La liebre, protagonista furtiva que todavía se puede apreciar en las Villas

Ese silencio que corre

martes, 13 de enero de 2026 · 08:32

Todavía está ahí. Quietita, alerta, midiendo el mundo. Y de pronto, el disparo perfecto de la vida: una corrida imposible, zigzag, freno, gambeta. La liebre, tan nuestra, resiste como puede al avance de la ciudad.

Vivimos en este llano cordobés, donde durante generaciones la liebre fue parte del paisaje y también de la mesa. No como un trofeo, no como un deporte elegante, sino como lo que siempre fue: un animal noble, cazado con necesidad, con respeto, con destino cierto. La liebre que se mataba terminaba en la olla, en el guiso compartido, en la comida de una familia. Eso también es territorio, eso también es cultura.

La liebre es, ante todo, una presencia hermosa. Hay que verla inmóvil, casi confundida con el suelo, con las orejas tensas y los ojos abiertos como si supiera todo lo que pasa alrededor. Y después verla salir disparada, con esa corrida tan suya, impredecible, elegante, perfecta. No corre en línea recta: piensa mientras corre. Frena, gira, engaña. Es imposible no admirarla.

Todavía se la puede ver en algunos barrios de estas ciudades, sobre todo en aquellos donde la urbanidad empieza a aflojar y el campo todavía respira. En los bordes, en las orillas, en esos lugares donde el asfalto todavía no ganó del todo. Se la ve a la siesta, cuando el sol parte la tierra, o de noche, encandilada por las luces de los autos, detenida un segundo de más, vulnerable.

Ahí está la liebre. Sobreviviendo. Multiplicándose como puede. Resistiendo.

Pero cada vez menos.

La ciudad avanza. Avanza con loteos, con calles, con luces, con ruidos, con cercos. Donde ayer había campo hoy hay extensión urbana. Donde había silencio hoy hay tránsito. No es una acusación: es una realidad. Así funciona el crecimiento. Pero el crecimiento siempre tiene un costo, y casi nunca lo pagan quienes deciden.

La liebre no se va por capricho. Se va porque la desplazamos. Como a tantos otros animales que alguna vez ocuparon toda esta superficie y hoy apenas sobreviven en los márgenes. No desaparecen de golpe: se van apagando, se van corriendo, se van escondiendo. Hasta que un día dejamos de verlas y recién ahí nos preguntamos cuándo fue la última.

Hay algo profundamente simbólico en la liebre. Su nobleza está en su vulnerabilidad. No ataca, no invade, no molesta. Está ahí, haciendo lo que hizo siempre: vivir. Y cuando muere, al menos en la tradición de estas tierras, no muere en vano. Hay un cierto honor en ese destino, un tributo silencioso, una memoria que merece ser dicha.

No se trata de negar el avance urbano. Se trata de recordar. De no naturalizar la ausencia. De entender que el territorio no es solo cemento y planificación, sino también historia viva, fauna, equilibrio. Que cada animal que desaparece se lleva una parte de lo que somos.

La liebre todavía vive acá. Es del llano, del viento, del pasto bajo, de las siestas largas y de las noches abiertas. Es tan nuestra como el horizonte plano y el cielo enorme. Y tal vez por eso duele verla cada vez menos.

Mientras todavía estén, mientras todavía crucen una calle de tierra o se pierdan entre los pastizales de algún barrio periférico, vale la pena detenerse un segundo. Mirarla. Reconocerla. Y entender que no todo lo que se va vuelve.

A veces, conservar también es recordar que convivimos. Y que no somos los únicos que llamamos hogar a este lugar.