Villa María no dejó pasar por alto el primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco y repasamos con el vicario del Obispado, Alberto Bustamante, lo que dejaron las actividades realizadas y el legado mismo del Sumo Pontífice argentino
“La realidad se ve mejor desde la periferia y no desde el centro”
Una misa, la presentación de un libro que aborda de manera diferente los consumos problemáticos... y la inspiración que transmite la figura de un pastor que olía como su rebaño: Jorge Bergoglio-¿Qué dejó esta evocación de Francisco a un año de su fallecimiento?
-La Santa Misa del martes ahí, en barrio de Las Playas, fue muy significativa porque tuvo que ver con hacer visible esta propuesta de acompañamiento, de acogida, de tratar de curar la herida de aquellos que de una manera muy intensa están afectados por el consumo, por las adicciones, como lo hace esta obra bellísima llamada Hogares de Cristo, inspirada precisamente en Bergoglio...
-¿Qué es lo que toma del Papa Francisco el libro “Nadie se salva solo...”, de los presbíteros Pablo Viola y Santiago Vargas?
-Hay un hecho fundante y así lo reconoce esta obra: fue una misa de Lavatorio de los Pies, un Jueves Santo en la Villa 21, en la ciudad de Buenos Aires. En lugar de hacer la misa de Jueves Santo en la Catedral, la hizo ahí, en la villa, con ese gesto tan bello de Jesús, de lavar los pies. Es decir, en el fondo, el Señor nos dice a cada uno: “Vos sos importante, yo te cuido, yo te quiero, yo te sirvo”. Y bueno, ahí se inspiraron y decidieron generar una comunidad ordenada, teniendo como principio ordenador el amor, el acompañar a las personas cuerpo a cuerpo. Entonces, la misa en Las Playas fue una culminación de una misión que hicieron por el barrio, por esa zona, como para hacer conocer esta propuesta y saber que existe este centro.
-Leí que en los Hogares de Cristo consideran que es un error creer que el único problema es el consumo...
-Claro, sí; el padre Viola utilizó una imagen que yo nunca la había escuchado y para mí fue muy gráfica. Él dice: “El adicto cuando llega es como cuando vas con el auto en un taller... Vos vas porque le sentís un ruidito. Y resulta que después viene el mecánico y te dice que hay que cambiar esto, hay que cambiar esto otro y esto otro. Y vos fuiste porque era un ruidito y cuando se entró a meter en el auto descubrió que el ruidito venía por múltiples factores. Y entonces, las personas que se llegan a nuestros lugares, vienen por un ruidito. Pero resulta que cuando vos empezás a meterte no es el ruidito solamente. Es la soledad, el abandono, el abuso cuando era niño, es la marginalidad, es la falta de contención, es la violencia, es la degradación, es la burla, es no tener trabajo...”. Y la enorme vocación de la gente de estos Hogares de acompañar en esas circunstancias, de hacerlo cuerpo a cuerpo, de reparar, de restaurar tantas vidas, sintetiza la figura de Francisco.
-El método que se emplea en estos Hogares se asemeja a esa concepción de Bergoglio...
-Claro, recordemos que cuando fue elegido Papa, sale al balcón y dice: “Los señores cardenales fueron a buscar un obispo de Roma al fin del mundo”. Y estaba claro que en la perspectiva de él, “el fin del mundo no era una categoría geográfica”, sino una categoría teológica, una categoría antropológica. Aludía a esto de las periferias, con lo que tanto insistía él como arzobispo de Buenos Aires. “La realidad se ve y se contempla mejor desde la periferia y no desde el centro”, algo que refrenda con un gesto, porque su primer viaje apostólico fue a la periferia, a Lampedusa, esa isla-cementerio, uno podría decir...
-La isla de los desahuciados, que en el mejor de los casos alcanzan sus costas...
