Nuevas perspectivas y preguntas acerca de las maneras en que designamos
“¿Y si nos animamos a cruzar los límites de la gramática tradicional?”
Laura Pedernera, abogada especializada en Derecho Civil, Sucesorio, de Familia, Niñez y Adolescencia, reflexiona sobre el lenguaje inclusivo y propone diversos interrogantesEscribe Laura María Teresa Pedernera ABOGADA
La escritora María Teresa Andruetto, por quien siento una gran admiración, en su discurso de cierre del VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, expresó: “El lenguaje inclusivo nos pone delante de la carga ideológica de la lengua, que habitualmente nos es invisible”.
Y miren qué interesante cómo prosiguió: “Algo que no existía comienza a ser nombrado, algo que ya existía quiere nombrarse de otro modo, verdadera revolución de la que no conocemos sus alcances, ni hasta dónde irá, ni si abarcará un día a la mayor parte de la sociedad, a sus diversas regiones, a las formas menos urbanas de nuestra lengua y a todos sus sectores sociales”.
Y estas palabras, por las cuales algunas personas saltaron como leche hervida, y otras aplaudieron; a mí, además de estar entre estas últimas, me interpelaron sobre la lengua misma y el lenguaje. Me pregunté: ¿por qué hace tanto ruido el lenguaje inclusivo? Sí, en definitiva, vino para designar las diferentes realidades dentro de la Humanidad; es decir, a las mujeres y disidencias, personas con discapacidad, a las comunidades y pueblos originarios, evitando expresiones sexistas, sin discriminaciones, incluyendo a todos los géneros.
Sabemos que solo lo que podemos pensar es lo que existe: en consecuencia, es el pensamiento el que le da forma al lenguaje y a la comunicación, visibilizando o invisibilizando a las personas. Esta obvia reflexión conduce a preguntarnos qué se entiende por “lenguaje sexista”. El lenguaje sexista apunta a todas las expresiones (ya sean mediante palabras, actitudes, gestos, imágenes) que invisibilizan, estereotipan, humillan o subordinan al colectivo de mujeres por razón de su sexo o elección de este en el caso de las mujeres trans. En efecto, las palabras pueden discriminar cuando excluyen o cuando no se nombra a mujeres y disidencias.
A lo largo de la historia, el lenguaje fue un factor importante en el sometimiento del colectivo de mujeres, porque se lo ha utilizado como una herramienta de dominio, colocándolas en una posición de subordinación. La forma de expresarse, utilizando el masculino de manera genérica, por ejemplo, poner la palabra “hombre” para representar a la Humanidad, “padres” en vez de padre y madre, entre otras, dio lugar a sacar la presencia de la mujer en el discurso del lenguaje y a marcar esa relación de jerarquía en donde el varón es colocado en un plano de superioridad en referencia a la mujer.
Vieron que hace algunos años se viene discutiendo sobre si la lengua española es sexista, que si está bien hablar por medio del habla femenina o masculino, como, por ejemplo, “todas y todos, niñas y niños, etcétera”, o hablar utilizando la revolucionaria “e”, tan aceptada como repudiada; como para encontrar un lenguaje con una ideología inclusiva en la que todas las personas se identifiquen.
Lo cierto es que expresarnos de manera inclusiva significa respetar a todas las identidades porque el lenguaje inclusivo viene a irrumpir con la dicotomía mujer/varón - femenino/ masculino, planteando un “lenguaje no sexista”.
No hace falta expresarnos con la “e” ni con la “x” o el “@” si ello incomoda; ya que se puede utilizar un lenguaje inclusivo dentro de los estándares gramaticales, empleando palabras neutras como “personas” en vez de “mujeres y varones”, “infantes” en vez de niñas/niños/niñes, persona con discapacidad… y así un sinfín de formas con las que podemos garantizar el derecho de quienes, por ejemplo, no se autoperciben dentro del binomio varón o mujer (personas no binarias).
¿Y si nos animamos a cruzar los límites de la gramática tradicional permitiendo este nuevo paradigma discursivo? Guste o no guste, la sociedad va evolucionando y el lenguaje no es ajeno a esta evolución, sino que también pasa por los procesos de cambios sociales y culturales.
Y tan es así, que fíjense que más allá de la discusión filológica sobre el uso del lenguaje inclusivo, en la actualidad, cuando escuchamos, por ejemplo, en los medios de comunicación, hablar con la “e” ya no nos parece tan raro, aun hasta para aquellas personas a las que el lenguaje inclusivo les resulta antinatural. Con lo cual me permito decir que serán las nuevas generaciones quienes terminarán de darle forma a un lenguaje que se adecue a todas las realidades de la Humanidad. No sé si continuará la “e” o si se encontrara otra letra u otro léxico en el cual quepan todas las identidades, pero de lo que no tengo dudas es que, en el progreso de nuestra lengua, lenguaje y habla se visibilizarán a todas y cada una de las personas según su origen, situación, sentir y autopercepción.
Eso está bien, porque la esencia de una sociedad radica en la posibilidad de que todas las personas nos identifiquemos y veamos dentro de ellas, ya que, en mi opinión, el secreto para dejar de discutir por si es correcto o no usar el lenguaje inclusivo radica en plantearnos una nueva perspectiva del lenguaje, tomando conciencia de mantener un equilibrio entre nuestra existencia y la de los demás.
