El reconocimiento a personalidades que pusieron su prestigio a disposición de la democracia e hilvanaron una historia de horror y dolor a la que, además, le pusieron un título: “Nunca Más”
Sabato, Favaloro, Ruiz Guiñazú..., y el primero de los “relatos”
La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas fue creada por Raúl Alfonsín el 15 de diciembre de 1983, cinco días después de asumir la PresidenciaLos notables representantes de la sociedad argentina que aceptaron integrar el organismo que el pueblo bautizó con afecto como “la Conadep” debían investigar la desaparición forzada de personas y otros crímenes de lesa humanidad producidos durante la dictadura militar, para expedirse a los 180 días, a través de un informe.

Fueron ellos: Ernesto Sabato (1911-2011), escritor que fue elegido presidente del cuerpo por el resto de sus miembros.
Ricardo Colombres (1921-1998), abogado y exrector de la Universidad de Buenos Aires.
René Favaloro (1923-2000), médico cardiocirujano mundialmente reconocido.
Hilario Fernández Long (1918-2002), maestro e ingeniero. Decano de la Facultad de Ingeniería y llegó a ser rector de la UBA.
Carlos Gattinoni (1907-1989), pastor evangélico de la Iglesia Metodista Argentina.
Gregorio Klimovsky (1922-2009), matemático y filósofo, uno de los mayores especialistas en epistemología.
Marshall T. Meyer (1930-1993), rabino estadounidense, ciudadano argentino, fundador del Seminario Rabínico Latinoamericano y fundador del Movimiento Judío por los Derechos Humanos.
Jaime de Nevares (1915-1995), obispo de la Iglesia Católica y activo defensor de los derechos humanos.
Eduardo Rabossi (1930-2005), filósofo radical y activo militante de los derechos humanos.
Magdalena Ruiz Guiñazú (1935-), periodista radial de reconocido prestigio en la época.
Santiago Marcelino López, diputado radical en representación del Congreso.
Hugo Diógenes Piucill, diputado radical en representación del Congreso.
Horacio Hugo Huarte, diputado radical en representación del Congreso.
Como sus secretarios se desempeñaron Graciela Fernández Meijide (en la Recepción de Denuncias), Daniel Salvador, Raúl Peneón (en Procedimientos), Alberto Mansur (en Asuntos Legales) y Leopoldo Silgueira (Asuntos Administrativos).
Se instalaron en el Centro Cultural General San Martín, en pleno centro de la Ciudad de Buenos Aires, y ante ellos desfilaron durante seis meses cientos, miles de personas con fotos y alguna documentación del familiar a quien habían secuestrado en su casa, en la facultad, en la fábrica...
-¿Podría usted ubicar la partida de nacimiento?
-Creo que sí...
Y al tiempo, el familiar regresaba con ese papel que se agregaba a una carpeta y, sobre esa carpeta, la otra y otra más...
-¿Las ordenamos alfabéticamente?
-Dale. Y por provincia y por ciudad...
El relato
“Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras y, sin duda, el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el período que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que solo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra Patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado”. Eso es lo que escribió Sábato en el prólogo del informe final, al que decidieron ponerle, precisamente, el título de Nunca Más.
Cuando, a los seis meses, la Conadep puso sobre el escritorio del presidente Alfonsín cientos de cajas que daban cuenta de su encomiable trabajo, había conseguido identificar a 8.961 víctimas y situar 814 centros de detención, tortura y desaparición en el país. Al depositar ese inconmensurable material en manos del primer mandatario, el titular de la Conadep le dijo: “Venimos de descender al infierno... Este es un registro todavía abierto. Hay que seguir investigando”.
El presidente de la Nación lo elevó a la Justicia y fue la base para los juicios a las juntas militares, primero, y a quienes cometieron crímenes desde el aparato estatal, después.
Números
En el Archivo de Seguridad de la Georgetown University, la universidad católica más antigua de los Estados Unidos, perteneciente a la Compañía de Jesús, existen documentos desclasificados en los cuales los militares argentinos estiman que habían matado o hecho desaparecer 22.000 personas entre 1975 y 1978, cuando aún restaban cinco años para el retorno a la democracia.
¿Llegaron a 30.000? ¿Fueron más de 30.000? ¿Debería importar acaso el número exacto? En Villa María, por ejemplo, empezamos con menos de diez (algunas familias sentían temor en reconocer que el dolor anidaba también en su seno) y llegamos con el tiempo a 19 desaparecidos. Otros, como los protagonistas de las ocho historias que reconstruimos en estas páginas, regresaron a la ciudad con marcas profundas que nunca alcanzaremos a ver nítidamente.
Lo que no podemos aceptar es que se diga desde el Estado y se repita en cualquier ámbito que todo es un invento, un relato de algún grupo político en particular. Es lo que pasó. Es a lo que hoy nuevamente decimos “Nunca Más”.
Sergio Vaudagnotto
Uno - Dilema I
Villa María, 1976. Periodistas del diario Noticias discuten con perseguidos políticos si deben o no entregarse a los representantes locales del Régimen.
“Si ustedes van y se presentan, nosotros lo publicamos en nuestras páginas, le damos a conocer a la comunidad que quedaron a disposición de las autoridades militares y una vez que se haga público que están en manos de las fuerzas del Estado, no los van a poder hacer desaparecer. La situación va a quedar asentada, oficializada de alguna manera a través de la misma publicación”. Ese es el argumento que esgrimen algunas figuras importantes de la prensa local ante profesores de secundaria y dirigentes gremiales y sociales.
