Barrio Las Playas - Una copa de leche nacida tras la crisis del año 2001

“Un rayito de esperanza” cumplió 23 años de historia

Cumplieron 23 años de ofrecer una merienda, apoyo escolar y, más que nada, promoción humana. La historia de un centro comunitario que cambia vidas
domingo, 11 de mayo de 2025 · 08:18

En el corazón del barrio Las Playas, la copa de leche “Un rayito de esperanza” celebra sus 23 años de un trabajo social sostenido para garantizar alimentos a las infancias.

Liliana Costabello, una de las impulsoras del emprendimiento social, señala que es “una de las tantas instituciones que nacieron como efectos colaterales de la crisis de 2001”.

“Esa crisis marcó un antes y un después en lo que tiene que ver con la vida nutricional de la infancia en Villa María. Incluso en esa época, elDiario hizo una nota con quien era secretario de Salud de la Municipalidad, el doctor (Héctor) Muñoz, quien reconoció que, en nuestro CAPS -abarcaba un gran territorio porque no estaban todos los CAPS que hay ahora-, la cantidad de niños con bajo peso representaba la mitad del total de niños con problemas nutricionales de toda la ciudad”.

“En ese momento no ha habido ningún tipo de política, pero para la asistencia alimentaria. Es más, se discutía y todavía hoy se sigue debatiendo que dar alimentos no le cambia la vida a nadie. Y la verdad es que no sé, porque un niño que no recibe alimentos no tiene la posibilidad de desarrollar un buen pensamiento crítico, no tiene la posibilidad de estudiar con las condiciones necesarias. A lo mejor no le cambiás rotundamente la vida, pero estás plantando una semillita para que sea posible”.

-En ese momento, vos eras una vecina más del barrio.

-Sí, yo hice mi carrera de trabajadora social a partir de la copa de leche. La vocación de ayuda social estuvo siempre en mi vida, porque vengo de familia donde históricamente se quedaban niños, a pesar de ser única hija. Pero formalizar ese trabajo me lo determinó la copa de leche, porque muchísimas veces se daba un debate con los funcionarios, porque nos decían ‘vos qué sabés si sos apenas una vecina con un trabajo voluntario’. Ahora, cuando colgás una chapa o un diploma, la cosa pasa a ser distinta.

-¿Y cómo empezó todo?

-Como todos los emprendimientos sociales, surgió de la mano de un montón de gente. Me acuerdo de uno de los primeros libros de trabajo social que leí: decía que el voluntariado era como una cebolla, que se van cayendo las capas: los que tienen menos tiempo, los que cambian de proyecto social. Al final queda el corazón de la cebolla, porque es el que está convencido y cree en esa transformación.

Acá pasó lo mismo, éramos como 20, hombres y mujeres, y de ese grupo original quedé yo. Hoy somos solo mujeres, porque tenemos esa multiplicidad de dimensiones para hacernos cargo...

“Creo que nos van a salvar las redes que arman las familias y las instituciones. Trabajo en pos de eso”.

-Esos primeros chicos que asistieron a la copa de leche, hoy ya son hombres y mujeres

-Si, hoy están bordeando los 30 años. Digo esto porque pudimos marcar la historia de su vida. No solo porque fueron alimentados, sino porque pudieron seguir estudiando y hoy son profesionales. Hay comunicadores sociales, técnicos en Alimentos, enfermeras... Aunque siempre nos costó mucho acompañar a los varones a que terminen su educación. Tenemos un solo varón que es profe de Educación Física, el resto que logró profesionalizarse son mujeres. Pero si logramos que terminen el secundario, eso marca un logro también. Ese pedacito que falta.

Lo otro que queremos lograr es que sean militantes. De todo ese grupazo tenemos uno solo que es militante, el resto no participa ni en la cooperadora de la escuela a donde van sus hijos.

