Mientras el Gobierno nacional y otros negacionistas aún ponen en duda la cifra de desaparecidos, aquí, un bosquejo del porqué de ese número

Fueron 30.000 (e incluso más)

Entre registros parciales, estimaciones y debates que no deberían existir ante el tamaño del horror que cometió la dictadura, algunos sinvergüenzas ponen en duda la cifra. Sin embargo, sobran los argumentos para desmentir y rebatirlos
martes, 31 de marzo de 2026 · 08:30

Escribe: Juan Manuel Orbea DE NUESTRA REDACCIÓN

 

Hay temas que en Argentina no solo no se deberían discutir, sino tampoco poner en tela de juicio. Sin embargo, a 50 años del golpe de Estado de 1976, y en el último día del Mes de Memoria, Verdad y Justicia, parece que hay que volver a recordar ciertas cosas, como que en este país sigue reapareciendo una discusión que parece simplemente numérica, pero en realidad tiene una profundidad e importancia política que sigue doliendo de una manera siniestra: ¿cuántos fueron los desaparecidos? ¿De verdad hay que repetirlo de nuevo? Bueno, acá, otra dosis de memoria.

En los últimos años, sectores políticos y mediáticos -como el periodista Eduardo Feinmann y otros más- insisten en contraponer dos cifras: los casi 9.000 casos documentados por la Conadep y los 30.000 sostenidos por los organismos de derechos humanos. Pero ese planteo es muy engañoso: no son números que se contradicen, sino formas distintas de mirar un mismo horror. Un horror jamás visto antes en este país.

 

Un registro parcial

Cuando el presidente Raúl Alfonsín creó la Conadep, en 1983, el país recién salía del terror. La comisión trabajó apenas nueve meses y logró documentar 8.961 desapariciones en el informe Nunca Más.

Sin embargo, ese número nunca pretendió ser definitivo. Era, y sigue siendo, un piso, que sin duda hubiera crecido de haber seguido trabajando. Además de que la dictadura, autodenominada como “Proceso de Reorganización Nacional”, había montado un sistema clandestino para borrar todo rastro: secuestros, torturas, asesinatos y cuerpos que nunca aparecieron. A eso se sumó el miedo que siguió, incluso, en democracia: familias que no denunciaron por miedo, otras que fueron destruidas y muchas víctimas que no tenían quién denunciara su desaparición. Y por eso existe un subregistro.

Organismos como Madres de Plaza de Mayo, Abuelas de Plaza de Mayo, organizaciones sociales, intelectuales, artistas, periodistas y hasta científicos sostienen los 30.000 como una estimación del total real. Incluso se ha usado a la estadística para confirmar el número donde se utilizan las denuncias hechas, y cuántas personas se secuestraban y desaparecían por semana; todo, en el marco del trabajo de la Conadep.

De hecho, hace unos días, el canal C5N realizó un análisis en ese sentido, donde se plantea que, si se toman los cientos de centros clandestinos de detención que funcionaron en el país -más de 500, según distintos relevamientos-, basta con estimar una cantidad relativamente baja de personas por cada uno para alcanzar cifras cercanas a los 30.000.

“Con que unas 60 personas hubieran pasado por cada centro, ya se llega a ese número”, señaló el informe. De esta forma, la proyección no busca fijar una cifra exacta, sino mostrar que, aun con cálculos conservadores, la magnitud del sistema represivo hace perfectamente plausible -e incluso probable- que el número real de víctimas haya sido hasta superior.

De hecho, voces inesperadas dieron cuenta de la magnitud del horror. Como el escritor Jorge Luis Borges, que contó que el represor Ramón Camps le habló de una cifra cercana a los 30.000. Y lo central sobre esto es que, aun si fueran menos, el método ya era intolerable. Y en la misma línea, aunque jamás y ni por asomo apoyó la dictadura como sí lo hizo el autor del “El Aleph”, el autor contemporáneo Martín Kohan, en una entrevista, plantea que los 9.000 son los casos que se pudieron registrar en poco tiempo, pero no el total. Los 30.000, afirmó, “intentan nombrar todo lo que quedó oculto”.

Un ícono local: el monumento Memoria sin Tiempo, en la costanera 

Números en Villa María

Lejos de ser abstracto, esto también se entiende en Villa María. Acá se registraron 19 villamarienses desaparecidos, aunque solo tres secuestrados en la ciudad. Una cifra que en una urbe más chica permite dimensionar el impacto.

Pero incluso así hay que mirar con cuidado: también hubo miedo, silencio y casos que tardaron años en conocerse. Hubo víctimas sin familia que reclamara y otras cuyos allegados no denunciaron al principio.

La represión en la ciudad incluyó persecuciones, detenciones ilegales y desapariciones de militantes, trabajadores, docentes y estudiantes. Muchas historias se reconstruyeron recién en democracia.

Y hay algo terrible en esta locura: el desaparecido no es solo un muerto, sino que es alguien cuyo destino fue ocultado y cuya suerte quedó en el aire. Muchos fueron asesinados, pero sin cuerpo, sin reconocimiento, sin duelo. Por lo que es un crimen que sigue siendo.

 

La duda malintencionada

En países como Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet, también hubo subregistros. Pero no se instaló con la misma insistencia una discusión para bajar cifras. En Argentina, sí. Y no es casual.

Incluso, la cifra de 8.961 ya es brutal. Y cuando se mira cómo funcionó el sistema represivo, la dimensión es todavía más siniestra: secuestros, torturas, asesinatos, apropiación de bebés -cientos de casos, muchos aún sin recuperar su identidad- o los “vuelos de la muerte”, donde personas eran arrojadas vivas al mar.

En ese contexto, el negacionismo aparece en el discurso oficial nuevamente. El presidente Javier Milei ha puesto en duda la cifra de 30.000 -señalando que “no fueron 30.000, sino alrededor de 9.000”- y ha retomado la llamada -y falaz- “teoría de los dos demonios”. Incluso, desde la comunicación oficial se difundieron materiales en esa línea, con interpretaciones que tienden a equiparar la violencia estatal con la de las organizaciones armadas, distorsionando el carácter conceptual del terrorismo de Estado.

Frente a esto, usar un número incompleto -reconocido como tal y construido en solo nueve meses- para discutir si “no fueron tantos” no parece una búsqueda de verdad, sino un intento de minimizar y mentir. La discusión entre 9.000 y 30.000, en definitiva, es falsa y muy malintencionada. Un número es lo que se pudo probar en un momento. El otro, lo que se intenta reconstruir frente a un plan hecho para desaparecer personas y borrar las huellas.

Y en lugares como Villa María, donde esos números tienen nombre, cara e historia, la discusión deja de ser teórica. Pasa a ser un asunto de la memoria comunitaria. Un tema tan presente que jamás se olvida.

Así que, a no equivocarse: fueron y serán 30.000. Y se los buscará hasta encontrarlos. Por eso, hoy y siempre: ¡NUNCA MÁS!