Las calles - Quinquela Martín

El creador de La Boca

El nombre de la calle fue impuesto por Ordenanza Nº 3.685, con fecha 15 de marzo de 1996, bajo la Intendencia de Miguel Ángel Veglia
domingo, 8 de marzo de 2026 · 09:00

Benito Juan Martín, posteriormente Benito Quinquela Martín, no se sabe exactamente cuándo nació, ya que había sido abandonado el 21 de marzo de 1890 en la Casa Cuna de Niños Expósitos, en la ciudad de Buenos Aires. Fue allí cuando se fijó su fecha de nacimiento por aproximación: el 1 de marzo, fecha de su cumpleaños hasta el final de su existencia.

La arteria, de seis cuadras irregulares e interrumpidas, nace en Juan Bautista Alberdi y termina en Juan Espíndola, en barrio Parque Norte

A los ocho años llegó a su vida el matrimonio Chinchella. Su padre adoptivo, Manuel, era genovés y criado en Olavarría. Su madre adoptiva, Justina Molina, entrerriana de Gualeguaychú y de ascendencia aborigen. Tenían una carbonería muy modesta y Benito, de adolescente, colaboraba también con su padre en el puerto; allí conoció La Boca, uno de los barrios que lo marcaría de por vida.

La Boca significó un especial deslumbramiento para Benito; el barrio era una auténtica Babel: había italianos, japoneses, chinos, uruguayos, yugoslavos, griegos, turcos...

Ese incesante trajín del trabajo del puerto, un paisaje que no se parecía a ningún otro de la Ciudad de Buenos Aires -la arquitectura, los negocios y bodegones, las distintas lenguas que se escuchaban en los conventillos y tantas otras cosas- originó un eterno romance entre La Boca y Quinquela.

Caminito, ícono del lugar: “La Boca es un invento mío”, decía el pintor que le dio forma plástica a uno de los barrios porteños más famosos y visitados por el turismo nacional e internacional

 Fue ese el tiempo donde Benito comenzó a garabatear y esbozar algunos dibujos.

El primer pincel que tomó en su vida fue a los 14 años, en 1904. Su vocación se afirmó con el ingreso a la academia Pezzini-Stiatessi, una de las tantas instituciones proletarias del barrio. Allí se enseñaban diversas disciplinas, entre ellas, dibujo y pintura. El pintor Alfredo Lázari fue el gran maestro de su vida, con quien desarrolló definitivamente su vocación.

De allí en más, el pintor dio rienda suelta a su intuición artística y plasmó prácticamente todo su arte en La Boca

El Museo de Bellas Artes de La Boca de Artistas Argentinos "Benito Quinquela Martín", ubicado en La Boca, es una de las instituciones que el artista donó al barrio con la intención de crear un polo de desarrollo cultural, educativo y sanitario. Su director, Víctor Fernández, afirmaba: “Las pinturas de Quinquela no son paisajes, sino escenarios del trabajo, del esfuerzo, de la transformación de la obra humana. El Riachuelo es el desencadenante de esa gran obra que deriva en ciudades pujantes, en sueños de progreso. Sus pinturas reflejan una percepción total del barrio.

Su obra se divide en grandes series: ‘Días luminosos’, ‘Días grises’, ‘Fuego’ y ‘Cementerios de Barcos’. En todas van a aparecer el paisaje boquense de alguna manera y, cuando se aleja demasiado de la realidad, pone en el horizonte un elemento “real” para volver a situar al espectador en el barrio: la cúpula de la iglesia San Juan Evangelista, algún detalle del puente Transbordador, el viejo puente Pueyrredón, de Barracas, por ejemplo”.

Sobre su técnica, Fernández explicó: “No solamente el uso del color lo alejaba de muchos preceptos académicos, provocando un rechazo por las elites de la crítica culta porteña, sino que su representación va a estar cimentada en el uso de gruesas capas de materia que tomaba lo que era el volumen del objeto representado. El óleo aplicado con espátula va enfatizando esas direcciones y esos volúmenes. Él mismo describía su trabajo diciendo que 'para una obra muy grande podía llegar a tardar una jornada de trabajo, después de haberla macerado en su alma durante varios meses”.

Un día contrajo una gripe que derivó en una hemiplejía, tuvo que luchar para recuperar la motricidad y lo logró, pero sus fuerzas no eran las de antes y no se animó a seguir viviendo solo.

Soltero y sin herederos, decidió casarse por primera vez a los 84 años de edad con su secretaria de toda la vida, Alejandrina Marta Cerruti.

La boda se llevó a cabo el 15 de marzo de 1974, siendo testigo el director del Museo de Bellas Artes de Artistas Argentinos "Benito Quinquela Martín", Guillermo de la Canal. Su esposa, como única heredera, recibió todos sus bienes.

A los 86 años murió, el 28 de enero de 1977. Sus restos fueron enterrados en un ataúd que él mismo había pintado. Benito mismo decía que "quien vivió rodeado de color no puede ser enterrado en una caja lisa". Sobre la madera había pintado una escena del puerto de La Boca.

 “Fábrica en actividad” (aguafuerte), una de las obras donadas por el artista, quien en la parte inferior derecha estampó su dedicatoria a la escuela local

Quinquela en nuestra ciudad

ElDiario en las calles tuvo la posibilidad de contactar a una de las exdirectoras de la Escuela Dr. José Bianco, Ana María Gamacchio, quien nos relató lo siguiente: “A mediados de la década del 60, la artista plástica y docente de la institución, Rina Actis, organizó un concurso de pintura y decidió contactar a diversos artistas plásticos con renombre nacional con el objetivo de solicitarle, a manera de donación, una o varias obras plásticas. El propio Quinquela accedió gustosamente al pedido y donó dos obras, una de ellas, la que mostramos acá”.

Su actual director, Jorge Banegas, resaltó la frondosa e importante pinacoteca que posee el colegio y es la intención que, a futuro, se ponga en valor para que el público en general, junto a instituciones locales, puedan visitarla.

A la vez, la artista plástica y docente del lugar, Andrea Bosnero, también coincidió en jerarquizar tanto la pinacoteca del lugar como el movimiento plástico local para dar a conocer sus obras. 

Charles Chaplin es uno de los condecorados famosos. En 1966, Geraldine, su hija (foto), recibió de manos del artista tal distición

La  Orden del Tornillo

Con un uniforme militar algo desaliñado y un largo tornillo con lazo colgando del cinturón, el gran maestre de la Orden del Tornillo (una especie de logia) recibía a sus invitados durante las divertidas tertulias que organizaba en su atelier, en pleno barrio de La Boca.  Allí, entre arte, ética y locura se desplegaban mesas que se cubrían con manteles de papel y vasos de plástico. El menú era siempre el mismo: tallarines de colores con vino tinto servido en jarras pingüino. Así, entre cantos y risas, más de 300 “locos luminosos” fueron condecorados en estas tertulias desde su fundación, en 1948. Durante la ceremonia, el galardonado debía girar y, cuando se detenía, el anfitrión, dándole un leve golpe sobre el hombro con un bastón, le decía: “Ya estás atornillado, pero no te lo ajustes mucho porque no es bueno, siempre es mejor tenerlo un poco flojo para crear”. ¿El criterio para la selección de los homenajeados? Debían ser cultores de la verdad, el bien y la belleza, además de haber creado obras en beneficio del bien común.