Criptoescándalo - El análisis del politólogo Joaquín Herrera

“Milei quedó atrapado en un extraño silencio” por el caso

El licenciado en Ciencias Políticas analizó que el presidente “no tiene cómo responderle a la sociedad de manera convincente”. Está “empujado por la imposibilidad de gritar, acusar o desacreditar a sus rivales políticos”, apuntó
jueves, 27 de febrero de 2025 · 08:29

“Empujado por la imposibilidad de gritar, acusar o desacreditar a sus rivales políticos, Milei ha quedado atrapado en un extraño silencio”, afirmó  Joaquín Herrera, politólogo villamariense.

Con él hablamos sobre el Criptogate, el escándalo autoinfligido por Milei el 14 de febrero pasado, cuando recomendó una criptomoneda que dejó un tendal de estafados.

Un “error no forzado”, al decir de Joaquín.

Tras mencionar las consecuencias electorales y técnicas del caso, consideró pertinente rescatar una lectura política del evento. En este sentido, resaltó “la impotente y árida respuesta del Gobierno frente a las acusaciones de corrupción”.

“El aspecto político relevante que merece ser destacado de tal debilidad se nos presenta con mucha mayor claridad cuando lo contraponemos al recurrente lenguaje de violencia del oficialismo. Este lenguaje dista de la frágil respuesta mal articulada en entrevistas incómodas y ruedas de prensa que intentan restarle importancia al suceso”, razonó.

“La retórica del espacio de Milei se caracteriza por ser propensa a explosiones de ira, actuaciones tan hiperbólicas que se asemejan más a una puesta en escena sin capacidad de entusiasmo, que se suman a una extraña recurrencia por metáforas tan forzadas como grotescas. Este es justamente el corazón de una expresión conservadora de la política que se precia de consolidar su identidad en todos los elementos que se encuentran en lo diametralmente opuesto como liberal”, analizó el licenciado en Ciencias Políticas.

“El liberalismo busca consolidar las instituciones que garanticen la discusión en la arena política, reconociendo no solo el derecho a la voz, sino también su propia legitimidad. Sin embargo, para el conservadurismo, la palabra debe cederle su lugar al estruendoso ruido de la motosierra, que no solo amputa presupuestos, sino que también corta la posibilidad de consolidar la discusión democrática. Pero el silencio que sobreviene al mecánico zumbido de la máquina anuladora de debate no pretende instaurarse de una vez y para siempre, ya que ella solo allana el camino para dicho lenguaje de violencia. El insulto, el agravio o el grito podrían ser comprendidos (mucho antes que como un abuso verbal) como actos de desesperación que no encuentran la palabra pertinente para articular con éxito la complejidad de la vida; insultar o gritar es poco menos que una confesión de impotencia”, describió Herrera, al dialogar con elDiario desde España, en donde vive actualmente.

Entonces, se preguntó: ¿Dónde está el lenguaje de violencia en este acontecimiento específico? ¿No es justamente la ausencia de exabruptos lo que marca la respuesta del Gobierno? ¿No era, acaso, la impotencia antes mencionada la propia del deslegitimar la voz ajena a través del agravio? ¿Es, entonces, una trampa crítica decir que es impotente la respuesta que recurre al facilismo del lenguaje de la violencia y débil la que no lo hace? ¿Será que la debilidad primeramente caracterizada se corresponde con otra forma de precariedad política?

 

No saben cómo responder

“Un Milei que no insulta o un (Manuel, el vocero) Adorni que no puede jactarse en conferencia de prensa de forma socarrona de una falsa superioridad moral son personajes inapropiados que se muestran como fuera de lugar, personajes de un medieval drama romántico forzados a interpretar una película contemporánea de terror. Puestos en el lugar de querellados políticos, no saben cómo hablar, cómo responder, porque no pueden recurrir a las diatribas y monólogos de la furia que conocen con la exactitud del ensayo cotidiano. Milei es interpelado por la sociedad a la que gobierna, por los medios de comunicación y periodistas que lo llaman, pero no tiene cómo responder”, advirtió.

El politólogo profundizó en que “Milei insulta como panelista instigador, por ello recurre una y otra vez al beneplácito (que, extrañamente, no le fue convalidado) de un periodista para que le confirme la particular autoconvicción de presentarse a la sociedad como economista antes que presidente, privado antes que político, reservado antes que público. Mientras su endeble figura política ha sido construida sobre la noción de acusador moralista, su retórica ha sido configurada sobre la primera instancia de cancelación del debate político, seguida de un arrollar agraviante que elimina cualquier posibilidad real de debate”. “Frente a este estado de cosas no tiene cómo responderle a la sociedad de manera convincente. Empujado por la imposibilidad de gritar, acusar o desacreditar a sus rivales políticos, Milei ha quedado atrapado en un extraño silencio. No es que no tenga nada para decir, sucede que se encuentra entre el silencio post-motosierra y la aridez de la discusión política acostumbrada a la violencia del lenguaje”.

“Ahora, y como bien lo mostraron filósofos como Agamben y Roberto Espósito, ese lenguaje de violencia muestra cómo se somete a una violencia del lenguaje que desnuda a la retórica de Milei con claridad inusitada, como tan carente de fuerza convincente que se desvanece con el mismo vértigo que la riqueza virtual”, analizó el joven.

 

¿Y ahora?

Consultado por su visión sobre cómo continuará este tema, evaluó que “la sociedad argentina es completamente volátil, compleja y diversa”, lo que hace difícil hacer futurología. No obstante, indicó que “las encuestas marcan una tendencia a la merma, no solo en lo vinculado al crecimiento de imagen positiva que venía teniendo”. Ha sido “un golpe negativo en imagen e intención de voto”, pero aclaró que “no es fácil predecir” por el tiempo que falta para las elecciones legislativas y por las características de la sociedad.

“En lo político es mucho más difícil” aventurar qué ocurrirá, “porque para la política no existen estadísticas, metodologías ni encuestas, por más imprecisas que estas sean”. “Ya lo decía muy bien Maquiavelo, cuando decía que los grandes políticos se someten a dos variables imposibles de sustituir o doblegar: la virtud o la capacidad de acción personal, pero también lo es el azar, que no depende de ellos, sino justamente de cómo saben con su virtud navegar los imprecisos mares del azar de la existencia”, dijo, para concluir: “La mera contingencia tal vez forje a un gran político, tal vez termine de ponerle lo que parece el último clavo a un ataúd político generado por un error no forzado propio”.