Economía popular - El relato del Gobierno nacional se cae a pedazos ante la innegable realidad que padece entre el 70 y 80% de la gente
La guerra de llegar a fin de mes
En este país (y Villa María no escapa a esta realidad) 8 de cada 10 trabajadores admiten que tuvieron que saltearse una comida para sobrevivirEscribe: Juan Manuel Orbea DE NUESTRA REDACCIÓN
Mientras el mundo habla de guerras y conflictos internacionales absurdos e injustos, en la Argentina se libra otra guerra más silenciosa, y quizás más injusta y absurda. No tiene bombas ni misiles, pero sí cientos de miles de víctimas. Se la pelea todos los días a la hora de comer, en el resumen de la tarjeta, en la factura de la luz y en todo lo que uno se priva, que suelen ser cosas básicas. No se trata de un viajecito a Punta del Este o cambiar el auto este año. Y esa guerra se llama: “Llegar a fin de mes”.
Los números ya dibujan un panorama muy difícil de discutir, porque el salario de muchos trabajadores se mueven entre $600.000 y $1.000.000 mensuales -el 70% tiene estos haberes-, mientras que el costo mínimo para vivir con lo básico -alquiler, comida, servicios y transporte- supera ampliamente el millón y medio de pesos.
En ciudades del interior, como Villa María, durante años se ha tenido una idea que busca justificar que acá no se sufre como en el Gran Buenos Aires o en el norte del país, una idea a conveniencia preconcebida: que la economía local es como una especie de burbuja gracias a la industria -como la láctea-, el campo y el comercial regional. Pero basta hacer las cuentas para ver que esa burbuja no existe.
Un departamento chico, de dos ambientes, en la ciudad puede costar entre $350.000 y $450.000; y con expensas y gastos, el número puede acercarse a los $420.000 o $500.000 mensuales. Es decir, gran parte del sueldo se va solamente en tener un techo. Este gasto es la mitad o más de lo que se gana.
Cuentas y más cuentas
Después están los servicios: luz, gas, agua, Internet y celular, cosas básicas indispensables. Ese paquete básico puede representar entre $120.000 y $180.000 por mes, dependiendo del consumo y de los aumentos tarifarios, que siguen acumulándose. Y si tenés auto o moto, la mayoría ya está sintiendo el impacto de los precios de la nafta y el gas, que será peor en los próximos días a causa de la delirante guerra que se está librando en Medio Oriente. Y ahí, otras cosas más, como la comida, lo más vital, seguirán su viaje de ida, pero sin vuelta, hacia el encarecimiento.
Es ahí, lo que se gasta en el súper o en el almacén de la esquina, donde la crisis es más visible. Una familia pequeña puede gastar entre $400.000 y $600.000 mensuales solo en alimento, como carne, verduras, leche, pan... Nada de lujos.
Justo es la carne -símbolo de la identidad de la mesa argentina- donde se ven los indicadores más claros de lo que ocurre: un delirio económico autoinfligido.
El alimento insigne
En el último año, el precio de la carne vacuna aumentó entre el 65% y el 75%, más del doble de la inflación. Solo en lo que va de 2026 acumuló subas cercanas al 30%, con cortes como el asado acercándose a los $25.000 por kilo en algunas carnicerías.
El resultado es algo que provoca lo impensable en un país que se define a sí mismo por el asado: cada vez se come menos carne vacuna y son miles quienes dejan de consumir la vital proteína. El consumo per cápita cayó a 47,9 kilos por persona al año, uno de los niveles más bajos en décadas. Para entender el cambio cultural hay que leer la historia: a comienzos del siglo XX, los argentinos llegaban a consumir cerca de 90 kilos de carne vacuna por habitante al año.
Sí, la mesa nacional cambió radicalmente. Hoy se reemplaza la vaca por pollo o cerdo, y no por una decisión gastronómica, sino por una cuestión de bolsillo. Y tampoco es que sean baratos.
