Las calles
Julio Cortázar: la mejor poesía cabe en una cuadra
El nombre de la calle fue puesto por medio de la Ordenanza Nº 3.685, del 15 de marzo de 1996, durante la Intendencia de Miguel Ángel VegliaJulio Florentino Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en Bruselas, Bélgica, donde su padre se desempeñaba como funcionario diplomático de la Embajada argentina. Por entonces, la ciudad estaba ocupada por los alemanes y el itinerario de los Cortázar estaría signado por el devenir de la Primera Guerra Mundial. Llegaron a Buenos Aires cuando Julio tenía 4 años, pero antes habían recalado en Barcelona y Suiza.

En la escuela primaria, el niño leía tanto que el médico recomendó a su madre que restringiera sus lecturas, algo que solo logró cumplir durante cierto tiempo.
Siendo ya maestro normal y profesor en Letras, pudo recorrer el interior, trabajando de maestro rural en diversos pueblos, como Bolívar, Saladillo y Chivilcoy, lugares que dejaron en él su huella. “En Bolívar, donde había vivido dos años antes de mi pase a Chivilcoy, yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana”, recordaría años después.
Luego se trasladó a Mendoza, donde dictó cursos de literatura francesa en la Universidad Nacional de Cuyo, aunque renunció poco después, tras el triunfo de Juan Domingo Perón. De vuelta en Buenos Aires, publicó su cuento Casa tomada. No tardaría en consagrarse como un gran escritor, con una obra original y prolífera, entre cuyos títulos se encuentran Bestiario, Final del juego, Las armas secretas, Los premios, Historia de Cronopios y de Famas, La vuelta al día en ochenta mundos, Todos los fuegos el fuego, 62 Modelo para armar, El libro de Manuel, Deshoras, Los autonautas de la cosmopista, etcétera. Rayuela, una de sus novelas, marcó un hito en la narrativa de la época.
“Para él escribir era jugar, divertirse, organizar la vida, las palabras, las ideas con la arbitrariedad, la libertad, la fantasía y la irresponsabilidad con que lo hacen los niños o los locos. No es casual que la más ambiciosa de sus novelas tuviera como título Rayuela, un juego de niños”, apuntaba oportunamente Mario Vargas Llosa.
En 1951 se instaló en París, donde vivió con su primera mujer, Aurora Bernárdez, con quien se casó dos años más tarde. Y así recordaba sus primeros años en esa ciudad cosmopolita: “Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París. (…) También yo escribí cartas afligidas por la falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado”.
Pronto lo contratarían para traducir la obra completa, en prosa, de Edgar Allan Poe.
La Revolución Cubana le dejó una profunda impresión. En 1963 visitó Cuba para ser jurado en un concurso. Nunca dejaría de interesarse por la política latinoamericana. Luego del triunfo de la Revolución Sandinista visitó varias veces Nicaragua. Sus experiencias quedarían plasmadas en el libro Nicaragua tan violentamente dulce.
Vargas Llosa dijo sobre esta transformación, este despertar en el escritor de un compromiso con la realidad latinoamericana: “El cambio de Cortázar -el más extraordinario que me haya tocado ver nunca en ser alguno, una mutación que muchas veces se me ocurrió comparar con la que experimenta el narrador de ese relato suyo, Axolotl, en que aquel se transforma en el pececillo que está observando -ocurrió, según la versión oficial que él mismo consagró- en el Mayo Francés del 68. Se le vio entonces en las barricadas de París, repartiendo hojas volanderas de su invención y confundido con los estudiantes que querían llevar ‘la imaginación al poder’. Tenía 54 años. En los 16 que le faltaban vivir sería el escritor comprometido con el socialismo, el defensor de Cuba y Nicaragua, el firmante de manifiestos y el habitué de congresos revolucionarios que fue hasta el final”.
Cortázar murió el 12 de febrero de 1984 a causa de una leucemia. Sin embargo, la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi asegura que en los análisis de sangre no había síntomas de leucemia y conjetura que el escritor murió de sida, virus que habría contraído tras realizarse una transfusión en el sur de Francia.
Poco más de un año antes, había fallecido prematuramente, a los 36 años, su tercera mujer, Carol Dunlop, de quien Cortázar estaba profundamente enamorado y nunca se recuperó de la pérdida.
Poco antes de la muerte de Carol, en febrero de 1982, Cortázar -siempre comprometido con la situación que se vivía en la Argentina- había proclamado un “Nuevo elogio a la locura”, publicado en el periódico La República, en París, luego de enterarse de que “los sicarios de la junta militar argentina echaron a rodar la calificación de ‘locas’ a las Madres de Plaza de Mayo”. Decía entonces: “La locura merece ser elogiada cuando la razón, esa razón que tanto enorgullece al Occidente, se rompe los dientes contra una realidad que no se deja ni se dejará atrapar jamás por las frías armas de la lógica, la ciencia pura y la tecnología”.
Cuando murió el gran poeta en la ciudad de Buenos Aires, ocurrió un hecho insólito: la ciudad se llenó de mariposas; una rara nube invadió la gran urbe debido a una migración masiva de los insectos del campo a la ciudad por el calor reinante, como un simbólico saludo al gran soñador.
Rayuela
Julio Cortázar y su obra Rayuela son sinónimos
de la novela experimental
y revolucionaria en la
literatura hispana.
Rayuela es considerada la obra cumbre de Cortázar, una novela que desafía las convenciones narrativas y juega con la
subjetividad del lector.
El juego de la lectura es no
lineal: Rayuela no se lee de forma lineal como una novela
tradicional. Cortázar invita al
lector a elegir entre diferentes secuencias de capítulos o
incluso a leerlos en orden aleatorio