Son metas que nos vamos proponiendo, aunque nuestro objetivo es y será la alimentación de calidad. Por eso, todos los días, los chicos tienen su copa de leche, la saborizamos, le aportamos pan. Una vez a la semana tenemos un yogur. Todos los días se llevan una fruta. Lo que sobra se lo llevan a su casa.

A partir de ahí, surgen otras necesidades que tratamos de dar respuesta, fundamentalmente, haciendo de mediadores con otras instituciones.

Por ejemplo, esta familia necesita terminar la documentación de sus hijos. Militamos mucho por la integración social de las personas de la comunidad boliviana. Los chicos, entre ellos se integran. No se fijan el lugar de nacimiento. Si lo que hicimos fue salir de la institución y procurar acompañarlos para encontrar su identidad dentro de la ciudad y del barrio. Porque somos argentinos y parte de un todo latinoamericano.

También tenemos consejos asamblearios dentro de la copa de leche: cuando hay que elegir algo, un viaje, un nombre, se propone y se debate. Los primeros chicos eligieron “Un rayito de esperanza” para la copa de leche.

-¿Cómo te llevaste con la política partidaria en todos estos años?

-Para nosotras es un tema. Porque cada cuatro años pasan creyendo que quienes estamos al frente de un comedor somos personas fáciles de convencer y tratan de vendernos espejitos de colores.

Nuestra propuesta es otra. Nosotros no recibimos ningún tipo de subsidios, ni local, ni provincial, ni nacional. Es autogestivo, la palabra suena linda, pero se trata de donaciones y pechones.

Pero esa autogestión te permite tener independencia y autonomía a la hora de debatir agenda en las políticas públicas.

Para trabajar con infancias hay que tener condiciones no solo humanas, sino también de formación, para poder hacer algo ordenado, coherente.

Eso es algo que la política partidaria no lo ve o no lo quiere ver. Porque le decimos que el proyecto social de esta institución no dura cuatro años. Tuvimos que esperar 10 años para ver a los chicos terminar la secundaria. Es un camino largo.

Ellos vienen con la idea de ser reelectos o de ganar una elección. Nosotros tenemos otros tiempos y otros objetivos.

Durante estos años solo pedimos financiamiento para emprendimientos. Podríamos generar más ingresos para las familias si contáramos con una máquina collaretera, una máquina zurcidora. Algo que permita que lo que saben hacer las familias se produzca con más calidad y cantidad.

En definitiva,  “Un rayito de esperanza” se ha convertido en un faro que ilumina un futuro para los sectores más postergados.

 

El presente: El carrito del súper, señal de identidad

“Un rayito de esperanza” funciona de lunes a viernes con la copa de leche, los apoyos docente y la biblioteca comunitaria. “Es totalmente diferente a la que conocemos. Hay textos de español-aymará, español -quechua”, dijo Costabello. También tienen un ropero comunitario de lunes a jueves. Cuentan con talleres de percusión y de historia, como así también la huerta.

“El trabajo es colectivo, no solo de las madres, sino también de los chicos. Si hay que ir a buscar las mantecas y dulce de leche que nos dona La Tonadita, sacamos el carrito de supermercado que tenemos y que nos acompaña desde siempre, y con cuatro o cinco chicos y unos 12 perros vamos a buscarlo”.

“Ese carrito nos sirve también para buscar ropa en el barrio y también para pasear chicos. Por eso está en nuestro logo, es señal de identidad”, bromeó.

“Lo nuestro es sencillo, pero en esa sencillez lo sostuvimos 23 años, porque una forma de trabajar por el futuro es asegurar la alimentación en condiciones dignas para la infancia. En la actualidad tenemos 40 niños, pero hubo épocas muy difíciles que llegamos a 100. Ni hablar de lo que fue la pandemia. Seguíamos trabajando, dábamos la vianda de la leche y  también la vianda de la cena. Durante todo ese año completo armamos las viandas y todo con donaciones”, concluyó.

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