Séptima y penúltima entrega del diario del viaje a Malvinas de cinco profesores de la UNVM

“El deseo de habitarlas...”

Toca la despedida. “Antes del brindis, el profesor dice unas sentidas palabras que nos conmueven”. Algunas mozas se ponen nerviosas. Proceden de Santa Lucía, Zimbabwe, Filipinas y Chile
miércoles, 7 de febrero de 2024 · 08:30

Día 7: La peregrinación llega a su fin

Es viernes por la mañana. Me levanto temprano y el profesor ya está desayunando en el comedor del hotel. Al día siguiente, a esa misma hora, el ómnibus de "Penguin Travel" nos esperará en la puerta del hotel. Recorreremos por última vez Puerto Argentino, recogiendo a otros viajeros, y luego de una hora llegaremos a la base militar de Monte Placentero.

Pero hoy subiremos al Monte Tumbledown. Conversamos con el profesor sobre el régimen militarizado en las Islas, de sus restricciones. Sobre los temores de trabajadores de que se difundan fotos o se digan cosas inadecuadas, que molesten al “falklanismo”.

La enorme belleza del archipiélago es ensombrecida por el extremismo, la omnipresencia de la Falkland Island Company y la innegable operación de servicios de inteligencia.

R nos deja, como en otras ocasiones, en un punto del camino y de allí tendremos que caminar varios kilómetros buscando la cima del monte. La temperatura y el viento son agradables. Estamos empezando a acostumbrarnos a las condiciones de las Islas que, en esta semana de verano, han sido muy propicias.

Mariano me dice que, además de estos relatos, habría que hacer un detrás de escena, mostrando alguna de todas las monerías con las cuales nos divertimos. Porque solo con solemnidad es imposible vivir y más aún aquí.

El grupo se detiene varias veces en la caminata para conversar, estamos cansados. Pablo y P toman la palabra para explicar lo ocurrido en 1982. La charla deriva nuevamente en el falklanismo. F comenta que vio a un niño isleño con la camiseta de Messi. La del Inter de Miami, pero la 10 de Leo, al fin de cuentas. Claro, las hostilidades no son solamente un mensaje para los argentinos/as, sino para cualquier habitante del archipiélago.

Antes de iniciar la última subida a la cumbre, nos detenemos en 2 grandes cocinas del Ejército Argentino. El óxido y el paso del tiempo no impide que imaginemos la vida allí de los soldados.

Arriba, la Cruz y a su alrededor, placas y homenajes varios, únicamente para los británicos. Pero allí estamos, rezamos por los nuestros, respetamos a los suyos.

En el descenso nos acostamos sobre los tupidos helechos. Con Mariano jugamos ahí como niños. El profesor hace alguna de sus imitaciones y todos ríen. Somos felices y, por un momento, no nos dan ganas de volver.

Por la tarde, R nos lleva al faro. Los paisajes, otra vez sobrecogedores. Luego, nos señala unos baños cercanos a playas paradisíacas. Nos explica que están construidos imitando los refugios alemanes de la Segunda Guerra Mundial. "El sarcasmo inglés -nos dice-; aquí, todo tiene un mensaje". Detrás del falso refugio alemán reposa un cañón británico.

R, ahora, insiste en llevarnos a una trinchera. Está del otro lado de Puerto Argentino. En un hoyo se amontonan pertrechos de nuestras tropas. "Esto no es una trinchera", me dice el profesor. Un cartel colocado en el improvisado alambrado perimetral está roto y no permite leer la palabra Argentina. Todo parece parte del mismo perverso sarcasmo.

Por la noche, el comedor está preparado para la despedida del contingente. La estadía en el hotel ha sido muy confortable. Su estructura es, en gran parte, construida a base de conteiners. El ala donde nos alojamos está conformada por un extenso pasillo. A izquierda y derecha, las habitaciones se parecen a camarotes de un barco. El comedor es amplio y siempre cálidamente atendido por las mozas, a quienes ahora agradecemos con un sostenido aplauso.

Dos de ellas se conmueven visiblemente. Las abrazamos y nos sacamos fotos. Proceden de Santa Lucía, Zimbabue, Filipinas y Chile.

Antes del brindis, el profesor dice unas sentidas palabras que nos conmueven. Algunas trabajadoras se ven nerviosas, pero no hay de qué temer. Solo se les agradece por su trabajo y se recuerda a nuestros caídos y veteranos.

Tristeza y nostalgia me invaden al llegar a la base militar. Son las 8 y el vuelo sale a las 16. Luego del check in, una policía de origen chileno me llama para controlar mi valija. Cosa por cosa, bolsillo por bolsillo, bajo una luz tenue en el gran tinglado donde funciona este aeropuerto de campaña. Nada de todo eso me es grato, mucho menos cuando el control exhaustivo se repite con mi mochila.

La sala de embarque también es improvisada. Solo una pequeña tienda de whiskys, perfumes, bebidas y algún comestible interrumpe las filas de asientos.

Cada cierto tiempo, y a los gritos, un policía llama a un pasajero/a por vez para revisar su valija. El malestar y los nervios aumentan cuando suena una alarma. P se acerca y nos cuenta que a un argentino le han encontrado un objeto prohibido en la mochila. Algo extraído de un campo de batalla. G es veterano y nos cuenta que a ellos siempre les controlan todo, pero que esta vez, llamativamente, lo dejaron pasar sin la requisa. No está permitido llevar ni piedras, ni tierra y mucho menos objetos de los campos de batalla.

P comenta que una causa judicial o una multa pueden costar, para empezar, 2.000 libras. A lo que hay que sumarle los gastos de estadía por 2 o 3 semanas y la contratación de un/a letrado/a británico/a.

Por fin, el muchacho aparece, lo dejaron pasar. El alivio y el puño apretado.

Una fotógrafa canadiense nos habla. Está sorprendida de que como argentinos no nos quejamos del enorme daño ambiental que los británicos están cometiendo. Advierte que la población de pingüinos se reduce drásticamente a cada visita suya.

El acceso al avión es sin manga. La caminata solitaria a la escalerilla. El llanto, contenido. Tocar el suelo por última vez. Persignarse. La bronca. Las ganas de volver. Las ganas de que vuelvan a nosotros. El avión asciende y el último borde de las Islas se pierde en la ventanilla...

Ahora nos toca transmitir el deseo, el deseo de habitarlas, de tocarlas, de sentirlas, el deseo de visitar a nuestros caídos, el deseo de soberanía...

Ya en Gallegos, nos acercamos a G para saludarlo y darle las gracias. Con gran humildad, el veterano nos devuelve el agradecimiento. Nos comenta que, en poco tiempo, el Reino Unido iniciará la explotación de hidrocarburos en el archipiélago. Me viene a la mente un comentario de Gabriel: "Aquí nada parece pensado a más de 30 años".

El taxista chaqueño que nos lleva al hotel se interesa por nuestro viaje. Su tío es veterano; combatió en la Isla Soledad.

"Bueno, si está vivo, mandale nuestros saludos".

"No, se suicidó hace unos años".

Lo abrazo. La empresa de taxi se llama Malvinas Argentinas y la silueta de las Islas está en todos lados.

Tenemos que descansar porque a las 12 brindaremos por el cumpleaños de Gabriel.

En nuestra edición de mañana, el epílogo.