Día de la Mujer Trabajadora - La mirada de Débora Landart en el 8M
“No hay salud mental sin conciencia social”
En el marco del Día Internacional de la Mujer, la licenciada en Psicología Débora Landart pone en palabras algo que durante años estuvo silenciado incluso dentro de su propia disciplina: el vínculo directo entre salud mental y géneroIngresó a la facultad en 1994. “En ese momento el feminismo no tenía la visibilización que tiene hoy y tampoco había una lectura que vinculara la salud mental con el género”, recuerda. La formación académica no incluía esa perspectiva y, según señala, durante mucho tiempo el sufrimiento fue pensado como un hecho individual, casi aislado de las estructuras sociales que lo producen.
Con los años, esa mirada comenzó a cambiar. “Muchos de nuestros sufrimientos están vinculados a nuestro género. En el caso de la mujer, al haber tanta desigualdad y tan pocos privilegios, ese sufrimiento está ampliado”. Pero también interpela al varón: “Hay poco contacto con su mundo emocional y todavía no hay suficiente reflexión sobre los mandatos que lo atraviesan, como la virilidad, el deber de resolver, el lugar de poder sobre las mujeres o la sexualidad”.
En ese punto, Landart no esquiva temas incómodos. Menciona la naturalización del consumo de pornografía y la falta de debate en torno a su relación con los abusos. “Se sigue pensando que quienes abusan son personas patológicas, pero en el consultorio vemos que muchas mujeres fueron abusadas por personas adaptadas socialmente: padres, abuelos, hermanos, tíos, figuras con poder”. La violencia, entonces, no aparece como excepción, sino como síntoma de una cultura que aún reproduce desigualdades profundas.
Para la psicóloga, el avance del feminismo permitió algo clave: poner en cuestión las reglas y normas que estructuran ese sufrimiento. “Ha sido liberador, en lo personal y también para poder ayudar a otras mujeres, e incluso a otros varones”.
Paradójicamente, la Psicología es una carrera mayoritariamente feminizada. Sin embargo, los espacios de mayor jerarquía –jefaturas de cátedra, publicaciones científicas, divulgación académica– continúan en manos masculinas. “Es el efecto Matilda: la invisibilización de la mujer en la ciencia”, explica. Y aporta un ejemplo concreto: un diplomado internacional con 12 docentes, de los cuales 10 son varones, en un campo donde la mayoría de profesionales son mujeres. “Sigue siendo absurdo en términos estadísticos, pero responde al machismo que nos atraviesa”.
Hace seis años integra un espacio feminista llamado “El machismo que nos tocó”, donde terapeutas se reúnen mensualmente de manera horizontal y gratuita para reflexionar sobre género. El nombre juega con el doble sentido entre herencia y abuso. Allí comparten experiencias clínicas, lecturas y preguntas que –según destaca– aún no encuentran eco en muchos colegas varones. “No hay procesos colectivos donde ellos se pregunten qué les pasa en relación a su género. Y es llamativo, sobre todo en quienes trabajamos ayudando a mejorar la salud mental”.
En su recorrido personal reconoce que, por ser mujer y además del interior, cada espacio ganado implicó mayor esfuerzo. Incluso en ámbitos de dirigencia profesional observa que las tareas operativas suelen recaer en mujeres, mientras los varones ocupan lugares de decisión o de “grandes ideas”. “Hoy lo estamos diciendo, aunque implique incomodar. Algunas dicen que tenemos el rótulo de aguafiestas. Tal vez lo he sido, pero desde una conciencia colectiva”.
Desde su enfoque clínico –la Terapia de Aceptación y Compromiso, de base conductual y contextual– resulta imposible pensar a la persona fuera de su entorno. “No hay salud mental sin conciencia social”, afirma con contundencia. Y agrega que la desigualdad estructural que atraviesa el país también es desigualdad de género. En ese sentido, advierte un retroceso en políticas de protección y una fragilización de conquistas que parecían consolidadas.
Las violencias, señala, siguen presentes: intrafamiliares, de pareja y laborales. Muchas veces son sutiles, difíciles de denunciar, pero no por eso menos dañinas. “Hoy estamos más despiertas para reconocer la violencia de poder en el trabajo, algo que antes ni siquiera veíamos”.
Su mensaje no es individualista. No habla de éxito personal ni de meritocracia. Habla de red. “Que construyan su camino de forma colectiva. Recuperar los valores de lo solidario y lo comunitario”. En su grupo se sostienen, se acompañan, se apoyan. Y esa lógica, dice, es vital para salir de situaciones de violencia. “Es muy difícil hacerlo sola. Busquen apoyo. Las mujeres, históricamente, nos hemos juntado: antes, cocinando, tejiendo, bordando; hoy, de otras formas. Pero juntarnos es lo que nos salva”.
En tiempos donde el debate público parece endurecerse, la voz de Débora Landart vuelve a un punto esencial: la salud mental no puede pensarse sin justicia social, y la justicia social no puede pensarse sin igualdad de género.
