Economía en tensión - Para muchos, trabajar ya no alcanza

Cuando una familia entera debe salir a “rebuscarla”

En Villa María se multiplican las plataformas digitales como salida urgente frente a salarios que no alcanzan. Historias cotidianas que reflejan precarización, esfuerzo compartido y el temor a una reforma laboral que podría profundizar la pérdida de derechos
martes, 17 de febrero de 2026 · 07:30

Escribe: Beto Arce

 

Hay escenas que dicen más que cualquier estadística. No necesitan números, ni porcentajes, ni gráficos. Basta con mirarlas.

En Villa María y Villa Nueva, como en tantas ciudades del país, las calles están cada vez más pobladas de mochilas térmicas de Rappi y Pedidos Ya, y autos que trabajan con aplicaciones como Uber o DiDi. Lo que a simple vista parece dinamismo y modernidad, muchas veces es otra cosa: necesidad.

Hace unos días pedí un viaje por aplicación. El auto llegó y me llamó la atención que en el asiento del acompañante viajaba una mujer. El conductor me pidió que me sentara atrás. No pude evitar la pregunta. Me presenté como periodista y consulté, con respeto, por qué trabajaban los dos juntos.

La respuesta fue tan simple como contundente.

Ella es enfermera. Él, comerciante. Cumplen jornadas completas. Y no alcanza. Entonces, después de sus trabajos formales, se suben al auto y manejan juntos. No solo para sumar un ingreso extra: también para encontrarse. Para hablar. Para ponerse al día. Para sostener la vida familiar que el ritmo laboral les va comiendo.

Tienen un hijo estudiando en Córdoba y otro terminando el secundario. “Es el único momento que tenemos para charlar tranquilos”, dijeron. Mientras el auto avanzaba, entendí que ese viaje no era solo un traslado: era la postal de una clase laburante que se desliza, sin red, hacia la precariedad.

Días después, otra escena que ya vi varias veces, pero en esta me detuve a preguntar en un semáforo. Una moto circulando con dos adultos y una bebé de poco más de un año. El conductor, al frente; detrás, una joven con la mochila de Rappi; y en el medio, la pequeña. No hacía falta preguntar demasiado. Se acompañaban a trabajar. La familia completa, en movimiento para sumar unos pesos. Y eso fue lo que me dijo el muchacho conductor.

Y como si hiciera falta otra postal, apareció una más.

Un padre pedaleando su bicicleta con la mochila de PedidosYa a la espalda. En el caño, montado con naturalidad, su hijo de no más de tres años. El niño iba aferrado a su papá, acompañándolo en esa travesía diaria de ir a “buscar el mango”. No era una escena de paseo. Era trabajo, y una situación que duele profundamente.

Cuando la familia entera sale a buscar un ingreso por aplicaciones, no estamos ante una elección vocacional. Estamos ante una urgencia.

Las plataformas digitales ofrecen flexibilidad, sí. Pero en la mayoría de los casos, el vínculo laboral es difuso. El trabajador es “socio”, “colaborador”, “independiente”. En los papeles digitales puede haber inscripción, alta, monotributo, pero en la práctica faltan garantías básicas: cobertura adecuada ante accidentes, estabilidad, vacaciones pagas, aportes previsionales consistentes, negociación colectiva real y, sobre todo, una paga digna...

La discusión sobre una nueva reforma laboral que podría convertirse en ley suma inquietud y temor. Muchos especialistas advierten que podría avanzar en esquemas de mayor flexibilización y reducción de costos laborales. En un contexto donde el trabajo registrado ya no garantiza bienestar, la posibilidad de una pérdida adicional de derechos genera alarma.

Lo que duele no es solo el pluriempleo. Duele la naturalización. Duele que manejar doce horas, repartir bajo el sol o la lluvia, o trasladar pasajeros de madrugada sea apenas un complemento para llegar a fin de mes después de una jornada formal.

Villa María y Villa Nueva no son ajenas a esta transformación. Las aplicaciones crecen al mismo ritmo que la angustia silenciosa de quienes sienten que trabajan cada vez más y ganan cada vez menos. La economía de plataformas aparece como salvavidas, pero muchas veces funciona como una balsa frágil en medio de una tormenta.

No se trata de demonizar la tecnología ni de negar nuevas formas de empleo. Se trata de preguntarnos qué modelo de trabajo estamos construyendo. Si la flexibilidad no es, en realidad, una forma elegante de decir desprotección. Si el “sé tu propio jefe” no termina siendo “hacete cargo solo”.

Cuando un matrimonio convierte el Uber en su único momento de encuentro; cuando una bebé viaja en una moto mientras sus padres reparten pedidos; cuando el esfuerzo es colectivo y el ingreso miserable, el problema deja de ser individual.

Son tiempos duros. Y lo más preocupante es que pueden volverse más duros aún si la discusión pública no pone en el centro algo elemental: el trabajo no es solo una variable económica. Es dignidad. Es proyecto de vida. Es futuro.

Y ese futuro, hoy, se siente demasiado incierto y cruel.

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