Las calles

Alfonsina Storni: la calle que sabe a mar

El nombre de la calle fue impuesto por Ordenanza Nº 1.184, con fecha 10 de diciembre de 1965, bajo la Intendencia de Porfirio J. Seppey
domingo, 21 de septiembre de 2025 · 08:30

Alfonsina Storni nació el 29 de mayo de 1892, en el cantón suizo de Capriasca, y llegó a nuestro país a los 4 años, a la provincia de San Juan. Era hija de Alfonso Storni y Paulina Martignoni.

“Me llamaron Alfonsina, nombre árabe que quiere decir dispuesta a todo”, escribió la gran poeta sobre su nacimiento.

Los Storni habían instalado una fábrica de cerveza en la provincia de San Juan. Parte de su infancia la narró en algunos textos: “Estoy en San Juan; tengo 4 años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causa en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta”.

La fábrica de cerveza dejó de ir bien y la familia empezó a tener problemas económicos. Se mudaron a Rosario para buscar otras oportunidades, allí la madre abrió una escuela particular y el padre puso un bar, adonde empieza a trabajar Alfonsina, que debe abandonar los estudios. También trabaja como ayudante de su madre modista y, luego de la muerte de su padre, como obrera en una fábrica de gorras.

La gran poetisa brilló en un tiempo donde las grandes figuras de toda la sociedad era solamente reservada para  los hombres

En este entorno de pobreza, escribió su primer poema: “A los 12 años escribo mi primer verso. Es de noche; mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. El resultado es esencialmente doloroso: a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce. Desde entonces los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se van muriendo como migas de pan”.

Nunca abandonó su deseo de estudiar y con mucho esfuerzo logra recibirse de maestra y ejercer la profesión. Ya en Buenos Aires, fue docente en el Teatro Infantil Lavardén y en la Escuela Normal de Lenguas Vivas.

“Alfonsina y el mar” es una zamba compuesta por el pianista Ariel Ramírez y el escritor Félix Luna, publicada por primera vez en el disco de Mercedes Sosa “Mujeres Argentinas”, en 1969.

En 1916 publicó su primer libro, La inquietud del rosal.

A partir de allí, comenzó a frecuentar algunos círculos literarios, como el grupo Anaconda, con Horacio Quiroga y Enrique Amorín, y a publicar poemas en las revistas Mundo rosarino y Monos y monadas. También colaboró en las publicaciones Caras y caretas, Nosotros, Atlántida, La nota y en el diario La Nación.

Incursionó en la dramaturgia y en el teatro para niños. En 1927, estrenó El amo del mundo, en el Teatro Nacional Cervantes, y en 1931, Dos farsas pirotécnicas.

Fue madre soltera en una época en la que eso era socialmente inaceptable. Esto quedó plasmado en algunos de sus poemas como “Tú me quieres blanca”.

Luego llegó la vanguardia y, con ella, su creatividad se transformó en un sello distintivo. En su libro Languidez (1920) comenzó a quebrar la métrica y a utilizar un registro más oral. Así, construyó una primera persona mucho más intimidante, intensa y reveladora.

En 1935, Alfonsina fue diagnosticada de cáncer de mama y posteriormente operada, se creía que fuera benigno, pero ya tenía ramificaciones.

Siempre había sufrido de depresión, paranoia y ataques de nervios, que se recrudecieron ante la enfermedad. Se volvió recluida y evitaba a sus amistades. Tras un breve tiempo que permaneció en la quinta “Los Granados” de Natalio Botana, dueño del diario Crítica, decide viajar a Mar del Plata.

Se suicidó en esa ciudad balnearia el 25 de octubre de 1938.

 

Su relación con Horacio Quiroga

Entre Alfonsina y Horacio nacería una profunda relación afectiva que en breve se transformaría en amorosa, en pasional. Los unía la soledad, la incomprensión de la sociedad en la que les tocó vivir y su forma de expresar su disconformidad, su “catarsis” particular: la escritura.

Era un vínculo de absoluto respeto, en el que se congregaron dos familias, la de un hombre viudo y la de una madre soltera, que disfrutaron una relación afectiva de características únicas para ese momento, hasta que se distanciaron por el llamado de la selva, que reclamaba una y otra vez a Quiroga. Se va en 1925 y Alfonsina no lo acompaña. Quiroga le pide que se vaya con él y ella, indecisa, consulta con su amigo el pintor Benito Quinquela Martín. Aquel, hombre ordenado y sedentario, le dice: “¿Con ese loco? ¡No!’”.

El monumento que la recuerda, emplazado muy cerca de donde decidió su final

Sus últimos momentos

En Mar del Plata, Alfonsina,  además de vivir las instancias terminales del cáncer que la aquejaba, escribió varias cartas y su poema póstumo, “Voy a dormir”, que envió al diario La Nación. Desde allí salió caminando sigilosamente el 25 de octubre, posiblemente alrededor de la 1, y saltó al mar desde una escollera en el balneario del Club Argentino de Mujeres, que se hallaba frente a Plaza España.

 

“Voy a dormir”

Dientes de flores, cofia de rocío,                 

manos de hierbas, tú, nodriza fina,             

tenme prestas las sábanas terrosas             

y el edredón de musgos escardados.           

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.       

Ponme una lámpara a la cabecera;              

una constelación, la que te guste;               

todas son buenas, bájala un poquito.                      

Déjame sola: oyes romper los brotes...       

te acuna un pie celeste desde arriba           

y un pájaro te traza unos compases            

para que olvides... Gracias...

Ah, un encargo:         

si él llama nuevamente por teléfono           

le dices que no insista, que he salido.