Cuarta entrega del diario de viaje a Malvinas de cinco profesores de la Universidad Nacional de Villa María
"Gracias por tanto, perdón por tan poco"
Es todo un desafío poner en palabras lo sucedido este día, 16 de enero de 2024. Inolvidable. Es el día que visitamos el Cementerio ArgentinoEscribe: Jorge Foa Torres
ESPECIAL PARA EL DIARIO
Día 4: La dignidad
Por la mañana damos una vuelta por el pueblo. Entramos a la Iglesia Católica y dejamos un mensaje en el libro de visitas. En el museo verificamos que hay monturas criollas, un poncho y boleadoras. En un menú ofrecido al Duque de Edinburgo, puesto a la vista en la sala de imprenta, puede leerse "empanadas".
En el supermercado hay vinos de todo el mundo y también argentinos. Pequeñas banderas con el nombre de los países anuncian la procedencia de cada cual, excepto para los nuestros. Estados Unidos, Uruguay, Chile, Italia, España, Australia, Nueva Zelanda, etcétera, etcétera. Pero no Argentina. Ya nos advirtieron que no debemos usar la camiseta de la selección ni publicar fotos con nuestra bandera. Para evitar "malos momentos" y "represalias".
Al momento de pagar, un atril sostiene varios ejemplares del "Penguin News". Llamativamente, el primero de ellos está abierto en la página 3, donde se deja ver un titular: "Margaret Thatcher Day in the Falklands Islands". Todo muy extraño. Mariano pregunta cómo se darían cuenta que somos argentinos. Le contesto que capaz porque hablamos a los gritos y nos reímos todo el tiempo.
De vuelta en el hotel, recogemos nuestro almuerzo y subimos al minibús de R.
Nos espera 1 hora de viaje a Darwin y Ganso Verde (o Pradera del Ganso). Los paisajes son hermosos, pero la ansiedad va en aumento.
Bordeando una loma estoy por decir algo, pero la palabra se me queda atragantada. Arriba a la izquierda del parabrisas se dibujan las cruces y la cerca blanca. Nos detenemos. R. nos dice que podemos estar allí todo el tiempo que queramos.
El sol baña las cruces y el sonido de las piedritas del camino acompaña nuestros pasos. La solemnidad de ese lugar es infinita. El Profesor abre la pequeña tranquera. Atada a uno de sus postes, una cinta reza: "Gracias por tanto, perdón por tan poco". Al poner el primer pie en el cementerio la congoja que me invade es incontrolable... Una mezcla indistinguible de tristezas. Por cada tumba, un rito, un rezo, un nombre, un rosario, un recuerdo. Lo imposible de nombrar que atraviesa el cuerpo.
"Hay que dejar algo", le digo al Profesor, que asiente. El viento golpea los rosarios contra las cruces. Esa es la música del Cementerio Argentino de Darwin, como un coro inacabablemente ofrecido a las y los visitantes y a los caídos que allí reposan.
Las cruces simétricamente dispuestas desembocan en una gran cruz. A sus costados, placas de granito contienen sus nombres. Apellidos de toda procedencia (como sana costumbre): originarios, italianos, españoles, árabes, eslavos, judíos, alemanes, anglosajones.
Decido dejarles mi trisquel con su cadenita. Simboliza la tríada pasado-presente-futuro, me dijo alguien alguna vez. Al centro, un agujero. Un agujero como el que representan estas islas tan hermosas y caras para nuestra Patria. Lo apoyo a los pies del Gauchito Gil que descansa al lado de la Virgen.
Nos sentamos al pie de la cruz. Un trapo sujetado por grandes piedras dice: “La dignidad”... El Profesor nos habla, nos da una de sus brillantes clases. Sus palabras nos reconfortan, nos nutren.
Una bandada de pajaritos de pecho rojo se acercan y cantan. Llamativamente, no se asustan por nuestra presencia. La enorme soledad de ese lugar nos hace pensar que no tienen mucho contacto con humanos. Me acerco a uno de ellos para filmarlo y antes de tomar vuelo me deja llegar hasta menos de un metro.
Ahora, el Profesor cierra la pequeña tranquera. Mariano grita: ¡viva la Patria! No dan ganas de irse... Esa pequeña porción de tierra es la única en todo el archipiélago donde libremente pueden habitar las palabras Argentina, Malvinas y nuestra Bandera.
Volvemos al minibús. Le agradecemos a R. hacer posible esta maravillosa experiencia. Reiniciamos la marcha. Las cruces se hacen puntos blancos y la cerca, el contorno de un rectángulo.
Imposible olvidar.
La geografía de las Malvinas es apasionante. Cruzamos el istmo hacia el sur de la Isla Soledad. En Ganso Verde nos detenemos a la altura de un monolito, que recuerda al oficial británico de mayor rango caído en la guerra. Luego, atravesamos una estancia con varias casas y vehículos.
La conversación también se hace apasionante. Nos preguntamos por las condiciones inmateriales de vida de los isleños y de nosotros, los visitantes. El haber atravesado el trauma de la guerra es el principal argumento de los civiles para las restricciones, legales y socioculturales que aquí imperan. Una frase de P. retorna a nuestros oídos: “Esta es una cárcel con costas”.
R. decide llevarnos hasta la bahía y el estrecho de San Carlos que divide las Islas hermanas. El paisaje es absolutamente sobrecogedor.
Todo lo conmovedor sigue presente en nuestros cuerpos. Y no se irá fácilmente.
Nota: pocos días después de retornar a Córdoba y al despertar de una siesta, un aroma a flores me devolvió al Cementerio de Darwin. Recordé lo que había olvidado y que Javier me había subrayado al bajar de la camioneta de R.: “Ahí está, esto es para escribirlo”. Que nos había tapado un fuerte olor a claveles. Como si fuera una polvareda en un camino de tierra cuando pasa un auto a toda velocidad. Cuando regresamos a la camioneta le preguntamos a R. de donde venía ese aroma. “¿A claveles?”, dijo “aquí solo hay esas florcitas detrás de la cruz”.
Continuará en nuestra edición de mañana
