Caso Bessonart - 20 años de impunidad

Las últimas horas de Mariela, el lugar al que nunca fue y la coincidencia de los fiscales

Once meses después de la última mañana, Rodolfo Delpino fue acusado por la Justicia y ya nunca pudo derribar las sospechas, pero el juicio no se concretó. Indicios claves comprometieron a su ex, mientras que no se encontraron restos de la víctima
martes, 30 de septiembre de 2025 · 07:47

Con el fin del domingo 28 se cerraron dos décadas de uno de los grandes enigmas de la historia de Villa María, el de Mariela Bessonart, la mujer que tenía 38 años cuando en la mañana del último miércoles de septiembre de 2005 se la vio por última vez.

Desde la restauración de la democracia hay dos mujeres desaparecidas en la ciudad. Mariela y Sara Mundín, una joven de 20 años a la que su familia nunca más pudo volver a ver desde marzo de 1988.

El caso Bessonart tiene enigmas y también algunos indicios claves. Para los investigadores y funcionarios judiciales intervinientes, está claro que ella nunca pisó el microcentro de Villa María aquella mañana final, descartando lo que aseguró desde el vamos su exmarido y padre de sus tres hijos, Rodolfo Delpino.

Él siempre dijo que tras buscarla en un taller mecánico de barrio Almirante Brown, ubicado frente al Parque Pereira y Domínguez, la dejó en la zona céntrica para que ella hiciera trámites, entre ellos, ir al Banco Nación.

Tanto el ya jubilado fiscal Gustavo Atienza, quien tuvo el caso una década y media, como Juliana Companys, quien lo sucedió en esa Fiscalía y reimpulsó el expediente en 2020, han considerado que desde el taller -ubicado en avenida Rawson, entre General Paz y Alem- Delpino se dirigió junto a la víctima rumbo a la avenida Larrabure, la que luego se convierte en ruta 9, uno de los accesos-egresos a la ciudad. Esa avenida está en la esquina del taller en cuestión.

A Delpino lo cercaron sus contradicciones y mentiras. Dijo que esa mañana hizo un recorrido que luego la telefonía celular desmintió. Además, un camionero que estaba en inmediaciones del taller -espacio clave en esta historia- testimonió que vio que la pick-up F100 al mando del productor agropecuario tomó por Larrabure en sentido hacia la salida de la ciudad, y no hacia el centro. Ese relato buscó ser modificado y neutralizado por los defensores del imputado.

El único acusado por el hecho contó que, tras dejar a Mariela en el microcentro, hizo otras diligencias en la ciudad. Los investigadores creen que a esos trámites los hizo antes de buscar a su exesposa en la puerta del taller, y que desde ahí dejó Villa María rumbo hacia Tío Pujio, una zona que siempre estuvo en el ojo de la pesquisa.

 

Juntos en la noche final

Bessonart y Delpino estaban juntos desde muy jóvenes y tuvieron tres hijos. En 2004 se separaron, pero continuaron relacionándose.

El martes 27 de septiembre, ella estuvo en Córdoba. Aparentemente, Delpino esperó ansioso su regreso a Villa María en esa noche, en la que terminaron compartiendo dormitorio en el departamento del edificio en el que la víctima vivía junto a la hija de ambos, en calle Mendoza al 1500, barrio Lamadrid. Muy temprano, en esa madrugada, Delpino se levantó y se fue, presuntamente, por tareas vinculadas a su trabajo en el campo.

Hay versiones contrapuestas sobre cómo volvieron a verse poquitas horas después, poco antes de las 8 de la mañana, en el citado taller. Él dijo que ella lo llamó, pero habría sido él quien marcó su número de teléfono para buscarla en el Almirante Brown, donde la víctima dejó su automóvil Volkswagen Polo para unos arreglos, auto que nunca volvió -nunca pudo- a buscar.

En las primeras horas, y días sin noticias de ella, Delpino intentó instalar en su círculo que a Mariela no le había pasado nada malo, que seguramente se fue con alguien, que volvería. Las amigas fueron las que enseguida se alarmaron y descartaron una ida voluntaria. El caso explotó públicamente el domingo siguiente desde la tapa de este diario. Miriam Angelelli, una amiga de Bessonart, fue quien decidió exhibir ante la sociedad el desesperado pedido de búsqueda de paradero.

Los investigadores fueron hacia Delpino, pero también hacia otras personas con las que se relacionó la víctima. Todas ellas quedaron descartadas de la pesquisa, a excepción del productor agropecuario.

Entonces hubo una sucesión de rastrillajes, allanamientos y excavaciones. Una autopsia psicológica ordenada por Atienza arrojó que el perfil de Mariela era el de alguien que no podría haberse ausentado de manera voluntaria dejando a sus hijos, al igual que como siempre dijeron sus amistades y su hermana Gladys, la mujer que más luchó por encontrarla.

Los hijos -transcurriendo su adolescencia cuando ocurrió el hecho- oscilaron entre el desconcierto, el hablar siempre muy bien de su mamá, las sospechas hacia su padre y ya luego, con la detención de él, once meses después de la desaparición, a encolumnarse detrás suyo y sostener que es inocente.

Los tres cambiaron su postura entre el período de ese primer año tras la desaparición y el período que se inició al año de la última mañana, ya con su padre en prisión (estuvo trece meses preso). De participar en marchas y pedirle a la prensa que se busque a su mamá, pasaron al silencio y a no impulsar medidas judiciales. Nunca más aceptaron notas periodísticas.

Atienza ha llegado a decir públicamente que la familia Delpino (Rodolfo y sus hijos) nunca concurría a la Fiscalía, ni ayudaba en la investigación, ni impulsaba medidas.

Aunque lento en las esenciales primeras horas posteriores a la desaparición -en un contexto de conciencia social muy distinto al actual-, luego, el caso se convirtió en una obsesión para Atienza, quien siempre sintió que los Delpino no lo acompañaban en el esclarecimiento.

Con perfiles muy distintos, su sucesora en la Fiscalía, Juliana Companys, encaró el expediente coincidiendo con lo grueso de la hipótesis del fiscal original. Ella fue tras Delpino y fue hasta los mismos territorios en donde se había enfocado Atienza, pero sumando más testimonios, atando cabos y ordenando más medidas.

En el fin de agosto de 2021, 16 meses después de la última mañana, él, quien entre 2006 y 2007 estuvo acusado de ocultamiento de persona (Mariela) con fines coactivos, y quien desde 2007 estaba sindicado como presunto autor de privación ilegítima de la libertad -agravada por el paso del tiempo-, fue notificado por primera vez de ser acusado de matar a su exesposa, y de hacerlo con alevosía. Así lo determinó Companys, pero lo dejó en libertad, probablemente, por la ausencia de restos de la víctima.

Companys estaba segura de que encontraría restos de Mariela en las tierras rurales en donde -creen- estuvo Delpino aquella mañana.

Nuevamente, decenas de personas excavaron y removieron espacios en busca de la mujer que no está, aquella cuya cartera y celular apareció en Alta Gracia a las semanas de desaparecida, sin saberse cómo llegaron hasta ahí, aquella cuya madre Teresa Ramírez murió con el dolor a cuestas de no tener donde ir a llorarla, aquella a la que la Justicia provincial no le posibilitó el juicio, pese a haberse determinado dos veces la fecha de inicio. Son veinte años de impunidad, veinte años sin saber qué hicieron con Mariela.

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