Caritas Felices hace un esfuerzo enorme para seguir
Una demanda de comida alta y dificultades para continuar
“La pancita no tiene vacaciones”, dijo Marisa. Además de los niños que comen en el espacio, hay jóvenes y adultos en situación de calle que retiran la vianda al mediodía“Acá no hay vacaciones. La pancita no tiene vacaciones”, dijo Marisa Sánchez, la cara visible del comedor comunitario Caritas Felices, en barrio La Calera, de Villa María.
Lo contó en medio de otras cosas que comentó, que giraron en torno lo difícil que está la situación, que se hace palpable en la comida diaria que se sirve en el lugar, ubicado en calle Juárez Celman al 800, a media cuadra de las vías del ferrocarril.
Setenta, ochenta o noventa personas se alimentan todos los días por la labor solidaria de las mujeres del comedor, que hacen la comida con la ayuda de muchos vecinos y vecinas de la ciudad.
En junio próximo, el comedor cumplirá 14 años. Marisa nos vuelve a repetir algo que estuvo siempre en el deseo de quienes crearon este espacio, deseo que a la luz de los acontecimientos cada vez se alejó más. “Siempre quisimos que el comedor no sea necesario, pero que no sea necesario porque los chicos pueden comer en sus casas. No que se cierre porque no tenemos cómo sostenerlo”, planteó a elDiario en este fin de semana caluroso de febrero.
En los últimos tiempos, fueron muchos los momentos en que el temor a poder sostenerlo se acrecentó.
Es que la demanda es alta y a veces lo que se consigue no alcanza. Marisa dijo que ella no quiere dinero.
La Municipalidad le entrega plata por mes para poder pagar las boletas de agua, luz y gas. “Hasta diciembre fue de 125 mil pesos. Este año no sabemos de cuánto será”, explicó.
Ese monto no llega a cubrir todas las boletas, pero es una ayuda esencial, porque cuando se demora las mujeres de Caritas Felices entran en pánico. Con bolsas de mercadería (la carne y las verduras nunca faltan) no pueden pagar las boletas.
Lo que ayudaría muchísimo al espacio es que se les subsidien los servicios.
Acá se cocina todos los días.
Al plato diario que se sirve para unos 80 niños y niñas (sobre todo de La Calera), se suman viandas también diarias que ellas preparan para jóvenes y adultos en situación de calle.
“Ahora al mediodía vienen cinco jóvenes a buscar sus viandas. Están en la calle. Viven en el Parque Pereira”, nos informó Marisa.
La impulsora del Caritas relató el momento en que un niño le preguntó si iban a existir vacaciones. “No, nosotros no cerramos nunca. Es de lunes a viernes todo el año. No podemos cerrar”.
Calor agobiante o frío crudo, la cocina y las puertas del ya emblemático espacio se abren igual.
“Villa María nos conoce y hay mucha ayuda de comida. Siempre hay gente que nos colabora, que está siempre. Es que lo que hacemos está a la vista”, agradeció Marisa.
“La realidad es muy triste”, dijo un par de veces. Acá se refleja la carencia, la falta de oportunidades, la necesidad. “Me supera, me pone muy, muy triste”.
Muchos niños que concurren viven con su madre, el padre está ausente. Son familias con ellas como jefas de hogar. Y pasan los años y la realidad permanece inalterable: si Caritas Felices no abre, ¿dónde comen los niños?
