Ricardo Figueroa, el hombre del bulevar España
El zapatero que inventó el pie de cenicienta
El Yony lleva adelante uno de los pocos talleres “visibles” de compostura de calzado en la ciudad. Allí creó las famosas “hormas de aluminio”, cuyo “copyright” le perteneceHay oficios casi en vía de extinción, y el de zapatero es uno de ellos. Acaso porque la cultura consumista nos quiere hacer creer que todo es descartable. O porque, en tiempos de IA, muchos subestiman este maravilloso trabajo manual. Sin embargo, personas como Ricardo Figueroa nos vienen a decir no solo que el oficio de “zapatero remendón” sigue más vivo que nunca, sino que son capaces de innovarlo con creaciones propias.
Así, y en medio del trabajo de la mañana, Ricardo me hace pasar a su pequeño taller de bulevar España 232. Allí, cientos de botas y zapatillas se superponen como pasos que van y vienen por la calle. Y en aquella escenografía que, amén de las máquinas, no ha cambiado mucho en los últimos mil años, “Yony” me cuenta sus inicios.
“Aprendí el oficio con mi padre cuando tenía 14 años, y trabajé con él hasta que en el 81 me puse solo. Fue en un local en calle Catamarca, donde había estado un hermano mío. O sea que llevo 45 años en el rubro… Si bien hay épocas mejores y peores, el arreglo siempre está”.
-¿Antes había más competencia?
-No, igual… Lo que antes había eran más “zapateros visibles”, que casi ya no quedan. Hoy, la mayoría están escondidos por ahí, en un garaje de barrio o en sus casas…
-¿Por qué había más “zapateros visibles”?
-Porque en los años ochenta la mayoría eran los que se habían quedado sin trabajo cuando cerró la fábrica Estincal. Así que esos hombres eran fabricantes. Yo, en cambio, solo arreglo. Soy, lo que se dice, un zapatero remendón.
-¿Qué es lo que más te traen para arreglar?
-Zapatillas… Eso no se arreglaba antes porque casi no se usaban… Antes era todo zapato. De hecho, la zapatilla era solo para hacer deportes. Pero tampoco había tanto deporte. Y la enorme mayoría jugaba al fútbol, así que arreglaba botines. Hoy la zapatilla se usa mucho más que cualquier calzado. Y si no fuera por la zapatilla, este oficio estaría mucho más duro.
Las mujeres, el alma del oficio
-¿Las mujeres se arreglan mucho calzado?
-Si no fuera por las mujeres, no existiría el zapatero... Así como te lo digo… El zapato de hombre es el 10% en relación a lo que se arregla en la zapatería. Las mujeres no tienen menos de seis o siete pares cada una; y la que menos tiene seguro tiene tres o cuatro. El hombre que más tiene, a lo sumo tiene dos pares y los usa poco. La mujer es la principal fuente de ingreso acá…
-¿Tenés alumnos o ayudantes?
-No, los ayudantes te hacen macanas y vos tenés que poner la cara después. Además, con los ayudantes te podés comer un juicio. Y si yo tengo que blanquear a uno, no me alcanzaría. Prefiero hacerme cargo de los arreglos yo mismo.
-¿Y tus hijos?
-Nunca quise que fueran zapateros… Es complicado luchar con el “zapatero invisible”, porque lo que vos hacés por 10, ellos lo hacen por dos. Pero, a su vez, ellos no pagan alquiler ni te hacen arreglos definitivos. Yo estuve 25 años trabajando al vicio, porque cobraba la tarifa de los invisibles y apenas me alcanzaba. Pero cuando tuve que alquilar acá en el centro me di cuenta de que si no cobraba mejor, no llegaba a fin de mes.
-¿Considerás que esa competencia es desleal?
-Totalmente… El problema es que los zapateros invisibles te terminan poniendo el precio del trabajo, y entonces algunos te dicen que sos caro y se van. Yo les explico que mi realidad es distinta. Por eso no quise tener a mi hijo de zapatero, para que no reniegue con la competencia ni las cosas que te dejan de clavo… Cada fin de año tiro entre siete y ocho bolsas de consorcio llenas de trabajo que nunca me retiraron… Zapatos, mochilas, carteras… Por eso ahora cobro una seña, si no no arreglo nada…
-¿Qué debe tener un buen zapatero?
-Ser responsable y hacer el mejor trabajo posible. Si alguien viene a hacerse una puntera, para mí no es un simple parchecito, es el parche más el refuerzo. Eso te da un mínimo de dos años de durabilidad. Yo cobro el doble, sí, pero mi arreglo te dura 20 veces más. Los que me dicen que es caro, les digo “andá a otro lado y que te hagan el parchecito, yo no trabajo así…”
-¿Máquinas?
-Cambié tres o cuatro veces de máquina y la última la regalé a una compraventa. Pero a las máquinas que más uso las inventé yo –me dice Ricardo, señalando los pies de metal–. Es algo que no vi en ningún lado, ni siquiera en internet… Me imaginé una forma de estirar muchos zapatos a la vez; así que hice varios moldes. En una fundición me hicieron los pies de aluminio, y después un tornero le puso los fierros a rosca que ajustan o aflojan...
-¿Y nunca lo patentaste?
-No, jamás… En internet vi una máquina chiquita para un solo par, pero es carísima… En cambio, con mi sistema tengo para poner 12 pares de hormas a la vez. Tengo muchas por semana. La mayoría es de gente que ha comprado el calzado por internet y, como no se lo pudieron probar, lo traen para estirar… ¿Querés verla?
Y Ricardo me muestra un pie de mujer en aluminio con el mismo orgullo de un goleador que exhibe su bota de oro. Y trato de imaginarme a esa mujer de metal completa. A lo mejor no exista jamás, o tal vez sea un hada invisible; esa mujer que jamás le deja faltar clientes a “Yony” y cuyo pie, como el de Cenicienta, se prueba cada día todos los zapatos del reino.
