Para llegar a fin de mes, la gente trabaja el doble o el triple, y eso agota a todos
El cansancio sin fin
Casi 8 de cada 10 personas no llegan a fin de mes, y esa realidad produce un agotamiento no solo porque hay que hacer de todo para sobrevivir, sino por la incertidumbre, el estrés y la ansiedad con la que se vive hoyEscribe: Juan Manuel Orbea DE NUESTRA REDACCIÓN
Salarios que duran apenas dos semanas, familias endeudadas, trabajadores con más de un empleo y una creciente sensación de incertidumbre. En la Argentina –y Villa María no dribla esta dura realidad–, el agotamiento ya no es una experiencia individual, sino un fenómeno social que atraviesa a buena parte de la comunidad.
Hay algo que se escucha cada vez más entre conocidos, entre personas que uno se cruza en la diaria, entre quienes se dejan oír lanzando la queja al aire, aunque la locura de la vida diaria actual poco aire les dé para gritar. Igualmente, se escuchan.
Y no, no importa si la conversación ocurre en un comercio, en una escuela, en una oficina o en una reunión familiar. La frase cambia de forma, pero el mensaje es siempre el mismo: “Estoy cansado” o “ya no doy más”, o “¿hasta cuándo?”.
Y este cansancio crónico no es solamente una cuestión física. Tampoco es únicamente económica. Es una mezcla de agotamiento, preocupación e incertidumbre que atraviesa la vida cotidiana de miles de personas que sienten que trabajan más y más, secuestrados por el multiempleo –y eso si tienen la suerte de tener esos trabajos; y, si es así, rara vez formales, si están dentro de esta ecuación–. Son –somos– personas que no damos más de promesas incumplidas, de mentira tras mentira, de una existencia que te cansa incluso hasta cuando se duerme, porque las pesadillas igual agotan.
Las estadísticas ayudan a explicar al menos un poco por qué estos latidos que parecen estallar. Distintos relevamientos muestran que el 74% de los argentinos considera que su situación económica empeoró. El 73% afirma que el sueldo le dura apenas dos semanas. El 90% asegura que no puede ahorrar y el 77% tiene algún tipo de deuda. El 12% está endeudado con sus tarjetas. Eso también cansa, y cómo... Detrás de esos números hay personas que salen todos los días a trabajar y que, aun así, sienten –saben– que el esfuerzo ya no alcanza.
El trabajo no alcanza
Durante mucho tiempo, tener empleo significó la posibilidad de sostener una vida relativamente estable. Hoy, para la mayoría de los trabajadores, esa relación parece haberse roto.
Camila, empleada de comercio y madre de dos hijos, lo resume en pocas palabras: “Antes llegaba ajustada. Ahora llego agotada”. Su jornada no termina cuando sale del trabajo. En casa la esperan las tareas domésticas, las obligaciones familiares y las preocupaciones de todos los días.
Matías, que combina un empleo formal con trabajos de reparto los fines de semana, cuenta algo parecido: “Salgo de un trabajo y entro en otro. Cuando termina el día siento que solo trabajé. De vivir, nada”.
La situación se repite una y otra vez. Cuando el sueldo dura apenas dos semanas, aparecen las changas, las horas extras y los segundos empleos para intentar cubrir gastos básicos.
Javier, padre de tres hijos, asegura que prácticamente no tiene fines de semana libres: “Si no hago trabajos extras, no llego. Lo peor es sentir que trabajo todo el tiempo y que igual estamos siempre haciendo cuentas. Con tres trabajos sigo sin llegar a fin de mes.”
Para las mujeres, en general, la carga es todavía mayor. Como Soledad, madre soltera y con un hijo, quien combina varios trabajos con las tareas de crianza.
“Hay días que siento que no paro ni un minuto. Trabajo, llevo a mi hijo a la escuela, vuelvo a trabajar y sigo pensando si va a alcanzar para todo”, cuenta afuera de una verdulería.
Una mirada que se repite
Ese cansancio no aparece solamente en las estadísticas. Se ve.
Se ve en el centro de la ciudad, en los barrios más acomodados y también en los sectores periféricos, donde las dificultades económicas suelen sentirse con mayor intensidad. Basta caminar unas cuadras para encontrar, una y otra vez, rostros marcados por el agotamiento, la preocupación, casi perdidos.
Hay una mirada que se repite. Una expresión que mezcla cansancio, incertidumbre, desilusión y una sensación cada vez más evidente de que el futuro no va a mejorar.
No es solamente el desgaste físico de trabajar muchas horas. Es también el desgaste mental de vivir haciendo cuentas, de preguntarse si el dinero alcanzará hasta fin de mes, de no poder ahorrar y de tener que postergar proyectos una y otra vez. De vivir sin futuro.
Síntoma de una época
Una de las promesas más recordadas de la campaña presidencial de Javier Milei fue que el ajuste lo iba a pagar la casta. Sin embargo, para la gran mayoría de los laburantes la percepción es absolutamente otra. Sienten que el esfuerzo recae sobre quienes viven de su trabajo y que cada vez deben sacrificar más tiempo, más energía y más calidad de vida para sostener ingresos que pierden poder adquisitivo.
Quizás el dato más preocupante no sea solamente que el sueldo alcance menos o que las deudas aumenten. Quizás sea la normalización del agotamiento, de vivir cansado.
Personas que salen de madrugada y vuelven de noche. Trabajadores con dos o tres empleos. Familias que viven haciendo cuentas. Jubilados que buscan ingresos extras. Padres y madres que combinan trabajo, crianza y tareas domésticas sin un momento para detenerse.
La sensación se repite acá y en todo el país. Hay preocupación. Hay incertidumbre. Hay desilusión. Hay bronca que día a día crece. Pero, sobre todo, hay cansancio. Un cansancio sin fin.
Un cansancio que no aparece en los indicadores económicos, pero que se ve en los rostros, en las conversaciones y en el humor social de una comunidad que siente que corre cada vez más rápido para llegar cada vez menos lejos.
Quizá sea una de las marcas más duras de este tiempo: para muchos vecinos, el cansancio dejó de ser algo pasajero y se convirtió en una forma de vivir.