No todos opinan de igual manera. Por eso se discute tanto allí, como en el seno de los sindicatos y en casas y campos de la región que sirven de guarida a quienes se mantienen en la clandestinidad.
Y llega un día.
Uno de los que dejan la clandestinidad y se presentan en la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos es el profesor del Instituto Rivadavia, historiador y escritor Bernardino Calvo. El diario Noticias lo consigna en una de sus páginas, lo imprime como prueba documental.
Algunos de ellos son trasladados a la D2 y la UP1 de Córdoba capital y, desde allí, al penal de Sierra Chica, en cercanías de Olavarría.
Dos - Dilema II
Sierra Chica, 1976. El profesor Bernardino Calvo, socialista, habla de una celda a la otra con el sindicalista socialista y alfonsinista Miguel Olaviaga. Se preguntan, todavía, si hicieron bien en presentarse o si hubiese sido mejor seguir en la apacible y nerviosa clandestinidad de aquel campo en proximidades de Tío Pujio. Desde unos metros más allá, el comunista Hugo Ferradans dice que tampoco está muy seguro. Buena parte del diálogo se da a través de un ingenioso lenguaje de señas.
Se dan fuerzas.
Noche cerrada.
Tres – Horóscopo
Sierra Chica, 1976. El profesor Bernardino Calvo se encuentra en su celda del penal. Cuando deja de estar en condición de incomunicado, comienza a recibir visitas. No muchas, solo las permitidas. Solo aquellas a las que los dueños de su vida decían que “bueno, vaya y pase”.
Frutas, algo de ropa y el diario Noticias.
Ya de regreso a la fría humedad de la celda, toma las ediciones del matutino, que para él es semanario o quincenario y busca rápidamente en las páginas el horóscopo. En su signo, Cáncer (había nacido el 11 de julio de 1938), estaba el mensaje sencillo de descifrar: “Sus seres queridos se encuentran bien, así que preocúpese por usted. Lo malo pasará y gracias a la fuerza de voluntad con la que cuenta, debería poner la mente en trabajar en nuevos proyectos. Número de la suerte…”. Del ejemplar del día lunes, pasaba al del martes y en su signo encontraba otro mensaje de los periodistas. Y luego buscaba el del miércoles…
Cuatro – Vitaminas
Sierra Chica, 1976. El profesor Elvio Omar Toscano da clases en el Instituto Manuel Belgrano y, además, es el referente local de la Democracia Cristiana, que conduce a nivel nacional Enrique de Vedia, Guillermo Frugoni Rey, Augusto Conte y Carlos Auyero, entre otros. Ahora está en su celda, en el penal de Sierra Chica. Pide por enésima vez una consulta con el oculista, que es llevado desde su consultorio de la calle Coronel Suárez, de la cercana Olavarría, hasta la prisión.
-¿No estará fingiendo este subversivo, doctor?
-No, está con la vista a la miseria el pobre infeliz.
En la enfermería, el facultativo le hace un fondo de ojos y algunas pantomimas, mientras le entrega con disimulo un puñado de pastillas, vitaminas. “Una por día… Hasta la próxima”.
El especialista es oriundo de Villa Nueva y el complejo vitamínico le es enviado por su vecina, la peronista Beba Maestro, para que lo ingresara al penal y se lo entregara a Toscano.
Cinco – APDH
Villa María. 1977. Es el mes de enero y el profesor Elvio Omar Toscano regresa de la cárcel, pero no se le permite regresar a las aulas. Siete meses después, en agosto, con Beba Maestro y otros villamarienses, como Gregorio Felipe, crean la delegación local de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, que este año cumplirá 40 años.
Seis - Como anillo al dedo
Villa María. 1977. Es marzo. Es el día del primer aniversario del golpe militar. Miguel Olaviaga y Hugo Ferradans van a cruzar la puerta hacia la libertad. Ferradans regresa sobre sus pasos y le pide a un militar que le devuelvan su anillo. Olaviaga lo abraza y le susurra al oído: “Mañana te regalo un anillo; ahora vamos porque nos matan”.
Siete – Reencuentro
Villa María. 2017. Un oculista villanovense radicado en Olavarría llega a visitar a sus familiares. Un conocedor de una historia treintañera pone a Toscano en aviso de esa presencia en la ciudad, y el profesor, el presidente de la APDH, sale raudamente al encuentro del especialista que lo atendía en aquella tierra lejana, tierra de nadie.
Se dan la mano, caminan hacia el fondo de un patio...
El tiempo pasa. No hay prisa.
El largo abrazo es una vitamina.
Ocho - Pupitre marrón
Villa María. 1976. Una profesora que enseña geografía en el Instituto Rivadavia es secuestrada en un departamento de los Monoblock, ubicados frente al Balneario, uno de los pocos edificios de más de dos pisos que hay en la ciudad; en realidad, sobran los dedos de una mano para contarlos.
Después de unos meses regresa a la vida y a la escuela del gran educador Antonio Sobral.
Ante sus alumnos de tercer año, en un aula del primer piso, la que está pasando el laboratorio, ella le dice a sus alumnos: “Les voy a contar que durante este tiempo que falté a clases estuve en la Fábrica Militar. Ahí me torturaban. Me desnudaban, me acostaban en un elástico de esos que tienen en las camas de sus casas, de resortes, metálicos… Me mojaban el cuerpo y le daban golpes de corriente al elástico”. Caen lágrimas sobre los pupitres.
