La secretaria general de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos en Villa María revela su historia, la de una niña adoptada por un militar que participó en el área de Inteligencia de la última dictadura cívico-militar

Adoptada por un militar, buscó la verdad y la encontró con Abuelas

Pilar Funes reside en Villa María, y su padre, en Las Perdices. Conservan la relación, a pesar de un pasado “tormentoso”
domingo, 26 de abril de 2026 · 07:30

Hay que sacarlo todo afuera,

como la primavera.

Nadie quiere que adentro

algo se muera.

Hablar mirándose a los ojos,

sacar lo que se puede afuera,

para que adentro nazcan

cosas nuevas.

Piero

 

-Ubiquemos al lector. ¿Qué edad tenés, Pilar?

-Tengo 44 años.

-¿A qué edad supiste que tus padres te habían adoptado?

-A los 6 años y medio me enteré. Todavía vivíamos en Buenos Aires, en el barrio de Villa Pueyrredón. Allí, una noche, mi mamá me dijo que yo no había estado en su panza, que había estado en la panza de otra señora y que yo tenía que quererla a ella como mamá y a mi papá como a mi papá. Era muy chiquita para entenderlo, no entendía sobre el concepto de adopción, no entendía sobre muchas cosas que vivíamos, pero continué llamándolos mamá y papá.

-¿Qué cosas que vivían?

-Nunca me ocultaron que mi papá era militar ni que estaba destinado en Campo de Mayo. Mi papá nunca me ocultó su profesión. Siempre lo supe y tengo recuerdos de verlo con el uniforme, dándome un beso antes de irse a trabajar. Yo veía armas en casa y supe desde muy chica que no podía tocarlas, veía fotos de mi papá con sus jefes... Y si tenía que ir al pediatra, íbamos al Hospital Militar, algo que para mí era normal. Mi papá se retiró en 1985 y en 1988 nos vimos envueltos en una interna militar que hizo que un grupo de personas armadas nos siguieran y nos amedrentaran todo el tiempo. Si teníamos que salir a la calle, estos tipos se aparecían por las esquinas, incluso se metían en los lugares donde nosotros teníamos que ir, como el mismo hospital. Yo tenía mucho miedo. Sabía que algo pasaba y me aferraba del brazo a mi mamá y me largaba a llorar. Estábamos en riesgo de vida los tres, amenazados de muerte. Ellos trataron que yo llevara una vida normal: ir al colegio, tener mis amigos, festejar los cumpleaños, ir a la plaza, aunque muy pocas veces podíamos ir a la plaza, y si íbamos, mi papá siempre iba armado, muy nervioso, porque esa gente siempre estaba merodeando. Incluso, de noche, mi papá vigilaba desde la ventana de mi habitación. Llegó a decirme que, en caso de abrirse el fuego, debía tirarme abajo. Yo, a todas esas órdenes lo entendía, tenía agilidad mental para obedecer, digamos, pero había mucho que no entendía. Recuerdo que, en medio de todo aquello, a él le ofrecieron sacarlo al Paraguay, pero mi papá ya sabía que con vida no íbamos a salir. Entonces, en algún momento pudimos huir a su pueblo natal, que es Las Perdices. La casa de Villa Pueyrredón se vendió y mi papá compró una casa en el centro de Las Perdices, donde yo viví con ellos hasta el año 94. En el año 95 me enviaron a estudiar aquí, en las Rosarinas, cuando el colegio tenía pupilaje, donde duré seis meses porque era rebelde. Así que a viajar todos los días desde y hacia el pueblo. Después ya empecé a vivir en pensiones...

-¿Qué fue lo que te llevó a indagar sobre el papel que jugó tu papá durante la dictadura?

