Final feliz para una historia de solidaridad

Música, Pablito

Pablo Cabrera, la persona ciega que vive del arte callejero, había sido víctima de dos robos de bongó. Volvió a la ciudad y recibió el instrumento que donó una familia villamariense que vive en Estados Unidos y lo adquirió en Cuba
miércoles, 10 de septiembre de 2025 · 08:40

Pablo Cabrera, popularmente conocido como Pablito, recibió ayer una noticia que conmovió.

El 1 de julio, el músico ciego que cada mañana le pone voz y ritmo a la esquina del Banco Nación había sufrido el robo del bongó que había comprado con gran sacrificio. Era el segundo instrumento que le sustraían en poco tiempo. Y compartió esa tristeza  con trabajadoras de la estación de servicio que se encuentra frente al banco, jóvenes que siempre lo ayudaron para que pueda hacer lo suyo sin que algún desalmado se aproveche de su ceguera.

Ese día que le desapareció el bongó, ni Pablito ni los trabajadores pudieron detectar quién o quiénes fueron los autores del robo.

La noticia se publicó en elDiario y despertó gestos solidarios.

Un villamariense leyó la nota y se acordó de un bongó que tenía en su casa. Entonces habló con familiares villamarienses que residen en Atlanta, Estados Unidos, para saber si podían darle un buen destino a ese instrumento.

Fue así que la familia decidió donar el bongó que adquirió años atrás en un viaje de turismo a Cuba.

Alfredo, el vecino de la ciudad que guardaba el instrumento, ni bien recibió el visto bueno de los dueños se llegó hasta la Redacción de elDiario para hacer entrega.

No obstante, pasaron los días y Pablito no aparecía por el centro. Tampoco atendía el teléfono.

Alguien contó que el protagonista de esta historia había viajado a Córdoba, triste por lo que le había sucedido, a vivir con familiares.

Al final, ayer por la mañana, las trabajadoras de la estación de servicio vieron que reapareció el vecino más querido de la zona y avisaron a elDiario que finalmente se le podía hacer entrega del instrumento.

Así, Pablito recibió el bongó con una enorme sonrisa. “Ahora puedo seguir dándole música a la gente todos los días”, celebró. Y golpeó sus palmas contra la membrana, para oír cómo sonaba.