DÍA DEL PELUQUERO - Tres generaciones de peluqueros

Abuela, madre e hijos con la misma pasión

Se conmemora hoy el día de los y las peluqueras. Elegimos para estas páginas especiales hablar con integrantes de una familia que por tres generaciones lleva adelante el oficio
domingo, 25 de agosto de 2024 · 08:16

Élida Cavallo comenzó con su peluquería primero en el bulevar Cárcano y luego en el barrio Santa Ana; le siguió su hija Alejandra Alaniz, quien primero trabajó con ella y años más tarde se mudó al centro. Los hijos de Alejandra, Tomás y Carolina Catena, siguieron el mismo camino.

Hablamos con los protagonistas de esta familia de peluqueros que, además, tienen una particularidad: cada vez que inauguraron un espacio, lo hicieron, casi por azar, un 29 de septiembre.

 

29 de septiembre de 1962

Antes de esa fecha que marcaría el inicio de esta historia, Élida era una joven empleada de comercio. El negocio en el que trabajaba iba a cerrar y ante la eventualidad de quedarse sin empleo, decidió empezar a trabajar como peluquera. No fue su primera opción, pero sí una alternativa.

“Fui a una academia que te formaba un poco”, dice Élida al comienzo de la nota. Da a entender que, en realidad, en el lugar ponían a las estudiantes a trabajar como ayudantes para hacer prácticas. Pero luego, la gente de Loreal comenzó a hacer cursos en lo que era el Palace Hotel -hoy edificio municipal- y allí se enamoró de las posibilidades del color.

“Abrí mi peluquería en Cárcano al 300 y después, cuando me casé y llegaron los hijos, la llevé al barrio Santa Ana, donde vivía”, comienza diciendo Élida.

Esa primera peluquería fue fundada el 29 de septiembre de 1962, cuando Élida tenía 20 años. En honor a su nombre y el de su hermana Miriam -que tenía 13 años cuando comenzó a ayudarla-, llamaron a la peluquería Mirel.

Cuando ya estaban en el barrio Santa Ana, una pequeña ayudante, Alejandra, empezó a hacer los primeros pasos en el oficio.

“A todos nosotros nos gusta innovar. Pero lo primero que tenemos como norte en el trabajo es el cuidado del pelo, porque en un pelo roto no podés hacer nada”, dijo Alejandra.

 

29 de septiembre de 1991

“De alguna manera es un negocio familiar. Ella -Élida- tenía la característica de que todos pasábamos por la peluquería. Mis hermanos varones en la caja, otros ayudando a lavar el pelo y después, yo hice lo mismo con mis hijos”, dijo Alejandra Alaniz, la segunda generación de peluqueros de la familia.

Recordó que para remplazar vacaciones o para reunir plata para viajes de estudios, sus hijos iban a ayudarla al local.

“A todos nos pasó que primero no pensábamos estar en la peluquería, pero luego encontramos nuestra pasión allí”, recordó Alejandra.

Ella misma, cuando se casó, decidió dejar la tarea que tenía con su madre y se fue a trabajar con el marido a la pinturería familiar. “Igual, iba los fines de semana a ayudar a mi mamá y me hacía unos pesos extra”.

Hasta que llegó un día, cuando ya habían nacido cuatro hijos, que decidió que su camino no estaba en la pinturería y decidió asociarse con su mamá, buscando también mayor independencia económica. “No sé si le pregunté, pero volví a la pelu con mi mamá, ya no como empleada ni ayudante, sino como socia. Ahí nació Charme”.

“Aspiro a que creemos un espacio híbrido; que sea, por supuesto, una peluquería, pero también un punto de encuentro entre mujeres, donde hablemos de las cosas que nos importan”, dijo Carolina.

Hicieron obras en local para ampliarlo y albergar el trabajo de madre e hija que sumaban cada vez más clientes, y el 29 de septiembre de 1991 lo inauguraron. Habían pasado 29 años de la primera peluquería de la familia.

“Al camino que había hecho mi mamá, le puse mi impronta”, dice Alejandra. “Como mi perfil es más hacia el lado de la comunicación, empezamos a trabajar con los medios de la época. Me acuerdo que pensamos en una publicidad radial que fue muy novedosa. La quería sin música de fondo, porque entonces todas tenían música. Decidí que una voz grave y seria, tenía que decir: ‘¿Podés levantar los brazos sin que se te caiga la cara?’. Y luego de un silencio, ofrecíamos un tres por dos en depilación. Tenía humor y era muy llamativa”.

