Las calles

Marcelo Javier Suppo: la calle de la colectora

­El nombre de la calle fue otorgado por Ordenanza Nº 7.447, del 24 de octubre de de 2019, durante la Intendencia de Martín Gill
domingo, 19 de octubre de 2025 · 11:00

Marcelo Javier Suppo nació el 6 de agosto de 1967 en el barrio Ameghino de nuestra ciudad.

Era hijo de Héctor Suppo y Angélica Yuom.

Hizo sus estudios primarios en el José Ingenieros y la secundaria, primero, en la Escuela del Trabajo, y posteriormente, en el Instituto Bernardino Rivadavia, donde se recibió.

En 1997 se casó con  Paula Castro,  con quien tuvo dos hijas (Milena y Morena). Además, Javier tenía otro hijo (Valentín), de una relación anterior.

Precisamente, Paula, su compañera de vida, nos relataba lo siguiente: “Fue un leonino de alma; el  Gordo, como le decían, era fuerte, generoso y siempre dispuesto a dar una mano”. Vecino de toda la vida, se ganó el cariño de todos por su buen humor y su forma sencilla de ser. Era bostero de corazón, fanático de las letras de Sui Generis, los Redondos y Charly García.

Su militancia peronista fue una parte esencial de su vida. Perteneció al Ateneo Arturo Jauretche y a la gloriosa Juventud Peronista, con la que acompañó a Eduardo Accastello en su camino a la Intendencia.

“Era un hombre de rutinas particulares: tenía horario para salir de casa, pero no para regresar. Podía estar en una reunión institucional y, sin dudarlo, desviarse a visitar a alguien para compartir un mate”, afirmó Paula.

Conocía el territorio como nadie, caminó cada barrio, cada calle, cada rincón de la ciudad. Ese lugar que ocupaba, tan cercano a la gente y que hoy nadie pudo reemplazarlo.

Con sus hijas Milena y Morena

Fue, sin dudas, el funcionario que más conoció la calle porque eligió no gestionar detrás de un escritorio, sino desde la necesidad del otro. Nunca hizo diferencias políticas frente a una situación de ayuda o acompañamiento, aun cuando eso, a veces, le generara dificultades dentro de la propia estructura.

“Su compromiso era con la gente, con la realidad concreta, con la palabra cumplida y con la presencia constante. Nuestra casa era un punto de encuentro constante, siempre llena de gente y charlas interminables. Salir a la calle con él significaba parar en cada cuadra para saludar a alguien”, dijo su compañera, que añadió: “Su tiempo se repartía entre la política, lo social y familiar; siempre encontraba un momento para con sus hijas; fue un padre presente, comprometido y amoroso, que dejó en ellas valores profundos que hoy sigo viendo reflejados con orgullo”.

En el Ateneo Arturo Jauretche, donde comenzó a desandar su primera etapa de militancia junto a entusiastas jóvenes comprometidos con la realidad  

“Hoy, su imagen la tengo en nuestras hijas. Ellas heredaron plenamente sus valores, su forma de mirar al otro, su compromiso y su calidez”, resaltó.

Paula dijo, además:?“Cuando se va una persona tan joven, uno se enoja con Dios. Pero con el tiempo aprendí a agradecerle: agradecerle por haberlo tenido en mi vida, por haberlo compartido, por todo lo vivido y, sobre todo, por haberme dejado las hijas maravillosas, que son mi todo. Ellas viven el recuerdo de su papá cada día, en el testimonio de la gente que, al enterarse de que son hijas de Javier, siempre les comparte alguna anécdota, una historia o una sonrisa”.

Suppo, visitando una de las obras del ProMeBa (Programa de Mejoramiento de Barrios)

“Así vivió Javier: con integridad, compromiso, lealtad y amor. Quienes lo conocimos lo recordamos todos los días con alguna anécdota. Imposible no seguir amándolo. Trabajó hasta el último día; el día anterior de su partida todavía siguió con el teléfono en la mano, haciendo gestiones”, concluyó su esposa.

A la vez, la licenciada en Comunicación, Paula Navarro, compañera de militancia, gestión y amiga personal, señaló: “Javier encontraba la particularidad de cada persona que tocaba con su sonrisa, casi de manera inmediata elegía un apodo para describirla. Con ironía, pero con franqueza, te regalaba su amistad, sus consejos, sus argumentos contrarios, y ahí nomás se armaba una juntada, una comida, una celebración”.

Una gran cantidad de vecinos y trabajadores escuchan atentantamente a Javier Suppo en el Centro de Adopción Municipal

“Observador, con la capacidad emocional de ‘leer a las personas’, generando así lazos sanos y duraderos, porque estaba su mirada atenta a los demás, fue quien daba lo propio pensando primero en las necesidades de los otros”.

“Javier vivió valorando cada minuto, cumpliendo en cada instante su propósito en este mundo, tal vez podremos describir parte de su vida con dos lemas del estoicismo: "Accipe sine superbia, dimitte sine adhaesione": recibe sin orgullo, despréndete sin apego, y “Memento Mori”: recuerda que vas a morir”, afirmó Navarro.

Suppo abrazó la militancia política desde muy joven, en los 80, cuando fue uno de los principales activistas del Ateneo Jauretche, del justicialismo local. Cuando el grupo llegó a instancias de poder se transformó en uno de los colaboradores más cercanos con los que contó Accastello. Cuando el líder del grupo llegó a la Intendencia por primera vez, en 1999, Suppo ocupó el cargo de secretario habilitado del Concejo Deliberante. Y cuatro años después ya ingresó a la Casona de Pereira y Domínguez con el mandato popular de ocupar una banca.

En 2007 fue reelecto y hasta 2011 fue el presidente del Legislativo, función por la cual le tocó ocupar el Sillón de Pedro Viñas en períodos de licencia de quien desempeñaba la titularidad del Ejecutivo.

En 2011 dejó la sede legislativa de Mitre 90 para asumir funciones en el Ejecutivo. De 2011 a 2015 fue el secretario de Gobierno y Descentralización Territorial del tercer mandato de Accastello.

Presidía el Ente de Desarrollo Productivo y Tecnológico, designado por el intendente Martín Gill al momento de su desaparición física.

“El Centro de Promoción Familiar, en la intersección de calles Teniente Ibáñez y La Quiaca, en Barrio Botta, lleva su nombre”, recordó Navarro.

Suppo falleció el 10 de mayo del 2016, a los 48 años.