Tercera entrega del diario de viaje a Malvinas de cinco profesores de la Universidad Nacional de Villa María

“Llorar con bronca, llorar con memoria...”

El dolor por las placas que recordaban a soldados argentinos y que fueron arrancadas. El inesperado encuentro con un excombatiente inglés... Y el llanto por puro amor a la Patria
sábado, 3 de febrero de 2024 · 08:41

Día 3: El encuentro

Nunca me había abrigado tanto. Tres pantalones, dos pares de medias, dos camisetas, un suéter de lana, dos camperas con capucha, un cuello polar y guantes.

Caminaremos hacia la cima del Monte Longdon. R. nos lleva en minibús hasta un punto del camino. Descendemos, somos catorce, todos argentinos. ¡Por fin todos argentinos! En fila india iniciamos la caminata. P.  va al frente y Javier, al último.

El piso es de piedra y turba. Contra los peñascos crece una especie de helecho.

“Es un soldado inglés, veterano de la guerra de Malvinas: ‘Que él no tenía nada contra los combatientes argentinos, que solo tiene respeto y honra para con ellos’”.

A poco de andar aparece frente a nuestros ojos una pieza de defensa antiaérea. El color del óxido deja leer en su lomo: "Industria Argentina, FM (Fabricaciones Militares)". El rezo, la emoción, el orgullo, el respeto, el honor.

El Profesor y P. reconstruyen la batalla frente a nosotros. Rápidamente, surgen cuestiones geopolíticas, indispensables, que sitúan el conflicto. Como si fuese un aula a cielo abierto, cordobeses, santiagueños, neuquinos, porteños, bonaerenses, mendocinos y tucumanos escuchamos con atención. Las palabras de P. habilitan la distinción entre países imperialistas y el resto. Entre aquellos para los cuales la guerra es uno de sus principales alimentos y el resto; y que cada cierto tiempo tienen su escarmiento. Por fin podemos decir "imperialismo". ¡Cuántos absurdos que suceden a diario en estas Islas cobran otro tenor a partir de ese concepto!

Más adelante, otros restos. Una cocina, una garrafa, casquillos y pequeñas piezas de todo tipo, algunas identificables, otras imposibles de identificar.

Se me ocurre imaginar que con los peñascos como paredes que protegen del viento, nuestros héroes por algunos días o momentos pudieron ser felices allí...

Vemos una camioneta Land Rover en la cima. ¿Será R.? ¿Nos estará esperando allá?

El clima es bueno, caminar por la turba y el musgo parece de fantasía o de otro planeta . Una enorme alfombra verde acolchonada.

La camioneta desciende, pero se detiene al llegar a nuestra altura. Un hombre de unos 65 años, alto y de extremidades llamativamente largas, desciende del asiento trasero. Se acerca a pie hacia la mitad de nuestra fila dispersa en el monte. “¿Are you argentineans?”, pregunta.

Me apuro para acercarme y escuchar la conversación ¿Será un inglés enojado? ¿El dueño del campo? En un instante estamos todos alrededor de él. Javier nos traduce el mensaje que nos desea transmitir. Es un soldado inglés, veterano de la guerra de Malvinas: “Que él no tenía nada contra los combatientes argentinos, que solo tiene respeto y honra para con ellos. Que tuvo que cumplir con su deber”. Bob Dobson (o algo así), del Regimiento de Paracaidistas, nos contesta a nuestra pregunta. Es su segundo regreso a las Islas. Pablo le entrega un rosario. Él lo agradece sentidamente. Recuerda que casi todos nuestros caídos llevaban uno. Nos saluda uno por uno con un apretón de manos y mirándonos a los ojos, cual ceremonia. Ahora se aleja con paso errático y la camioneta se pierde entre los peñones.

Un cimbronazo. Los catorce estamos conmovidos. Nos miramos con los ojos nublados ¡Qué locura la guerra! Nos cuesta, pero seguimos camino.

Una segunda defensa antiaérea argentina aparece. Nuevamente,  rezamos, la tocamos. Son objetos sagrados.

Llegando a la cima pululan las placas y monumentos que recuerdan a los caídos británicos. Ni una para un argentino. Los isleños las sacan. No quieren nada que diga Argentina en las Islas. Ni banderas ni camisetas de fútbol; mucho menos placas de nuestros caídos. Prolijamente las remueven. Pero este absurdo no mancha el honor de soldados como Bob. Aquello pertenece a otro orden, al del régimen político de las Islas. Y no al de la dignidad de los combatientes.

En la cima, una cruz enorme, "ni una placa nuestra, pero la cruz es de todos". Allí arriba se hacen hermanos, el viento y la emoción.

Almorzamos entre los peñones. F. propone hacer un homenaje. En una ventana entre las piedras, con toda la extensión de esa tierra tan nuestra y la cruz a nuestras espaldas, la música nos hace llorar de nuevo. Llorar con bronca, llorar con memoria, llorar puteando. Llorar para que las placas y los nombres de los nuestros no se los lleve el olvido. Llorar con amor a los que allí fallecieron, a los que allí combatieron. Llorar por amor a la Patria. Siempre.

 

Continúa en nuestra edición impresa de mañana.

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