LAS CALLES - Bernardo de Monteagudo

Prócer, idealista y polémico

Su nombre fue impuesto el 14 de septiembre de 1954, mediante Ordenanza Nº 949, sancionada durante la Intendencia de José Perazolo
domingo, 16 de marzo de 2025 · 09:00

Bernardo de Monteagudo nació en Tucumán el 20 de agosto de  1789. Sus orígenes están teñidos de misterio. Se sabe que su padre fue Miguel de Monteagudo, un español que llegó a las colonias para probar suerte, y su madre, la tucumana Catalina Cáceres Bramajo. Una versión sostiene que su madre era la esclava de un sacerdote que vio en la unión con el español la posibilidad de lograr su libertad.

 La calle se inicia en la calle Buenos Aires, donde marca parte del límite entre los barrios San Martín y Malvinas Argentinas hasta San Luis,­­ y concluye en la prolongación del bulevar Sarmiento, en el barrio Malvinas Argentinas 

Desde niño, la sociedad colonial lo discriminó por su condición de mestizo. “Fue víctima del racismo más cruel y nefasto. Sufrió acoso sistemático (hoy llamado ‘bullying’), aunque siempre estuvo orgulloso de sus orígenes. A pesar de eso, la determinación de Monteagudo pudo más: logró entrar a la elitista Universidad de Chuquisaca, en Bolivia, donde estudió Teología y se graduó en Leyes con honores en 1808, año en que Napoleón invade Francia, poniendo en jaque al Gobierno de Fernando VII. Con 18 años escribió “Diálogo entre Atahualpa y Fernando VII”, una conversación imaginaria entre el último monarca del imperio inca y el rey desplazado. El texto circuló de forma clandestina, avivando el clima revolucionario de la época.

Participó de la Rebelión de Chuquisaca, a raíz de la cual fue encarcelado por deslealtad al rey”. Se fuga de la cárcel y viaja a Potosí para ponerse a las órdenes de Juan José Castelli, representante del ala más radical de la revolución. Desde allí apoyó la abolición de los tributos a los indígenas y la supresión de los títulos de nobleza, entre otras cuestiones.

Era implacable con sus enemigos: luego de sufrir la derrota de la batalla de Huaqui (1811) partió a Buenos Aires, donde fue fiscal en el juicio a Martín de Álzaga por conspirar contra la Revolución. El juicio, en el que no se les permitió a los acusados defenderse, culminó con el fusilamiento de Álzaga y de otros acusados. El hecho causó conmoción en el ambiente revolucionario y le granjeó fama de cruel y despiadado.

También integró logias masónicas, como la Sociedad Patriótica y la Logia Lautaro. Esta última tuvo en sus filas a José de  San Martín, a quien Monteagudo quería y admiraba, pero con quien mantendría una relación por momentos tirante, y por Carlos María de Alvear.

Continuó su lucha revolucionaria a través del periodismo, fundando periódicos como “Mártir o Libre”, en 1812. Ese mismo año apoyó la revolución que depuso al Primer Triunvirato y ungió al Segundo, encabezado por miembros de la Logia Lautaro como Alvear, quien se convirtió en Director Supremo. “Ahí empezó el gran problema de la disputa entre San Martín y Alvear. Este envía a San Martín a Mendoza para sacárselo de encima”.

En 1815, al caer Alvear, Monteagudo fue encarcelado, pero nuevamente logró fugarse. Huyó a Europa, donde vivió dos años, luego de los cuales se le permitió regresar. Volvió cambiado: había suavizado algunas de sus posturas políticas, volviéndose partidario de instalar una monarquía constitucional.

En 1817 viajó a Chile y se convirtió en auditor del Ejército de los Andes, a las órdenes de San Martín. Un año después, luego de la derrota en la Batalla de Cancha Rayada, viajó a Mendoza para reorganizar las fuerzas. Después de la victoria patriótica en la Batalla de Maipú participó en la ejecución sumaria de los hermanos Juan José y Luis Carrera, contrarios a la línea sanmartiniana. El hecho fue desaprobado por San Martín, quien ordenó confinarlo en San Luis. Sin embargo, en 1820 vuelve a colaborar con el general en la Expedición Libertadora del Perú.

Ya con Perú liberado, en 1821, Monteagudo se convirtió en ministro de Guerra y de Relaciones Exteriores, y más tarde se hizo cargo del Gobierno de dicho país. Pero sus ideas monárquicas, muy impopulares en Perú, y su perfil de “déspota” impulsarían su posterior caída. Así, en 1822, cuando San Martín dejó Lima para unirse a Simón Bolívar en Guayaquil, se le exigió a Monteagudo la renuncia. Más tarde, el Congreso de Perú lo desterró a Panamá.

Logró regresar a Perú en 1824, junto a Bolívar, con quien se había reunido en Ecuador.

Muere asesinado el 28 de enero de 1825.

 Su asesinato dio lugar a investigaciones y polémicas, pero se sabe que los autores materiales fueron Candelario Espinoza, un exmilitar realista, y Ramón Moreira, esclavo y cocinero de Francisco Moreira y Matute, uno de los fundadores, junto a Monteagudo, de la Sociedad Patriótica de Lima. Ambos recibieron una pena de cárcel de 10 y 6 años, respectivamente.

La  figura de Monteagudo fue tan  fascinante como terrible, mezcla de atracción y repulsión, y los claroscuros de su personalidad avivan el interés psicológico, sin invalidar la importancia histórica de su contribución a la lucha emancipadora.

En la novela “El Diablo”, de Florencia Canale, se rescata del olvido a Monteagudo, no solo de su vida política, sino también de sus experiencias amorosas, incluyendo el supuesto amor clandestino entre él y Remedios de Escalada, ni más ni menos que la esposa de José de San Martín (retrato).

Su éxito con las mujeres fue uno de los motivos del odio de sus opositores. Se decía que “las mujeres recibían a Monteagudo con los brazos abiertos”

Pacho O’Donell también lo describió magistralmente a Monteagudo. Decía de él: “Fue un apasionado escritor, tribuno y amante. Supo ganarse la más estrecha confianza de quienes protagonizaron la epopeya independentista sudamericana: Alvear, O’Higgins, San Martín y Bolívar”