DÍA DE LA MADRE - Se crió entre comedores y hoy alimenta a los niños de su barrio
“Ma... Digo, seño”
Hay abrazos que dicen más que cualquier palabra. Chicos que corren por el barrio cuando ven llegar a una mujer, que la llaman “seño”, que se acercan para besarla y que encuentran en ella a alguien dispuesto a escucharlos. Para Débora Cufré, esas muestras de cariño son una de las mayores recompensas de una tarea que lleva adelante desde hace años en el comedor Pinceladas, donde un plato de comida es apenas una parte de todo lo que se ofrece.
En la semana del Día de la Madre, su historia permite mirar la maternidad desde otro lugar: el de las mujeres que, además de criar a sus propios hijos, acompañan a muchos otros. Mujeres que sostienen una olla, gestionan donaciones, organizan actividades, escuchan problemas familiares y están atentas a necesidades que, muchas veces, no se ven a simple vista.
Débora es mamá de tres chicos, de 15, 10 y 4 años. Hace nueve años que trabaja en el comedor y 11 que forma parte de Pinceladas, en barrio San Nicolás. Pero su vínculo con la necesidad viene de mucho antes. Su propia infancia transcurrió entre comedores, merenderos y la asistencia alimentaria de la escuela. Por eso, cuando habla de su tarea no lo hace desde una realidad ajena, sino desde una experiencia que conoce en primera persona.
“De chica me crie en los comedores. Entonces, cuando tuve un lugar, que fue Pinceladas, donde a las chicas las conozco de otros espacios, como la Iglesia, nos conocemos desde muy pequeñas, una busca dar un poquito de lo que en su momento se le fue dado”, cuenta.
En esas palabras, está buena parte de la explicación de por qué sigue adelante. La solidaridad, para ella, no nació de una teoría ni de una obligación, sino de haber recibido ayuda cuando la necesitaba y de entender lo que significa que alguien esté presente en los momentos difíciles.
Una olla que nació de la necesidad
La historia del comedor también está ligada a una necesidad concreta del barrio. “Hubo una toma de terrenos en la que se organizaron alrededor de 260 familias que buscaban acceder a una tierra. En ese contexto, comenzó una olla popular que, con el tiempo, encontró un lugar”, recuerda.
Pinceladas ya existía y tenía como objetivo principal ofrecerles a los niños un espacio donde realizar actividades y mantenerse alejados de la calle. Con la llegada de aquella olla, el lugar comenzó a responder también a las necesidades alimentarias de muchas de esas familias.
Pero el trabajo fue mostrando que la comida no era la única urgencia. Los chicos necesitaban un lugar seguro, alguien con quien conversar y la posibilidad de contar lo que les pasaba en sus casas. Escucharlos también permitía a las mujeres conocer situaciones que, de otro modo, podían permanecer ocultas, y buscar herramientas para acompañarlos. “Cumplimos la función de todos los títulos profesionales que no tenemos, pero estamos para escuchar, para ayudar, para actuar, para prevenir y estar atentas”, explica.
Débora aclara que habla desde su experiencia, pero que detrás de esa tarea hay un grupo de mujeres que trabaja en conjunto. Son ellas las que, con los recursos disponibles, buscan respuestas cuando aparece una necesidad, procuran conseguir lo que falta y tratan de que cada chico encuentre en el comedor un lugar de confianza.
Hay una escena que se repite dentro y fuera de Pinceladas: los chicos la ven, se alegran, corren a saludarla y la abrazan. La palabra “seño” puede parecer sencilla, pero en ese vínculo encierra mucho más que una actividad o un horario compartido. Es la manera en que los chicos reconocen a quienes están disponibles para ellos, a las mujeres que les prestan atención y les permiten hablar cuando necesitan hacerlo.
Débora sabe que muchas veces los niños llegan buscando algo difícil de medir. No siempre es comida, leche o ropa. “El cariño que nos dan, más el que nosotras damos, se transforma en un amor muy grande. No hay plata que compre ese abrazo real que muchas veces no existe en sus hogares”.
En ese acompañamiento cotidiano, las mujeres de Pinceladas terminan ocupando un lugar afectivo que va mucho más allá de la cocina.
Dos familias y una misma necesidad de cuidar
La tarea tampoco está separada de la vida personal de quienes la llevan adelante. Débora cría a sus tres hijos mientras comparte las horas de trabajo con Marina, Florencia y otras mujeres que forman parte del espacio. Entre ellas construyeron un vínculo que excede las responsabilidades cotidianas.
“Lo hacíamos como amigas, aunque siempre decimos que somos familia. Tenemos dos: la familia de la casa y la familia del Pinceladas”, cuenta.
Esa red también permite que las mujeres se acompañen entre sí. Algunas pueden llevar a sus hijos al comedor, donde encuentran un lugar para jugar, compartir y estar mientras sus madres trabajan. Así, el espacio que recibe a tantos chicos también se convierte en un ámbito de contención para quienes sostienen su funcionamiento.
“Trabajo desde los siete años. Cuando era muy chica salía a barrer veredas y salía a pedir en la calle. Mi papá trabajaba en un campamento de ladrillos y, desde que tengo uso de razón, siempre me tocó trabajar”, recuerda.
En esta experiencia también explica por qué el comedor no funciona únicamente como una cocina. Allí se cruzan las urgencias de las familias, las necesidades de los chicos y las posibilidades de un grupo de mujeres que intenta encontrar respuestas, aun cuando los recursos son limitados.
Día a día
“La comida no aparece por sí sola ni alcanza con abrir las puertas: hay que conseguir los ingredientes, organizar las donaciones, calcular lo que se necesita y pensar cómo sostener la actividad”.
La tarea implica golpear puertas, explicar las necesidades y volver a empezar cada vez que algo falta. “No es que un día se cocina y al otro día las cosas están ahí. Hay que gestionar y programar todo el tiempo”.
Lo que una madre deja como enseñanza
“Que sepan que lo que nosotras sembramos hoy nuestros hijos lo están viendo y eso es lo que importa. De chiquitos nos enseñaron que más allá de la existencia de uno existe el otro”, reflexiona.
“Sabemos que cuesta, y muchas veces tenemos ganas de bajar los brazos. Yo le agradezco de corazón a esas mamás, porque no cualquiera se pone este trabajo al hombro. Las abrazo con fuerza a todas”, concluye.