Así continuó el trabajo de Alejandra, se mudó a otro local en el centro “porque tenía que estar más cerca de mi casa y de mis hijos” y fue diversificando la peluquería; no solo con sucursales, sino sumando servicios y estilo propio.

Mientras, los hijos crecían. “Me acuerdo de que una vez no llegaba con el tiempo y tenía una madrina de casamiento que venía por primera vez a la pelu. Le pedí primero a ella que me tuviera confianza y a Carolina -la hija- que por entonces tenía 10 o 12 años que me ayudara. Le hizo los rulos mejor que nadie. Lo llamativo era que Caro, parada, no llegaba a la altura de la mujer sentada, no se veía. Esa mujer hoy sigue siendo clienta”.

Después llegó Tomás. Como todos en la familia, había dado una mano en la peluquería, pero él siempre en tareas más administrativas y de organización. Hasta que un día fue con su mamá a Buenos Aires a un curso de corte, donde se despertó una pasión por la barbería que abrazaría años después.

“El trato con la gente es lo que más me gusta. Jamás me canso de hablar con las clientas”, dijo Élida.

29 de septiembre de 2020

Tomás Catena pensaba que entre la peluquería y la pinturería, las dos opciones familiares, iba a elegir la última. Sin embargo, el impacto que tuvo en él ese primer curso y las capacitaciones que siguieron le abrieron la mente a un mundo distinto, el de la barbería.

Cuando empezó a sumarse a Charme guardaron para él un espacio donde empezó a crear una comunidad. Primero, iba un día a la semana, y el resto lo dedicaba al estudio, la pinturería y el deporte. Luego dos, y finalmente decidió que su camino era dedicarse de lleno a la barbería. “Si me preguntás cómo me imagino de viejo, es cortando el pelo. Lo hago con mucha pasión”, dijo.

Desde su labor, genera ideas que impactan en un nuevo concepto de masculinidad, por ejemplo, lanzando campañas de salud específicas para hombres, la que tuvo un alto impacto en la ciudad.

En un momento, reconoció que la convivencia entre la pelu y su espacio era difícil. “Lo tomábamos en broma, pero por ahí nosotros queríamos escuchar Luis Miguel y él y sus clientes, algo de rock”, acota Alejandra.

Así fue que nació un nuevo espacio, Vita Bona. “Fue casualidad, cuando tuvimos todo más o menos listo dijimos: ‘Inauguramos’. Era un 29 de septiembre de 2020, en medio de la pandemia”, señaló Tomás. Habían pasado exactamente 29 años de la inauguración de la peluquería de su mamá y abuela.

“Creamos una comunidad desde la que construimos una nueva masculinidad”, dijo Tomás.

El espacio fue pensado como una barbería con un bar, pero luego fue creciendo y hoy, los clientes del café ocupan cada vez más espacio y pueden ver “en vivo” la labor de los barberos que están dentro del local ubicado “al fondo”, dice la cronista de elDiario que entrevistó a la familia. “Prefiero decir que está en el corazón”, contesta Tomás.

Él no es el único de esta tercera generación de peluqueros. Carolina Catena, su hermana, es licenciada en Administración de empresas, y si bien conservó intacto el talento que mostró de niña, no pensaba que iba a dedicarse a la misma actividad.

Como su abuela, su madre y su hermano, la peluquería no fue la primera opción.

“Yo siempre tenía un pie afuera del país. En la época de la facultad me dediqué a estar en Córdoba y venía los fines de semana a trabajar en la pelu. Me fui un año a Estados Unidos y cuando volví para hacer la tesis y recibirme, pensé que no me iba a quedar en Villa María. Justo en ese año, impulsada por mi mamá, entro en un certamen de Loreal que ofrecía como uno de los premios la posibilidad de ser educadora de la marca. Lo gané y eso me permitió una gran conexión, porque en esos años viajé por todo el mundo”, dijo.

Hoy, Carolina es la protagonista de Charme, pero, como su madre, le va a agregar su visión. “Siempre honrando lo que aprendí de los que caminaron antes, pero sumando mi impronta”, dijo. Aspira a que la pelu sea el espacio de encuentro donde se puedan compartir experiencias y trabajar “con la imagen desde adentro hacia afuera, para que nosotros seamos intérpretes de lo que la persona quiere expresar”, concluyó.

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