Para vivir, y hasta ahí
Si se suman todos los gastos básicos -alquiler, servicios, comida, transporte y otros consumos inevitables-, vivir de manera austera puede requerir entre 1,5 y 1,8 millones de pesos por mes. Pero la mayoría de los salarios están muy lejos de ese número.
Por eso, cada vez más hogares recurren a estrategias más insólitas de supervivencia para reducir consumos, comprar segundas marcas o financiar el supermercado -¡la comida comprada a crédito!- con la tarjeta o, directamente, comer menos..., o no comer.?En la guerra de llegar a fin de mes; para muchos, llegar la mitad es un triunfo.
Crisis y escándalos
Mientras tanto, los precios son empujados por una inflación que continúa impactando, y más en alimentos y servicios. Incluso, los últimos informes muestran que los aumentos en alimentos, donde la carne tiene un peso central, siguen presionando el costo de vida. Solo en febrero, la suba en los alimentos fue por encima del 6%,y, una vez más, el Gobierno dibuja la inflación con un INDEC intervenido, empatándola con el 2,9% del mes anterior. El terror de que marque 3% y se la relacione con el nombre “Karina” es total.
En ese contexto económico, el escenario político tampoco ayuda a bajar la tensión social. En medio de la tragedia cotidiana se acumulan polémicas que golpean al propio Gobierno nacional: desde cuestionamientos por viajes y gastos del vocero presidencial, Manuel Adorni, hasta denuncias vinculadas al llamado criptoescándalo $LIBRA. Las últimas novedades de esta semana, simple y llanamente, comprueban la participación directa, activa y consciente de una de las estafas más grande de la historia en el mundo (se habla de 300 millones de dólares en juego) por parte del presidente y su hermana (la Jefa, ¿de la banda?), la trama ANDIS, Spagnuolo, los Menem, la Suizo Argentina, Calvete y el 3% de Karina.
Mientras todo eso ocupa la agenda política, la vida sigue mostrando otra realidad mucho más cruel. La del alquiler que vence. La del kilo de carne que ya no se puede comprar. La del sueldo que no alcanza. La del medicamento inalcanzable. La de la gente -aun en Villa María - comiendo de la basura. La de cada vez más gente en la calle. Y lo de un futuro incierto, con tres empresas que cierran por día y en donde cada 2 minutos despiden a un trabajador.
Aprieta y ahoga
Todo en un país que, según la Universidad Católica Argentina (UCA), 8 de cada 10 trabajadores cambiaron sus hábitos alimenticios; donde el 48% reconoce tener una dieta no saludable, el 83% sufre alguna vulnerabilidad alimentaria, el 61% saltea comidas y más de 50% come en soledad, porque la mesa amplia, festiva y abundante, de una familia es cada vez más una quimera.
En Villa María, como en tantas ciudades del interior, muchas veces se repite la frase de que, “acá, la crisis se siente menos”. Pero basta con hablar con trabajadores, comerciantes -los del centro de la Villa explotaron y se manifestaron el jueves pasado- o profesionales para escuchar la misma respuesta: todo cuesta cada vez más y el ingreso rinde cada vez menos. Las ciudades medianas tienen ese perfil de que la crisis se vive en silencio y puertas adentro de cada casa. No siempre estalla en grandes protestas o titulares nacionales, pero…
Pero está ahí, en todas partes, y cada vez nos rodea más, tanto que aprieta y ahoga. Por eso, la metáfora de la guerra no es exagerada. Porque, para millones de argentinos -y para miles de vecinas y vecinos de Villa María-, la economía cotidiana se parece cada vez más a una cruenta batalla. No contra bombas ni ejércitos. No contra hombres naranjas acusados de pedofilia y genocidas de corbata y carita lavada, sino contra algo mucho más cercano: una crisis económica cruel y gratuita, donde para llegar a fin de mes se libra, sí, una guerra.
