Algo más que un decorado romántico
Predominio femenino en el crecimiento de los emprendedores
Lo que parece un “boom” esconde en realidad a cientos de vecinos y vecinas que buscan sumar un ingreso más. Cifras, datos, perspectivas y un discurso moderno que esconde el desamparo“Con el paso de los meses va a haber más emprendedores y más Uber”, lanzó un economista hace días atrás. El presagio resonó, afectó y también llevó a una reflexión inexorable.
Hay muchas y muchos vecinos que durante los últimos tiempos han decidido comprar prendas para revender por las redes sociales; dedicarse a cocinar, envolverlo y venderlo o stockearse con bijouterie (anillos, cadenitas, pulseras, tobilleras y mucho más) para luego revenderlo todo en cuanta festividad exista.
Están ahí, sonrientes, con amabilidad y con una mirada que transmite paz. Pero la situación poco tiene que ver con lo que se busca generar. La imagen de un espacio verde, con música soft y alegría esconde por detrás horas de trabajo, cansancio, preguntas y el deseo de poder ganarle a la crisis que va en crecimiento.
La pregunta es simple, pero no por eso menos dolorosa: ¿preferiría un vecino trabajar en una empresa, en blanco, con obra social, sabiendo cuántas son sus horas de descanso; o preferiría pasar cada fin de semana, durante horas, tomando termos y termos de mate, esperando que alguien quiera comprar su producto?
La crisis económica, que anuncia un salto inflacionario para el segundo semestre, ha generado que sean cada vez más aquellos que deciden cargar en bolsas de tela (o en cajones) una serie de productos, lanzarlos sobre un tablón y, mate en mano, esperar que los visitantes pasen, miren y compren.
Son horas de trabajo a destajo y desesperación por poder llevar una moneda más a los hogares.
Hay quienes trabajan y, luego de salir del principal sustento, toman su celular para seguir vendiendo otros productos; pero también hay quienes se han quedado sin trabajo y encaran esa sola actividad como la principal: vender tejidos, alfajores de maicena, tortas materas o productos de limpieza.
“Los primeros días anduve mal, pero luego mejoró. Igual, son muchas horas. A veces viene mi marido o mi mamá para acompañarme a pasar las horas. Solemos empezar tempranito y hasta la medianoche no nos vamos [...]. Cuando vemos que aflojó la cantidad de gente, ahí empezamos a juntar”, destacó una joven, resumiendo cómo es el día a día.
Nuevo lenguaje
Palabras como “reinventarse”, “aggionarse”, “empoderarse” “creatividad” y “desafíos” han pasado a ser sinónimos de crecer económicamente.
“Manejar tus horarios”, “ser tu propio jefe” y demás son mantras que han prendido, no sin un buen efecto, a nivel socioeconómico y que le hacen imaginar a cada persona que el hecho de que la vaya bien o le vaya mal no tiene que ver con una política económica o estatal, sino más bien con que lo que hace u ofrece no es lo suficientemente bueno, interesante, lindo o está caro.
“Todo es caro para un seco”, dice un viejo chiste cordobés.
“Con Uber yo trabajo cuando quiero, las horas que quiero y salgo cuando siento que es suficiente”, le dijo alguna vez a este cronista un conductor de aplicación de viajes compartidos. Un conductor que no tiene obra social, que obedece a un patrón virtual y al que si le va mal, depende de él. También depende de él el mantenimiento del auto o pagarse los medicamentos si se resfría.
Yo solo
A la par de todo esto aparecen denominaciones como “autoempleo”. Una denominación que no es nueva.
En países marcados por la crisis, cuando en el horizonte no se ve una buena salida para poder trabajar como empleado, las personas intentan ingresar al mercado laboral de la manera que sea. A esto hay que sumarle el hecho de muchas personas mayores de 40 años que, despedidos, lejos están de jubilarse y, a la vez, complicada está la situación para que otra empresa lo contrate directamente. La juventud no es una virtud, sino que es una circunstancia o un contexto, pero es difícil hacerle entender esta cuestión a un sector empresario.
La perspectiva de que la salida del “autoempleo” sea viable no impactó jamás de manera directa en el crecimiento del PBI. Es decir, el país o el sistema no se mueve más y mejor con más emprendedores; todo lo contrario: el crecimiento de personas con dichos trabajos son una muestra de que el dinero no alcanza y hay que restarle horas al descanso, para seguir trabajando.
Un tema etario
Profundizando aún más el sistema, para saber quienes son y cuantos son, según destacaron investigaciones a nivel latinoamericano, la edad promedio de los artesanos es de 40 a 49 años (con un aproximado del 20%), mientras que el 19,9% promedia los 50 a 59 años. Finalmente, el rango de 30 a 39 años está rondando un 19%.
No existe un registro claro en cuanto a las exportaciones –si es que algunos logran un crecimiento exponencial–, ni de los canales paralelos de venta de manera completa, pero los municipios y la provincia han comprendido una demanda existente y han generado espacios para que los mismos puedan exponer y vender.
Así, los paseos de emprendedores son una invitación para recorrer y visitar. Pero cuando aquel que llega vive el mismo contexto que el que vende, se hace difícil la venta.
Cuestión de sexos
En cuanto a los sexos, no es novedad quiénes están allí, todo el tiempo, empujando.
El predominio es femenino y los lugares de venta, mayormente, se dan en eventos públicos o redes sociales.
Acá
En Villa María, lo importante, es el apoyo existente y la articulación constante para mejorar la viabilidad de las ventas. Semanas atrás, la ciudad fue distinguida por su “ecosistema emprendedor”.
Así, San Pablo (Brasil), Córdoba (Argentina), Monterrey, Querétaro (México), Cali (Colombia) y nuestra ciudad son algunas de las ciudades donde se ha visto que los emprendedores pueden escalar más con sus productos y hacerlos más vistos. Ahora, que esto se convierta más tarde en una empresa, es otra historia.
