Discapacidad - Una reflexión entre las noticias
El daño que pasó como si nada
Ian Moche, el niño que Milei y sus trolls “silenciaron” con ataques por redes sociales, dejaba el año pasado, en Villa María, una enseñanza sobre el autismo y la diferencia entre personas. Es tiempo de refrescar esos conceptosLos días pasan volando, dicen, mientras varios temas trascendentes (en la esquina de casa, en el resto del país y en el alocado mundo), suelen entrar en la escena mediática con una velocidad injusta.
A veces, es necesario hacer una pausa para reflexionar, porque hoy lo injusto ya parece moneda corriente.
Pasemos entonces en limpio.
Entre las últimas noticias lamentables sobre el Gobierno nacional y los últimos ataques dialécticos de Javier Milei, figuran el ninguneo a las personas con discapacidad y el niño de 12 años con autismo, Ian Moche.
En el primer caso, queda claro que si un Gobierno no puede ocuparse siquiera de las personas con discapacidad que tiene en su país, es un gobierno que padece de las peores de las incapacidades, las relacionadas con la mala gente, lo cruel, la insensatez.
Profesionales que trabajan con personas con discapacidad luchan diariamente contra esta desidia que profundiza distancias que no deberían existir. Y las familias van desgastándose, esperando que el Estado deje de mirar para otro lado.
En el segundo caso, el propio Ian Moche contrasta este panorama con cada frase, con la sabiduría que ni los grandes tenemos.
Conectando en la Medioteca
En abril del año pasado, el niño vino a Villa María durante la Feria “Conectando Saberes” y habló de su condición, no solamente de autista, sino de pequeño maestro de vida, faros que nos iluminan un camino de superación.
“Necesitamos la empatía de todos, si no no se logra nada”, dijo, entre otras frases, durante su charla en la Medioteca. También pidió: “Necesitamos que la sociedad se adapte a nosotros y nosotros a ella, tiene que ser mutuo”.
Con su pelo castaño largo y atado, una mirada profunda detrás de sus lentes y una seguridad de su compromiso, Ian decía, acompañado por su mamá, que llegaba a Villa María con el objetivo de “hacer una charla para ayudar, por un mundo mejor”.
Para quien todavía no sepa: el trastorno del espectro autista es una afección relacionada con el desarrollo del cerebro que afecta la manera en la que una persona percibe y socializa con otras personas, lo que causa problemas en la interacción social y la comunicación.
Se estima que cada 100 niños en el mundo uno tiene autismo, aunque las cifras se elevan en países como Estados Unidos: uno cada 36.
En ese sentido, que un niño de 12 años como Ian Moche pueda hacer simplemente una declaración frente a tantas personas es toda una superación y un ejemplo. Y si lo hace con una claridad conceptual enorme, mucho mejor.
“¿Por qué la gente no quiere la diversidad cuando es lo normal? Lo distinto es lo normal. Si toda la gente fuera igual, sería lo anormal”, reflexionó el pibe.
También explicó que ellos perciben “el mundo de manera distinta. Nos llega el exterior de manera distinta. Buscamos los mismos objetivos de otra forma”.
Difícil entender entonces que las personas que llegan a tomar las decisiones más importantes de un país no entiendan lo que hacen o, lo que es peor, ridiculizan lo que deben cuidar.
Cuando Milei reposteó un “tuit” cuestionando al niño y su familia por “massista” y “kirchnerista”, su funcionario del ANDIS (la Agencia Nacional de Discapacidad), Diego Spagnolo, ya estaba apuntado por decirle a la gente que la discapacidad “no era un problema del Estado”. Y detrás, miles de trolls pagos con dinero estatal profundizaron las ofensivas como si fueran kamikazes del teclado.
Palabras que duelen
Parece mentira, pero Ian Moche ya les había contestado previamente, un año antes, desde Villa María, diciendo que “a veces parecen solo palabras, pero duelen. Hay que tener mucho cuidado con lo que decimos”.
El problema hoy es que la insensatez gana la batalla: ahora la familia del chico ya no quiere que hable con los medios ni salga a dar charlas, prefiere esperar que baje la espuma que daña sus valores y su salud. Mientras, el presidente prefiere gastar el dinero del Estado en viajes a Israel para apoyar a Netanyahu, el hombre que más niños mandó a matar en las últimas décadas.
