospital como cocinera y Pirucha entró como auxiliar de enfermera. Ella solucionaba problemas, entonces entró en el Banco de Sangre, en momentos en que no había un médico responsable”, recordó.
“Cuando empezó el problema de la Fiebre Hemorrágica y se descubre que el plasma de convalecientes tiene anticuerpos, había que tener plasma. Entonces venía la Pirucha y me preguntaba: doctor, ¿no me presta el rastrojero?, porque me enteré de que en tal pueblo me van a donar plasma’. ¡Y yo le decía sí! Teníamos dos choferes y muchas derivaciones, a tal punto que no teníamos pediatras;?no había guardia activa y había que llamar al médico a la casa. Eso era la trinchera de la Primera Guerra Mundial, pero el esfuerzo de la gente que estaba, el grupo humano, fue lo que me empujó a seguir”, resaltó.
En ese contexto, Pirucha “llamaba a los pacientes que había, los identificaba, se iba hasta el lugar, extraía la sangre, preparaba el plasma y eso salvaba una vida”.
La expansión
Gagliano, por su parte, recordó que la tarea del Banco de Sangre no era sencilla.
“Se debía tener una respuesta inmunología lo suficientemente fuerte para el plasma. Y de diez pacientes con Fiebre Hemorrágica, a lo mejor tenías cinco con plasma efectivo, el resto no alcanzaba con la cantidad de anticuerpos”, indicó.
Gagliano fue el director que más duró en el Hospital (del 86 hasta el 95) y desde el inicio supo que Teresa Suárez de Orpianesi era fundamental.
“En enero del 86, la Fiebre Hemorrágica era un problema muy serio. Había siete muertos entre Sanabria y Ausonia, y eso generó un revuelo tremendo porque eran toda gente joven, laburantes de campos y gente muy conocida de la zona. Entonces se decidió dotar de equipamiento un vehículo nuevo con un chofer para la Pirucha. Pusimos un bioquímico en el Banco de Sangre, buscamos también un auxiliar terapéutico y armamos ese equipo que trabajaba en el Banco de Sangre y en el de plasma”, contó.
“Al cabo de dos años se levantaron los otros cuatro centros de Córdoba: La Carlota, Alejandro Roca, Laboulaye y Laborde, y quedó entonces el Pasteur, únicamente, para toda la provincia. Y a partir de ahí, la responsabilidad funcional de la Pirucha era dotar al Banco de Sangre para enviar a todos los centros de salud provinciales, públicos o privados, sin cargo”, añadió.
Gagliano y Ancarani comentaron que “recordando nuestros pasos por el Pasteur en distintas épocas, hay un nexo que nos comunica, que es esta enfermera tan particular”.
“Era muy difícil decirle que no, tenía una empatía muy particular en la manera de encarar y hablar”, agregó Gagliano, quien remarcó:?“Esta enfermedad nos deja mucha enseñanza porque podías tener toda la plata del mundo, pero si no tenías el plasma, te podías morir. Entonces, la paradoja es que los dueños de campo salvaban a peones y los peones salvaban a los dueños del campo”.
“La enfermedad igualó y puso a las mismas condiciones sanitarias a los ricos y los pobres. Y?con Pirucha hablamos sobre esto mucho, ella la tenía clara”, afirmó.
En ese sentido, Gagliano remarcó que, en plena hiperinflación, entre el 88 y 89, se hizo un relevamiento “de los patrones que tenían campo y vacas... No teníamos carne ni verduras porque todos los días valía distinto y no teníamos plata en efectivo para comprar. Entonces la delegamos amablemente a la Pirucha como embajadora del Pasteur para viajar por varias partes a conseguir vacas. La gente del campo nos dio una mano muy grande durante cinco meses. Y también hicimos un convenio VIP con los changarines del Mercado; entonces, toda aquella fruta o verdura que tenía alguna marca, o que quedaba y era útil, la usábamos en el Hospital”.
“La última anécdota fue con la campaña de vacunación que fue supervisaba por la Organización Mundial de la Salud... Teníamos que conseguir hielo seco para transportar la vacuna. Y?Pirucha hizo la gestión con Chiantore y consiguió para toda la campaña, llevando hacia toda la provincia. De modo que ha dejado una huella muy profunda, profesional, humana, vocacional, de una responsabilidad total, sin ser doctora”.
En ese aspecto, Ancarani acotó que “Pirucha, para ir a Chiantore, salía antes de ir a laburar. Y a todo esto, el marido era mecánico y reparaba gratis las unidades del Hospital”.
Por todos estos gestos de la reconocida vecina, los exdirectores del Hospital quisieron hablar de Pirucha.
Ambos tienen todavía más gestos de la mujer, pero no alcanzarían todas las páginas de elDiario para repasar cada uno de los pasos solidarios y elogiables que dio la mujer.
En los últimos días se cumplieron ocho años del deceso de Teresa Suárez de Orpianessi, una vecina del barrio San Martín que hizo del Hospital su vida, como también hizo de su profesión una dignidad que salvó vidas.
“En Buenos Aires no conocían la Fiebre Hemorrágica porque es una enfermedad del campo; entonces, Villa María llegó a ser el centro del tratamiento de esta enfermedad, mucho gracias a ella”, reconocieron los médicos.
