A los 75 años, falleció ayer el referente de la cultura local, Antonio Giacardi
Adiós, Príncipe Azul
Figura imprescindible a la hora de narrar la historia del teatro en la ciudad, supo ejercer también la Abogacía. En la despedida, le cedemos la palabra a uno de sus compañeros más cercanosEscribe: Juan Montes ESPECIAL
Seguramente el lector espere una crónica cultural, porque ha muerto un hombre de la cultura.
Me importa un carajo.
Como en todo velorio que se precie de tal, al rato de las lágrimas el muerto pasa a ser secundario y aparece como protagonista la vida del muerto, los recuerdos, las anécdotas que me resultan más honrosas para el que se va.
Una noche de un verano hiriente, fuimos a comer a la quinta que él tenía en Villa Oeste. Como a Antonio Iván le gustaba el vino blanco, había comprado algunas botellas. Pero como a Raúl (Zuin) y su esposa Lili, les gustaba el vino blanco, para asegurarse de que no les den tinto, habían llevado, también, algunas botellas. (Pero) como a mí y a mi pareja, la Jose, nos gustaba el tinto, nos habíamos llevado, también, un par de Malbec. Nótese el uso exprofeso de algunos peros y tambienes con intencionalidad cuantitativa a quien le adjudicamos la responsabilidad del final de esta historia.
Comimos en el patio en el que había unos nogales gigantes, una pileta de natación provocadora y un extraño caballito de madera, que Raúl insistía que lo miraba a él. Estos tres elementos conformarían, al final de la noche, una escena surrealista.
Como cada vez que nos reuníamos, volvimos a contar los mismos recuerdos, recitar los mismos poemas y reírnos de los mismos chistes.
Antonio, que tuvo una intensa actividad teatral, recordaba los tiempos en que el Teatro Estable llenaba salas los fines de semana y en el que él había interpretado papeles en Réquiem para un viernes a la noche, Qué lindo es estar casado y tener la suegra al lado, y su majestuoso italiano cocoliche en el Conventillo de la Paloma.
A esta altura de la tercera botella, La Jose observó que había nueces en los nogales, Raúl comenzó a obsesionarse con la fría y dura mirada del caballito de madera y yo metía los pies en los bordes de la pileta. Antonio comenzó a recitar “Me lo contaron ayer las lenguas de doble filo”.
Antonio ya había sido Director de Cultura de la Municipalidad de Villa María, ejercía su oficio de abogado en la Cooperativa 15 de Mayo, aspectos estos que lo tenían muy responsablemente sin cuidado, porque a él lo conmovían el teatro y su familia.
Sí. Antonio era un chico al que le gustaban sus cumpleaños y los de sus hijos, con torta y globos de colores. Antonio reía y hacía reír (lo que más bronca da es que se lleve sus ocurrencias, sus ironías y sus incisivos comentarios).
Antonio disfrutaba cocinar sus paellas y sus empanadas para su familia y sus amigos. Antonio estaba dispuesto siempre, para el que lo llamara, para lo que fuera.
Su memorable interpretación en Cámara Lenta, de Tato Pavlosky, junto a Raúl y Marisabel Demonte, en los galpones del Gimnasio de Boxeo “Alcides Rivera”, dieron lugar a que fundáramos la Compañía TatoTeatro. Con ella, Antonio deslumbró en Príncipe Azul y Tute Cabrero, entre otras intervenciones.
Ya son las dos de la mañana. Raúl se levantó y dio vuelta al caballito para que no lo mirara. La Jose insistía con las nueces del nogal. Liliana reía despatarrada en una especie de reposera roja.
Antonio Iván, quien últimamente había trabajado con Cristina Soave en el Teatro La Llave, y ya había representado obras en el teatro El Globo Rojo y daba clases en la Casa Balear, sacó no sabemos de dónde un extraño licor. De ahí en más, todo comenzó a desmadrarse. Representábamos fragmentos inverosímiles de obras de teatro y comenzábamos a desconocernos…
Antonio Iván, con el que hace apenas unos días habíamos empezado a ensayar Orquesta de Señoritas, el que ahora está estúpidamente quieto, el que había pasado por el cine también, el que amaba a su familia y divertía a propios y extraños, exclamó de golpe: “María José, me tenés podrido con las nueces”. Dicho esto, se puso a juntar nueces. Eran las tres o las cuatro, no recuerdo.
No sabemos cómo pasó, pero en un momento dado, yo estaba desnudo, totalmente desnudo, nadando en la pileta, Raúl se peleaba a trompadas con el caballito de madera, Liliana se había dormido y Antonio Iván estaba en la copa del nogal, tirando nueces para abajo.
De repente una luz azul iluminó todo el patio. Nos quedamos callados, como niños, tapándonos la boca, cómplices, reprimiendo la risa. Como chicos.
Disculpe el lector si no les conté quién fue Antonio Iván Giacardi.
O Antonio, el niño.
O Iván, el grande.
