Opinión - La mirada del número dos del Obispado

Papa Francisco: gran provocador con perfume a Evangelio

sábado, 3 de mayo de 2025 · 07:45

Escribe: Alberto Bustamante
Vicario general de la Diócesis de Villa María

Desde que inició su pontificado, con la elección de su nombre (Francisco, el “Pobre Asís”, como suele decirse, el santo que más se pareció a Jesús en la larga historia de la iglesia) y luego de elegir como destino del primer viaje apostólico Lampedusa, la isla cementerio -junto al mar Mediterráneo- de la dignidad humana, con cientos de miles de migrantes, familias completas muriendo en su intento de huir de la miseria y buscar un horizonte de futuro; el Papa argentino dejaba en claro que se iba a convertir para la misma Iglesia y para el mundo en un gran provocador, en limpia fragancia, de Evangelio.

¿Por qué? Porque eso fue Jesucristo, el Evangelio viviente, un gran provocador de lo culturalmente establecido. ¿O no es provocador, como lo hace Jesús, plantear que “los últimos serán los primeros y los primeros, últimos?”, ¿o no es provocador decir que “el grande es el pequeño?”, ¿o no es provocador anunciar “que el que cuida su vida la perderá y el que la pierde la salvará?”, ¿o no provocan las palabras que nos plantean que “el importante  es el que sirve (el mozo) y no el que está sentado?”, ¿o no desinstala decir que “él vino a servir y no a ser servido?”, ¿o no cuestionan sus palabras de “amar al enemigo, de rezar por quien nos persigue?”

Jesús provocó, se detuvo ante quien los sacerdotes no se detenían, los leprosos, los enfermos, los pobres, les cuestionó la vida opulenta, hipócrita, acomodada de los dirigentes religiosos de la época, diciéndoles que “las prostitutas, publicanos y pecadores entrarían en el reino de los cielos y ellos quedarían afuera”. Provocó a quienes pretendían tener el monopolio de Dios y de paso hacer negocios en beneficio propio, encerrándolo en el templo y les dijo que el templo es cada persona humana.

¿No es provocador, acaso, juntarse a cenar con prostitutas y reconocidos pecadores públicos, por lo que lo acusaron de comilón y borracho? ¿O no son provocadoras las bienaventuranzas que nos plantean el corazón de la vida cristiana?: bienaventurados los pobres, los perseguidos, los que tienen el corazón puro, los misericordiosos, los que lloran. ¿O no es provocador plantearnos que al mundo lo salvarán los que se dejan crucificar por hacer el bien y no los crucificadores que inmolan la vida de las personas y de sus pueblos en el altar de sus oscuros, mezquinos y corruptos intereses?

Todo eso fue Francisco, puro evangelio y evangelio puro.

Qué provocadoras suenan las bienaventuranzas que le planteó a la Iglesia cuando, parafraseando sus palabras, nos dijo:

-Bienaventurada la Iglesia que no se encierra y sale a dejarse tocar por los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

-Bienaventurada la Iglesia servidora.

-Bienaventurada la Iglesia hospital de campaña que cura heridas.

-Bienaventurada la Iglesia que se sienta en la mesa de la humanidad dolida.

-Bienaventurada la Iglesia que prefiere accidentarse a encerrarse.

-Bienaventurada la Iglesia que prefiere equivocarse a cuidarse.

-Bienaventurada la Iglesia que se arrodilla y lava los pies de la humanidad.

-Bienaventurada la Iglesia misericordiosa y no jueza implacable e impiadosa.

-Bienaventurada la Iglesia madre y no madrastra.

-Bienaventurada la Iglesia pobre para los pobres.

-Bienaventurada la Iglesia amable y no maltratadora.

-Bienaventurada la Iglesia que anuncia a Jesucristo y no un corpus doctrinario y disciplinario sin rostro y sin gente.

-Bienaventurada la Iglesia que camina y no se apoltrona.

-Bienaventurada la Iglesia que se involucra y no balconea la vida.

-Bienaventurada la Iglesia que, como Jesús, se pone en la fila de los pecadores y no en lo de los que condenan.

-Bienaventurada la Iglesia orante, penitente y eucarística.

-Bienaventurada la Iglesia sinodal que sepulta a la clerical.

Gracias, Francisco, por provocarnos. Gracias por permitirnos oler la fragancia del Evangelio en tu vida, en tu ministerio, en tu muerte.

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