Los lectores también escriben - Una mirada local sobre un hecho de la historia

A 52 años de la masacre de Trelew

jueves, 22 de agosto de 2024 · 08:30

Escribe: Arq. Hugo Las Heras

 

En esa fría mañana del 15 de agosto de 1972, me encontraba en dependencias de la empresa Obras Sanitarias de la Nación, en Córdoba capital, donde me desempeñaba.

Enseguida me fui encaminando, como muchos otros desde otros lugares, hacia los sindicatos en los que nos encontrábamos. Estábamos eufóricos, por las noticias que recibíamos desde Trelew, donde los presos políticos (todos jóvenes que no superaban los 25 años) habían logrado tomar el penal e intentar una fuga masiva.

Eran combatientes de la dictadura de Agustín Lanusse, remplazante de Juan Carlos Onganía, quien abandonó su cargo a raíz de los sucesos del Cordobazo.

La fuga fue, en parte, un éxito, ya que seis líderes de las organizaciones lograron llegar al aeropuerto de Trelew, abordar un avión de la línea aérea Austral y huir en esa nave a Chile.

Otro grupo de guerrilleros logró llegar al aeropuerto, pero tarde ya, porque el avión, con el pequeño grupo, ya había partido. Quedaron entonces sus integrantes en el edificio de la estación aérea, y luego de horas de negociación les prometieron que los llevarían nuevamente al penal, sin riesgo para sus vidas (eran 19, entre ellos, dos mujeres embarazadas).

En el penal se encontraba detenido Agustín Tosco, quien optó por no fugarse, ya que no abrazaba la lucha armada, sino que la suya era estrictamente sindical.

Los 19 presos fueron llevados a un penal militar (en contra de lo resuelto incluso por dos jueces, que participaron de las negociaciones).

La base de la Marina se llamaba Almirante Zar y allí quedaron alojados e incomunicados durante seis jornadas.

A medida que pasaban los días, del 16 al 22 de agosto, la situación era de total confusión. El avión de la fuga estaba retenido en Chile, con una fuerte presión internacional que le exigía al presidente Salvador Allende la devolución del mismo y de los guerrilleros fugados a la Argentina, inclusive con los que habían participado en el secuestro del avión en Buenos Aires.

De los presos retenidos en la base Almirante Zar nada se sabía...

Temprano, el 22 de agosto, la Armada emitió un comunicado diciendo que los 19 detenidos habían intentado una fuga y que los habían matado a todos, a los 19.

Una sensación de impunidad e indignación embargó a todo el pueblo argentino: no había duda que los habían asesinado.

 Luego supimos que tres de los 19 quedaron malheridos pero con vida. Eran: María Antonia Berger, Miguel Ángel Camps y Ricardo Haidar, quienes, posteriormente, contaron los episodios del fusilamiento. Los tres fueron luego alojados en la cárcel de Villa Devoto y de allí trasladados y desaparecidos. Nunca se supo nada más de ellos.

Allende, presidente de Chile, reunió a su Gabinete y jefes militares y le manifestó que si devolvían el avión, estos jóvenes iban a correr la misma suerte que los 19 fusilados. Pegó con un puño a la mesa y dijo: “Que sigan su viaje a Cuba, donde los espera el asilo”. Y en ese vuelo se van  Roberto Quieto, Fernando Vaca Narvaja, Marcos Osatinsky, Mario Roberto Santucho, Domingo Menna y Enrique Gorriarán Merlo.

El relato de los hechos

Berger Camps y Haidar (sobrevivientes), contaron que fueron llevados a un espacio muy estrecho, donde había no más de veinte celdas, de 1,80 x 2,20 metros, que daban a un pasillo angosto donde se abrían las puertas de las celdas y que eran permanentemente agredidos y amenazados.

En la madrugada del 22 de agosto, los despertaron a los gritos (dormían en el suelo sin siquiera una colchoneta). A medida que salían al pasillo de la celda, eran ametrallados por dos carceleros ubicados en la entrada del mismo.

Así fueron cayendo uno a uno, algunos alcanzaban a tirarse nuevamente a la celda. Luego, dos militares se apostaban en las puertas de las celdas y los remataban con un tiro en la cabeza.

María Berger, relató que escuchó cuando Ana Villarreal de Santucho (embarazada de ocho meses, que ocupaba la celda colindante). Les pidió que salvaran a su bebé, que tenía ocho meses de embarazo, y la respuesta fue darle un tiro en la cabeza y otro en la panza.

Trece murieron en el acto, tres sobrevivieron dos días, pero no fueron atendidos (murieron heridos y desangrados) y tres sobrevivieron.

En la calle la gente realizaba actos y manifestaciones en repudio. Los cadáveres fueron llevados a Buenos Aires, donde un sindicato prestó un salón para su velatorio.

Esa tarde, miembros del Ejército asaltaron la sala velatoria, abrieron la puerta con una tanqueta y se llevaron los cajones en camiones, para evitar lo que iba a ser un impresionante entierro popular.

En los siguientes días, los cuerpos de estos jóvenes fueron devueltos a los familiares de distintos puntos del país, y se realizaron los entierros en masivos actos y provincias. Tres eran de la provincia de Córdoba.

Los jóvenes dijimos en ese momento, que siempre los íbamos a recordar todos los 22 de agosto.  Ahora, a 52 años de esa masacre, este relato trata de cumplir esa promesa, ese mandato.