-Todo lo que veía en la televisión, en los medios. Leí cada libro que caía en mi mano sobre la temática... Y el surgimiento de la agrupación HIJOS, en 1995, fue determinante, porque despertó en mí la sospecha de ser hija de desaparecidos. Además, fui juntando toda la información que pude sobre mi papá. Así supe que fue del Servicio de Inteligencia, primero, el Batallón 601; y después, ya en el Plan Cóndor, trabajando con militares de la Fuerza Aérea Paraguaya. Los años 90, para mí, fueron muy angustiantes... Transité muchas depresiones, estuve como muy alerta, tenía mucho miedo de que nos vinieran a buscar a Las Perdices. Un día, mi papá me dijo que me quedara tranquila, que no nos iban a encontrar, porque me había visto llorando, muy mal. Me calmé en ese momento, pero seguí investigando las actividades de mi padre, sobre todo en la última dictadura, porque participó ya desde muy joven en el golpe del 55 y de todos los golpes hasta que se retiró.

-Volvamos a la sospecha de ser hija de desaparecidos...

-No lo soy. Me adoptaron en Tucumán. Él quería un varón, pero mi madre se impuso. Pero a eso yo todavía no lo sabía y seguía indagando. Recuerdo que iba a la Biblioteca Mariano Moreno, cuando estaba en la calle Santiago del Estero, y pedía diarios, libros. Me gustaba leer. Fue un hábito que me inculcó mi papá, que me compraba la Biblioteca de Anteojito, la azul, la roja, la dorada... Yo buscaba sola, porque la única persona que tenía para confrontar era mi padre y, obviamente, mi padre se llamaba silencio y nunca habló. Yo me fui enterando muchas cosas de él sin que él lo supiera, por los libros y, sobre todo, en la Universidad Nacional de Villa María. Yo soy profesora de Lengua y Literatura y estoy haciendo la Licenciatura.

Pilar Funes: “Soy lo que promuevo. Sin odio, sin resentimiento, sin rencores, porque de la otra manera vivís mal y te enfermás. Y no tiene sentido buscar la verdad y la justicia a través del odio”

-¿Le preguntaste directamente a él alguna vez?

-Le preguntaba a él, pero él me decía cosas como que lo que se hizo era lo correcto, que estaba bien, que no estaba arrepentido. Pero yo ya había hecho todo un camino de consultas para ir a Abuelas de Plaza de Mayo. Era 2004 cuando llamé desde la casa de mis padres y dije: “miren, soy adoptada, nací en el año 82, tengo fotos de mi papá con Galtieri, Videla, con Viola, con militares de la Fuerza Aérea paraguaya... Quisiera ir para ver si soy hija de desaparecidos”. Me dijeron que podía ir al día siguiente. Y fuimos a Abuelas Córdoba, cuando tenían la sede en Duarte Quiroz.

-¿Cómo “fuimos”?

-Sí, mis padres fueron conmigo. No me dejaron ir sola. Subí las escaleras, golpeé la puerta, me atendió ella, Sonia Torres. Y bueno, entramos los tres. Nos atendió con mucha altura. Habló con mucha educación con mi papá. Y en un momento determinado, ella preguntó: “Y usted, ¿a qué se dedicaba en la época de la dictadura?”. Y esa es una laguna mental que me acompaña hasta el día de la fecha. No recuerdo nada de lo que dijo él. Como si yo hubiese estado ausente.

-¿Qué sucedió después? ¿Qué surgió de esa reunión en Abuelas?

-Que desde la organización encontraron a mi mamá biológica. No soy hija de detenidos desaparecidos. Mi mamá biológica vive en Rosario.

-¿Y pudiste tomar contacto con tu mamá biológica?

-No. Las Abuelas de Plaza de Mayo, que la encontraron, hicieron el camino hablándole por teléfono, después me dieron el teléfono suyo hasta que pudimos contactarnos. Tuve cuatro o cinco encuentros telefónicos y ella no quiso conocerme; me dijo que tenía una familia ya formada, una hermana que no sabía de mí. Que prefería conservar su familia. Se llama Genoveva del Tránsito Cisterna. Pero a mí me adoptaron en Tucumán, en el año 82.

-Me dijiste que tu papá prefería un varón y que fue tu mamá adoptiva la que insistió para que te fueran a buscar a Tucumán... ¿Te aceptó tu papá?

