Un acto cultural que se niega a desaparecer

El papel resiste a las nuevas modalidades y una lectura que todavía busca refugio ante la embestida digital

La venta de diarios y revistas cae de manera sostenida en los quioscos tradicionales, golpeada por esta era y la falta de distribución. Sin embargo, el hábito de leer persiste, se transforma y encuentra nuevos sentidos
sábado, 3 de enero de 2026 · 08:35

Hubo un tiempo -no tan lejano- en que entrar a un quiosco era entrar a un pequeño archivo de la realidad cotidiana. Pilas de diarios recién llegados, revistas acomodadas por tema, suplementos que se hojeaban de pie, conversaciones que empezaban con un título leído al pasar. Hoy, esa escena se ha vuelto excepcional. La venta de diarios y revistas atraviesa una crisis profunda, marcada por la digitalización, la caída del consumo y una distribución cada vez más limitada.

 El fin parece inevitable: mientras se adoptan estrategias de venta

Sin embargo, el papel no desaparece del todo: se achica, se transforma, resiste. Esta recorrida estuvo orientada especialmente a quioscos tradicionales, esos comercios céntricos que durante décadas fueron testigos silenciosos de los cambios sociales y culturales de la ciudad. Allí, los números de venta han caído notablemente. No ocurre lo mismo en librerías y bibliotecas, donde el público fiel todavía sostiene viva la cultura de la lectura. En esos espacios, el lector llega con tiempo, con búsqueda, con una necesidad que va más allá de la información inmediata. No parece casual que, en ese circuito, uno de los géneros más solicitados o consultados sea el de autoayuda. En tiempos de incertidumbre, crisis económica y cansancio social, aparece con fuerza la necesidad de sanar. Y la lectura -aunque no siempre se la nombre así- sana muchas cosas: ordena el pensamiento, acompaña, da palabras cuando faltan.

 

Menos diarios, menos papel, menos circulación

La crisis del papel no se explica solo por el cambio de hábitos. Hay un dato concreto que atraviesa a todos los quioscos: la distribución es cada vez más escasa. Los diarios nacionales prácticamente han desaparecido del interior del país durante la semana. En Villa María, por ejemplo, llegan apenas 38 ejemplares de Clarín, y solo entre jueves y domingo. El resto de los días, directamente no hay diarios nacionales en muchos puntos de venta. “Poca venta de diario y de papel en general, y lo de Buenos Aires ya casi no llega. Para que la ciudad tenga en claro solo llegan 38 Clarín a Villa María, y solo el fin de semana de jueves a domingo... Lo que sobrevive siempre es el diario local. El papel ya se está perdiendo. Dos añitos más de vida le doy al papel, con mucha suerte. Solo quedamos con elDiario. Lo veo mal al presente, ya que la gente mayor no se aggiorna a la tecnología y yo que todavía soy joven, es complicado leer desde un teléfono o en el caso de quién tenga una computadora. Nosotros con mi hijo estamos desde hace tres años, pero yo soy villamariense y recuerdo este mismo local hace varios años con pilas y pilas de diarios para armar.” Ivana, del quiosco de calle San Juan casi Chile, en diagonal al Margut, bar histórico de la ciudad. El testimonio condensa una sensación generalizada: el papel se reduce, la tecnología avanza, pero no todos pueden -ni quieren- adaptarse del mismo modo. Leer desde una pantalla no remplaza, para muchos, el acto físico de pasar una página.

 

Cuando el diario vuelve a ser memoria

Aún en este contexto adverso, hay momentos en los que el diario recupera su valor simbólico. Cuando ocurre un hecho relevante en la ciudad, cuando una noticia interpela o cuando la historia local se escribe en presente, el papel vuelve a ser buscado. “Diario nunca vendí mucho, pero en cantidad siempre vendí lo mismo. Lo cierto es que cuando hay una nota interesante o pasó algo grande en Villa María, te quieren comprar cinco ejemplares. Parece que todavía se usa eso de guardar el diario”.

Guardar el diario: conservarlo como documento, como recuerdo, como prueba de un tiempo vivido. Ese gesto, cada vez menos frecuente, habla de una relación distinta con la información, más pausada, más tangible. “En cuanto a revistas quedó para el público mayor que lee el chisme, que la juventud ya lo ve  por web o redes sociales. En nuestro caso, al estar al lado de una clínica necesitás poder ofrecer algo para leer: para las personas que acompañan a familiares en una terapia o una internación, todavía se necesita el papel”. El papel también cumple una función silenciosa: acompañar la espera, ofrecer distracción en momentos difíciles, estar ahí cuando el tiempo parece no avanzar.

