VERANOS EXTREMOS - En busca del alivio y un respiro

Cuando la sombra es un paraíso

martes, 30 de diciembre de 2025 · 08:30

Escribe: Beto Arce DE NUESTRA REDACCIÓN

 

Hay árboles que no necesitan presentación. El paraíso es uno de ellos. No porque figure en catálogos oficiales, sino porque está tatuado en la memoria colectiva de varias generaciones. Es el árbol de los patios grandes, de los fondos con gallineros, de la huerta al costado, del banco improvisado bajo la sombra espesa. El árbol que estaba ahí cuando no había celulares, cuando el tiempo se medía de otra manera y el calor se combatía como se podía: buscando sombra.

Hablar del paraíso es hablar de una planta que atraviesa décadas, modas, discusiones técnicas y decisiones políticas. Una planta que acompañó a nuestros abuelos y a los abuelos de nuestros abuelos. Que creció donde había espacio y necesidad. Porque si algo fue constante a lo largo de la historia, más allá de cualquier debate ambiental, es que el ser humano siempre necesitó sombra.

Hoy, sin embargo, el paraíso carga con ese rótulo incómodo de ser “plaga”. Se lo señala, se lo estigmatiza, se lo pone en la lista negra de lo que hay que erradicar. Se lo acusa por sus frutos (las famosas “bumbulas”), por su capacidad de reproducirse, por ocupar lugares donde otros árboles “deberían” estar. Y así, poco a poco, se lo empuja hacia afuera.

Pero el paraíso resiste. Resiste en los patios que todavía no fueron loteados. Resiste en los terrenos baldíos donde nadie se ocupa de nada. Resiste en los sectores del nuestro querido río Ctalamochita, donde crece sin que nadie lo moleste, donde tira sus semillas, brota de nuevo y hace lo que siempre hizo: dar sombra. Tal vez por eso molesta. Porque no pide permiso. Porque simplemente crece.

La discusión, en el fondo, va mucho más allá del paraíso. Tiene que ver con cómo pensamos nuestras ciudades y qué lugar le damos a lo vivo. Porque aunque el Gobierno de Milei en Argentina lo niegue, y otros a nivel internacional lo relativicen, el cambio climático no es una opinión: es una realidad que se siente en la piel. Y aun suponiendo que todo siguiera como hace veinte o treinta años, el verano llega igual. El calor aprieta igual. Y la diferencia entre estar bajo el sol o bajo un árbol sigue siendo brutal. No importa la especie: cualquiera que haya caminado una cuadra en pleno mediodía sabe que cruzar una sombra cambia todo. Baja la temperatura, baja el cansancio, baja la urgencia. La sombra no es un lujo: es una necesidad básica en la vida.

En ciudades como las nuestras, donde el crecimiento fue rápido y muchas veces desordenado, la discusión sobre el arbolado no puede reducirse a eliminar lo que molesta. Erradicar sin reemplazar y reemplazar sin mantener es empobrecer. Sacar árboles sin pensar qué se pone en su lugar (y regarlos) es condenar a las futuras generaciones a más cemento, más calor y menos refugio. En este contexto, los días de altísimas temperaturas que pisan -y/o superan- los 36 grados ya no son excepciones. Se repiten cada verano con mayor frecuencia. Los anuncios del Servicio de Clima se acumulan por estos días: alertas, avisos, olas de calor. Las ciudades responden como pueden, intensificando puntos de hidratación, recomendaciones, cuidados mínimos para atravesar jornadas agobiantes. Pero el problema ya está entre nosotros y responde a veranos cada vez más difíciles de soportar sin sombra. El paraíso, con todas sus virtudes y defectos, es un árbol noble. Llamarlo plaga no lo hace desaparecer. Al contrario: lo empuja a sobrevivir donde puede. Y aun así, sigue cumpliendo su función. Cuando el calor acecha, el paraíso está. Como estuvo siempre. Tal vez no se trate de defender a un árbol a ultranza ni de romantizar el pasado. Tal vez se trate de entender que las ciudades también tienen memoria y que no todo lo heredado es un error. Que la sombra que hoy disfrutamos es, muchas veces, una decisión –o una casualidad– de hace décadas. El paraíso no es solo un árbol. Es un recordatorio de que el tiempo pasa, pero el cuerpo humano sigue reaccionando igual al sol. Y cuando el verano aprieta, cuando el asfalto quema y el aire pesa, la sombra vuelve a ser lo que siempre fue: un pequeño alivio, sencillo y vital.