-Claro, fue por los naufragios de migrantes en el Mediterráneo, fue un gesto de solidaridad con los refugiados, fue a orar por los fallecidos y una denuncia contra lo que llamó “la globalización de la indiferencia”. Y hubo ahí otra expresión de él que yo recuerdo que una vez la supo utilizar en Buenos Aires ante la realidad dolorosa de la marginación, de la trata de personas... y supo hablar en la Capital Federal de “esta ciudad opulenta y casquivana que no sabe llorar, que ha perdido las lágrimas por sus hijos sufrientes”. Y ahí, en Lampedusa él hace la pregunta: “¿Alguien llora por esta realidad?” y afirma que “el mundo ha perdido las lágrimas”. Y esto tiene que ver con una expresión de Santa Teresa de Ávila que se la escuché a él: “Hay cosas que solo ven los ojos que han llorado. Los ojos que no lloraron nunca por alguien son ciegos y hacen mucho daño”. Porque no los ven, los llevan por delante. Entonces, yo digo, si hay algo en el pontificado de él fue eso. Alguien que tuvo la sensibilidad de saber ver, de saber llorar y que, en el fondo, yo lo supe decir en una pequeña editorial cuando él falleció hace un año, Francisco fue un gran provocador con olor a Evangelio, con perfume de Evangelio... Por ahí pareciera que para hacerlo universal uno tuviera que quitarle su identidad. Y él fue lo que fue porque fue bautizado, porque fue cura, porque fue obispo, porque fue Papa, porque fue Iglesia, porque fue pueblo de Dios. Y desde ahí se paró, planteó, miró, iluminó.
-¿Es posible comprender su legado a tan solo un año de su partida?
-A mí me parece que el gran legado que él nos deja es precisamente volver a este Evangelio que nos hace descubrir que el horizonte de la vida está para ser ofrecida, para ser dada, para entregarla y que eso es lo que es nuestra identidad más profunda... Hay una expresión suya más, entre tantas: “El mundo se salva por los crucificados y al mundo lo destruyen los crucificadores”. Bueno, yo creo que Francisco fue eso de alguna manera; un gran crucificado que nos enseñó mucho testimonialmente.
-¿Pudo dialogar con la gente de los Hogares de Cristo, con algunas de las personas que acuden a buscar ayuda ante ese “ruidito” es sus vidas?
-Yo les dije cosas de él (el Papa Francisco) que me quedaron de nuestros encuentros, sobre todo cuando me tocó trabajar cerca de él en Buenos Aires. Como dichos, consejos o expresiones, ¿no? Tres o cuatro. Una que me repetía seguido: “Rajá del escritorio”, porque mi tarea era un poco más burocrática, ¿no? “Rajá del escritorio, porque en el escritorio con lo único que te vas a encontrar es con la agenda de los dirigentes sin gente que enferma y entristece. Visitá a la gente, visitá a los chicos, escuchá a los padres, visitá a los docentes, visitá a las diócesis, encontrate con la gente”.
-¿Otra?
-La otra que me decía: “No hay cura más peligroso que el que se enamora de una idea y nunca se enamora ni de Dios ni de su pueblo”. Me hablaba como cura, después uno lo puede extender a otros oficios o profesiones... “Son los típicos curas que, parados sobre la comunidad destruida por la idea, tienen la caradurez de celebrar que salvaron la idea”, me explicaba. “Nunca te enamores de una idea, enamórate de Dios, enamórate de la gente. Las ideas no salvan, no rescatan, no, solo Dios, solo la gente”, me repetía.
-¿Alguna más?
-Sí. “Ninguna reunión es más importante que una persona, Alberto. No dejes a nadie esperando cuando te buscan. No sos Dios. Claro que no lo podés atender en simultáneo con lo que estás haciendo, pero vos pedí que le tomen su contacto y cuando terminés tu reunión, lo primero que hacés es llamar a esa persona; si la conocés, si no la conocés, no importa. Y otra cosa: no permitas que tu secretaria, cuando quieren hablar con vos, pregunte ‘por qué tema’. Porque la persona necesita hablar con vos, no con la secretaria”. Y así puedo decir tantas... En todas aparece en él la persona humana, el otro, el frágil, el herido, el necesitado... Que si uno pierde la capacidad de detenerse en cada persona, atendiéndola como si fuera la única que existe, uno no puede conducir el conjunto. Esa fue una de las razones por las cuales yo no me quise quedar a vivir acá, en el Obispado, y preferí más bien encontrarme trabajo también en una comunidad como Tío Pujio, donde estoy y recibo tanto cariño de la gente. Porque voy al pueblo y a lo mejor he tenido alguna jornada complicada acá por algunas situaciones “de dirigentes”, diría Francisco o Bergoglio en ese momento, y me encuentro con Clide, a quien en un año se le murieron los dos hijos y el marido y quedó sola en la vida, y la otra que tiene su hijo con un cáncer en el cerebro, y un matrimonio humilde con dos jubilaciones mínimas que nunca se queja de nada y están enfermitos y con dignidad esperando que el PAMI le dé de acá a 10 meses el turno y vos los ves siempre con un rostro radiante y cariñoso... Y yo, entonces, de qué me voy a quejar... Y siempre me acuerdo de él, ¿no?, diciéndome: “Si no te querés enfermar, si no te querés entristecer, rajá del escritorio”.
S.V.