 

Lo infantil como refugio y estrategia

Si hay un segmento que todavía sostiene volumen de ventas, ese es el infantil. No siempre desde la lectura pura, sino desde una combinación de libro, juego y objeto.“Lo que se sigue vendiendo, y se vende mucho, es todo lo de niños. En estos años se ha ido sumando el juguete a la opción de lectura. Desde la Peppa Pig hasta la colección de Magnetix, y una infinidad de ofertas que están vinculadas a la biología o al cuerpo humano. En algunos de estos ejemplos de atracción para seguir vendiendo, interesa muchas veces más el propio juguete o premio. Seduce mucho lo infantil”.

La estrategia es clara: atraer desde lo lúdico para, quizás, abrir la puerta a la lectura. Una forma de resistencia adaptada a los tiempos. “Hace 17 años que estoy aquí en este negocio, y puedo decir que con los diarios y revistas estamos bien, y siempre estaré alentando la lectura”. Alejandra, del quiosco ubicado en calle San Juan, al lado del  Sanatorio Cruz Azul.

 

Revistas que se apagan, quioscos que se reinventan

El retroceso de las revistas es aún más evidente. Muchas dejaron de imprimirse; otras ya no llegan al interior. “Ahora el Puntal viene una sola vez a la semana, el Clarín viene poco y solo los fines de semana. Revistas también quedan muy pocas. La Pronto no está más, la Gente no está más... solo queda la Hola Argentina, la Caras y la Noticias, de las cuales ya solo mandan 2 o 3 según el quiosco”.

Algunos quioscos reducen espacio, reorganizan exhibidores y buscan alternativas. “Nosotros tenemos exhibido en este rincón porque no hay tanta venta, pero también vemos que hay un proceso de reinventarse en cuestión a libros, colecciones, juguetes. La revista Genios es semanal y esa siguió saliendo. Podemos decir que somos unos de los que más vende, y sin dudas el volumen disminuyó muchísimo”.

Sobre el cambio a la digitalidad: “Lo veo complicado para la generación nuestra. Siempre está la gente que le gusta el diario en papel, pero van siendo los menos”, dijo Florinda, del histórico Quiosco Cetra, sobre calle Buenos Aires.

 

Padres que todavía buscan lectores

Aún en un escenario de caída generalizada, aparece una señal que merece ser destacada: muchos padres siguen preocupándose porque sus hijos lean. “Ya no vendemos más diarios de afuera, solo traemos los fines de semana debido a la poca venta. En cuanto al elDiario vendemos cinco ejemplares por día. Sí,  vemos que los padres se preocupan porque sus hijos lean y están saliendo muchas colecciones con libros. Por ahí los enganchan por ese lado”. En cuanto al proceso de los últimos años: “En líneas generales los volúmenes han bajado mucho. Ya no se vende como se vendía antes. Pasa lo mismo con las  revistas, incluso algunas ya no vienen. Es innegable el paso a la digitalidad, no sé si está bien, pero lo cierto es que la cosa cambió. Somos testigos de esta situación con tantos años en el negocio, porque aquí se vendían muchos diarios y revistas”, dijo  María Eugenia, del quiosco Drugstore ubicado sobre calle sobre 25 de Mayo.

 

Un acto de identidad

Leer nunca fue un acto neutro. Siempre fue -aunque no lo supiéramos- una forma de pararnos en el mundo. Yo leo cuentos, es cierto. Y no es casual que muchas de esas lecturas estén atravesadas por una identidad latinoamericana, por esa idea de Patria Grande que algunos textos supieron convidar con generosidad. Leer a autores como Eduardo Galeano no fue solo leer literatura: fue aprender a mirar la historia desde otro lugar, a entender que las palabras también pueden ser memoria, denuncia y abrazo. En un tiempo donde todo parece urgente, efímero y desplazable con un dedo, la lectura en papel propone otra temporalidad. Obliga a detenerse. A escuchar. A incomodarse incluso. No importa si es un diario local, un libro de cuentos, una revista infantil o un texto de autoayuda: leer sigue siendo un acto profundamente humano. Tal vez el papel tenga los días contados, como auguran algunos quiosqueros. Tal vez no. Pero mientras exista alguien que necesite una historia para entenderse, una página para acompañar la espera o un texto para reconocerse parte de algo más grande, la lectura seguirá viva.