Calle Monseñor Rodríguez

El cura que enseñaba a vivir...

Fue el cuarto obispo de la Diócesis de Villa María. La avenida que lleva su nombre ocupa seis cuadras irregulares del barrio Felipe Botta
sábado, 24 de febrero de 2024 · 08:30

Monseñor Roberto Rodríguez nació en Temperley, Buenos Aires, el 14 de agosto de 1936. Fue ordenado sacerdote el 31 de enero de 1970, en Cosquín, por monseñor Raúl Francisco Primatesta. El 12 de noviembre de 1992, Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Córdoba y fue ordenado como tal por el cardenal Primatesta.

La avenida del nuevo loteo, en el corazón del barrio, conserva un añejo algarrobo que fue respetado para el trazado urbano del mismo

Fue trasladado a nuestro Obispado de Villa María y tomó posesión de esta sede el 13 de septiembre de 1998 y la rigió hasta el 23 de julio de 2006, cuando fue trasladado a la Diócesis de La Rioja. Allí permaneció hasta el 9 de julio de 2013. Era licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Su lema episcopal fue “Tened los mismos sentimientos de Cristo”. Destacó en la vida sacerdotal y episcopal por su dedicación a la educación, así como a promover la amistad social.

El sacerdote era muy querido en toda sociedad que le tocó vivir, precisamente, por el contacto permanente con la gente. Su lema episcopal era: “Tened  los mismos sentimientos de Cristo”

Sergio Vaudagnotto, de nuestra Redacción, oportunamente lo recordaba así: “Poco después de asumir como obispo titular de nuestra Diócesis, se hizo llevar a la Clínica Marañón y fue directo a la habitación donde estaba internado el padre Hugo Salvato, quien había sido apaleado en un hecho de robo. El prelado daba así el primer paso de acercamiento hacia el sacerdote de los pobres, a quien su antecesor, Alfredo Disandro, había apartado de la esfera oficial de la Iglesia. En unos meses, Hugo y todos sus sacramentos fueron nuevamente reconocidos.

A mediados de 2001, vecinos del barrio Solares de la Villa estaban a punto de perder las viviendas que les pertenecían. Los efectivos de la  Policía Federal marchaban firmes hacia la última casa, para efectuar el primer desalojo. Los vecinos se habían encadenado al inmueble. Junto a ellos estaba el obispo Roberto Rodríguez.

A fines de ese mismo año, este medio se moría.

Los trabajadores hicieron ollas populares, manifestaciones callejeras y fueron al Obispado. Allí se encontraron con quien levantó el teléfono y llamó al ministro de Trabajo: “Ahí van los muchachos del diario. Atendelos y ayudalos porque quieren formar una cooperativa”, advirtió al funcionario del otro lado de la línea.

De acá lo llevaron un día a La Rioja y enseguida le preguntaron su opinión acerca de la muerte de monseñor Enrique Angelelli, su par, que obraba  “con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”. “Yo quiero saber la verdad; yo quiero que se haga justicia”, dijo cuando faltaba la sentencia acerca de su asesinato por la dictadura militar.

Era el presidente de la ONG Shalom (Paz), de Staffoli, en la provincia italiana de Pisa, con la que asistió a una comunidad de Burkina Faso, en África, construyendo allí una fábrica de aceite de algodón, otra fábrica de aceite no comestible de jatrofa para biodiésel, “tratando de generar trabajo a partir de los recursos naturales, pero también creamos una cadena de panaderías y pizzerías para  mantener orfanatos, escuelas maternas, casas de familia que funcionan como hogares para adolescentes que allí aprenden oficios, en fin, es todo un mundo mi Burkina”, contaba oportunamente.

En un viaje al Vaticano desde  Burkina, le llevó a su amigo Jorge Bergoglio,  ya designado papa, un pan casero.

“Tomá, te traje este pan que hicieron los chicos en una de nuestras panaderías en África...”, le dijo. El papa tomó el paquete y comenzó a abrirlo lentamente. Cuando finalizó, miró el pan y alzó la vista hacia el misionero Rodríguez, para preguntarle: “¿Y el salamín?”

En su juventud fue a Alemania a perfeccionar el idioma, se empleó como operario en la fábrica Mercedes Benz y estuvo meses poniendo tornillos en una línea de producción.

Por eso entendía tanto a los humildes, a los trabajadores. Por eso sus homilías en la Catedral en contra del capitalismo salvaje. Por eso estaba aquel día, junto a los vecinos, en Solares de la Villa.”

Falleció el 3 de julio de 2021 en la ciudad de Jesús María, mientras atravesaba un cuadro de COVID.

A los pocos días de su fallecimiento, el exconcejal Miguel Sponer elevó una solicitud al Deliberante local para que una arteria de nuestra ciudad llevara el nombre del querido obispo. A los pocos días, dicha petición fue aceptada y sancionada la ordenanza correspondiente.

Rodríguez y El Diario

No fue un obispo más de la curia local: en los convulsionados días de diciembre de 2001, El Diario, nuestro diario, también entró en proceso de crisis como tantas empresas que sucumbieron ante las políticas de ajuste de la década del 90. Rodríguez no dudó en tener un rol protagónico activo y estuvo a disposición de los trabajadores que, en breve, conformarían la Cooperativa de Trabajo Comunicar. Su aporte fue tan útil como necesario, pero a la vez cargado de un contenido lleno de fe y esperanza como un verdadero pastor, con un oído en el evangelio y otro en su pueblo.

En la fotografía se lo ve recorriendo las instalaciones de El Diario, ya cooperativo y consolidado, en la entonces sede de Hipólito Yrigoyen al 300, junto  a otro representante de la curia local, Alberto Bustamante y socios de la cooperativa.