-Me aceptó; me acepta. Lo que él no acepta es mi revelación; es el hecho de tener diferencias políticas concretas con él. Porque ni olvido, ni perdón, ni reconciliación. Incluso, durante un largo tiempo, la relación fue difícil. Fue cuando empecé a tomar conciencia de todo lo que significaban los desaparecidos, robos de bebés, genocidio... Aunque en el fondo es como que por entonces necesitaba por escrito un documento que dijera “Narciso Funes hizo esto, hizo esto, hizo lo otro”. Y esas cosas no están a simple vista.

-¿Dónde están esas respuestas que buscabas?

-Están ocultas en legajos fílmicos en el Ministerio de Defensa, sobre todo lo que tiene relación con el personal de Inteligencia. Y nunca pude tener acceso. Una vez llamé a un área de la Fuerza Aérea, y otra vez, al Ejército, y me dijeron que mi papá había sido oficinista. Son todos oficinistas... Pero me contacté con el abogado Pablo Llonto y me dio algunos datos de mi papá en cuanto a su actividad. Fue un proceso largo y doloroso descubrirlo a mi papá. Yo lo pude verbalizar ante mi psicóloga, ya de grande. Y me daba vergüenza que mi papá hubiese estado involucrado en esas cosas tan espantosas, en un genocidio. Entonces me inventaba que era hija de un gerente de banco jubilado... Sale ese tipo de cosa: ¡hija de un gerente jubilado del Banco Nación, que vivió muchos años en Buenos Aires! Pero bueno, tenía mucha vergüenza, mucha culpa. Yo me sentía responsable y culpable por lo que había hecho mi padre y un día entendí que no.

-¿Le dijiste a él que ya averiguaste todo; que no siga con la mentira?

 -Nunca se lo dije, porque eso creo que él ya lo tiene claro.

-¿Cómo es la relación hoy?

-Tiene 90 años, está enfermo, lo voy a visitar una vez por mes a Las Perdices. Podemos decir que es buena para lo tormentosa que fue. La llegada de mi hija, que ahora tiene 16 años, cambió mucho el vínculo, siempre para bien.

-Tal vez porque recordás cómo te cuidaba cada noche de aquellos perseguidores o porque te recibieron en una familia cuando otra no te quiso o no te pudo contener...

-Sí, está ese agradecimiento y mucho agradecimiento de otras cosas también.

-¿Tu mamá?

-Mi mamá adoptiva murió en el año 2007 de un ACV. Pero tengo agradecimiento para ella y mi papá a raíz de que lo puede sacar en terapia. Todas esas cosas.

-¿Cuáles?

-El haberme iniciado en el camino de la lectura, en el camino del cine, en el camino de la música, darme la posibilidad de estudiar en una universidad pública. Tengo algunos buenos recuerdos de mi papá, por ejemplo, que me leía cuentos cuando me veía con miedo...

-En el balance, ¿un padre presente o ausente?

-Presente emocional y económicamente.

¿Y esta necesidad de sacarlo todo afuera, Pilar?

-Me hace sentir un gran alivio. Pienso que hay muchos hijos como yo, adoptivos o biológicos, de militares, nietos y nietas cuyas familias han participado en todos los golpes... Creo que es una manera de concientizar también para la memoria, para el Nunca Más, para ni olvido, ni perdón, ni reconciliación; para que continúen los juicios, para conocernos, para contactarnos, para agruparnos, para ayudarnos en tiempos en que nos gobierna la desmemoria.

La secretaria general de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos en Villa María, Pilar Funes, habla con el mismo tono despojado de odio que se percibe en las palabras de Estela de Carlotto o en el discurso que enarbolaba Sonia Torres.  “Y sí, el éxito de su trabajo creo que radica en no haber metido una pizca de odio. Soy lo que promuevo. Sin odio, sin resentimiento, sin rencores, porque de la otra manera vivís mal y te enfermás. Y no tiene sentido buscar la verdad y la justicia a través del odio, porque roza la venganza y todo ese tipo de cosas que nos hacían los militares. Y nosotros no somos como los militares, somos personas distintas”, dijo finalmente a elDiario.

S.V.

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