Falleció el dueño de uno de los bares míticos de la ciudad - Luego de su gestión, el local tuvo varios nombres: Mont, Monte, Salvaje...
Adiós a Don Osvaldo Monta
No se tenía una noción completa de la gastronomía villamariense hasta probar las milanesas de Monta. Mil historias en la calle Corrientes, al lado del Mercado, que luego fue Salón de los DeportesDon Osvaldo Monta falleció ayer, a los 94 años, y deja una estela de recuerdos que se chocan en la mente como bolas de billar en una carambola a tres bandas. Y al fondo, una timba. Y en cada mesa, una milanesa cortada en cuadraditos, servida en un plato en el que no faltaba la savora; más bien, sobraba la savora. Vino de la casa nomás y/o una cerveza bien helada.
Mucho más que un bar. Intelectuales, laburantes, bohemios, intendentes (Horacio Cabezas, por citar alguno); la Biblia y el calefón: en Monta no había derecho de admisión, ni escalafón: “Si uno vive en la impostura y otro afana en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”.
Ahí, en la calle Corrientes, entre Carlos Pellegrini y Alvear, ingresaban por su sándwich las alumnas de Las Rosarinas, los operarios de Obras Sanitarias de la Nación, los empleados en ENTel y los que habían ido a ver a Gustavo Ballas al Salón. Y después de la ducha, el mismo “Madrake con guantes” iba por su milanesa, como lo hacía el resto de los afamados púgiles locales: Jorge Daniel Bracamonte, Chipaca Gómez, Pedro Burki, Tuchi Guevara, Sergio Merani... Y sus entrenadores y el público que asistía a aquellas veladas multitudinarias que el boxeo le regalaba un par de veces al mes a esta ciudad.
Todos caminando hacia allí
Todos por la misma vereda, a Monta. Se mezclaban con los del fútbol: el Nene Miranda, Babalú Páez (Alumni y Alem). ¿Qué deporte era el más popular? Eso no estaba del todo claro. El humo de los puchos desdibujaba hasta los rostros. Los de las mesas de atrás decían que el truco, el póker, la mosca, el codillo y la generala eran disciplinas interesantes también...
Y se iban los de guantes llevar y los de la redonda cuando empezaba a clarear. Eran las horas en las que empezaban a llegar los que salían de Chac o de Kreo, que también querían milanesas con savora, aunque tal vez fuese acompañada con Cubana Sello Verde por los más “deteriorados” y con café con leche por los “comprometidos” que trataban de enderezar el rumbo a casa.
Pero Monta...
Otros se iban a Eden Bar, a La Madrileña, a Baudino o a Palevich, pero Monta... Si no era esta noche, sería a la siguiente.
Porque a Monta se podía ir a pesar de Álvaro Alsogaray, de Celestino Rodrigo o de José Alfredo Martínez de Hoz, de Domingo Cavallo..., porque tenía precios accesibles o porque te hacían precio si te veían crocante de seco... “Nunca vi en mi vida rea, tanta mishiadura junta, no la veo ni siquiera por una casualidad. La providencia está ausente y hasta el botón de la esquina me mira como diciendo: ¿En qué cosas andarás?”.
-En nada raro. Voy para el bar Monta.
-¡Documentos!
-Acá tiene la cédula...
-¡Continúe!
Y uno continuaba silbando bajito, encogiendo el cuello, por si a la dictadura le daba por tirar por la espalda.
Y llegar a Monta era protector. Porque allí había códigos. Espalda contra espalda en caso de que se metieran con un pibe que seguro que no tenía nada que ver; nadie tenía nada que ver con nada raro. Una rareza, de un lugar al que una parte de la sociedad tenía bajo sospecha, siendo que ahí dentro pasaba lo mismo que pasaba afuera; en los despachos oficiales y en los despachos privados. Solo que ahí había olor a milanesa con savora.
Me dicen que el propietario actual del local gastronómico, quien lo regentea bajo en nombre de Salvaje, se dio el gusto, a poco de inaugurarlo, de llevar a Don Osvaldo Monta hasta su lugar de toda la vida. “Se sintió reconfortado” de ver cómo las reformas le habían lavado el rostro al espacio, arrugado de ver tantos amaneceres durante tantas épocas, según me cuentan testigos de ese “reencuentro”.
Ojalá que se haya ido con una sonrisa. Es un buen recuerdo.
Chico Berto
(con letras robadas de los jardines del tango: “Cambalache”, de Enrique Santos Discépolo y “Se tiran conmigo”, de Ángel y Luis Díaz).
